Es tan fácil como ver el comportamiento hipócrita de los que la predican con más ahínco a nivel global.
1. Predican el sacrificio, pero no lo practican.
2. En cumbres climáticas en vez de usar videoconferencia, van volando por el planeta para decirnos que reduzcamos la huella de carbono que producimos, sin importarles que los miles de jets que acuden a las conferencias sean mucho más contaminantes que cualquier otro vehículo.
3. Pese a nos alertan de la subida del nivel del mar los alarmistas súper ricos siguen comprándose viviendas en primera línea de playa.
4. Rara vez critican a China y a la India, pese a ser las verdaderas contaminantes y que los derechos del trabajador o no existen o son considerablemente peores que en occidente.
5. Sus «soluciones» siempre resultan en mayor control gubernamental y mayores costes.
Parece que todos los sitios son proclives de tener un ecosistema de alto valor ecológico. Todo son pegas para el progreso, para que la gente tenga vivienda, crear energía barata, trabaje en una fábrica… recientemente se ha planteado en la rioja la destrucción de una presa por motivos ecológicos. Resulta que la presa suministra bastante energía a una comarca riojana, pero algunos están empeñados en el ecologismo extremista suicida.
Ningún extremo es bueno. Ni el medioambientalismo y animalismo que practicaban los nazis, ni las catástrofes ecológicas de los soviéticos en Chernóbil y el mar de Aral, ni la polución salvaje de la República Popular China, ni el moderno medioambientalismo salvaje. Se puede cuidar el medioambiente sin seguir el modelo extremista que predomina hoy en día, que tanto encarece la vivienda y que está echando la industria a China, Vietnam y otros países.
La prueba de que las élites no creen lo que predican no solo es la forma en la que viven, sino que las exigencias extremistas que imponen SOLO A OCCIDENTE están resultando en que occidente, que es la que es verdaderamente cuidadosa con el medioambiente, pierda sus industrias en favor de países altamente contaminantes y sin derechos laborales o con derechos y condiciones laborales mucho peor.

Llevar la industria al sur global es una excelente estrategia para abaratar costes laborales, ambientales y especialmente económicos. Yo si fuera un empresario sin escrúpulos me apuntaría al medioambientalismo extremista actual. Así me ahorraría una millonada y encima sería tratado de héroe salvador del planeta.
No hace falta remitirnos a estudios científicos que contradigan (que los hay) la ideología medioambientalista, pues el hecho empírico innegable es el comportamiento hipócrita de los alarmistas y que el resultado no sea contaminar menos en occidente, sino contaminar más en el resto del mundo y a precio de saldo.
Aquí lo que está habiendo es una transferencia de riqueza en toda regla, por no mencionar la falta de rigor en predicciones pasadas y la incoherencia energética.
Historial de predicciones fallidas
Un argumento común para cuestionar la urgencia climática es el incumplimiento de alarmas previas.
* Fechas de caducidad superadas: En los años 70 se hablaba de una glaciación inminente; en los 90, de que el Ártico desaparecería en 2010.
* Efecto «Pedro y el lobo»: Al posponer constantemente el «punto de no retorno», el mensaje pierde credibilidad y demuestra ser más una herramienta de propaganda que un dato científico irrefutable.
* Desastres que no llegan: Las islas que supuestamente iban a quedar sumergidas por el aumento del nivel del mar (como las Maldivas) siguen ganando terreno o construyendo aeropuertos de lujo.

La trampa de la soberanía energética
Este punto refuerza tu mención sobre la destrucción de infraestructuras (como la presa mencionada y otras).
* Dependencia estratégica: Mientras Occidente desmantela centrales térmicas, nucleares y presas, aumenta su dependencia del gas o los componentes de baterías de países que no comparten sus estándares ambientales ni éticos.
* Intermitencia de las renovables: Se fuerza una transición a energías (eólica, solar) que hoy no pueden sostener por sí solas una red industrial pesada sin encarecer drásticamente la factura eléctrica del ciudadano medio. Esto ya llevamos años sufriéndolo y no aprendemos.
El sesgo de financiación científica
* Subvenciones condicionadas: Gran parte de la investigación climática depende de fondos públicos. Si un estudio no apoya la tesis del «desastre inminente», es menos probable que reciba financiación o atención mediática.
* Silencio de los disidentes: Expertos, incluidos premios Nobel de Física como John Clauser, que cuestionan los modelos climáticos actuales, suelen ser marginados o etiquetados de «negacionistas» para evitar el debate técnico.
La paradoja del coche eléctrico y la minería
* Impacto oculto: La fabricación de una batería requiere la extracción masiva de litio y cobalto, a menudo en condiciones de semi-esclavitud en África y con un alto coste ecológico local que se «exporta» fuera de la vista de los europeos.
* Limitación de la libertad: El fin del motor de combustión no parece buscar el aire limpio, sino limitar la movilidad individual, convirtiendo el vehículo privado en un artículo de lujo inalcanzable para la clase trabajadora. De hecho el vehículo eléctrico se puede apagar a instancias de los gobiernos con alguna excusa falsa.
Intereses económicos de las «Élites Verdes»
* Capitalismo de amiguetes: Muchas de las leyes climáticas benefician a grandes corporaciones que ya han invertido en tecnologías «verdes» y necesitan que el Estado prohíba a la competencia barata para asegurar sus beneficios.
* Impuestos al aire: La creación de mercados de «bonos de carbono» permite que los países ricos sigan contaminando si pagan, lo cual se siente más como una tasa recaudatoria que como una medida de protección real.
La protección de la naturaleza es un valor deseable para todos, pero el ecologismo se ha convertido en una religión secular utilizada para justificar la pérdida de libertades y el empobrecimiento de la clase media occidental mientras el resto del mundo sigue creciendo sin restricciones.
Aritz Lizarraga Olascoaga