En los últimos días, hay ciertos cuarteles de propaganda política que están emocionados ante una supuesta proyección internacional de Pedro Sánchez. El ego desmedido de este señor le ha hecho sobresaltar entre quienes han optado por determinadas posiciones geopolíticas que, bajo ningún concepto, se fundamentan en teorías no intervencionistas y anti-militaristas de ciertos libertarios.
Le han llegado a considerar a este susodicho «líder internacional antiultraderechistas» como el anti-Trump, como la persona que puede fortalecer de nuevo a las opciones progresistas en Europa. De hecho, esta emoción se expresa en sectores que histórica pero no reconocidamente han convergido con el socialismo, tal y como se explicaba en las apreciaciones de las raíces socialistas del nazismo (Friedrich August Von Hayek) o en los fundamentos luteranos del nazismo (Plinio Correa de Oliveira).
El elector de izquierdas podría haber vuelto a animarse, si bien, en su momento, pudo sentirse decepcionado por los casos de corrupción de la mafia sanchista o por el hecho de proponer candidaturas autonómicas que respondan a figuras de íntima relación con ciertas Oficinas de las Artes Escénicas, de pretérita relación con un desfalco de fondos europeos para parados o de notorio y particular uso de unos alojamientos oteleros turolenses que pertenecen a empresas estatales.
Los hechos descritos apuntan, concretamente, a la oposición del régimen de Moncloa a las operaciones militares de las Fuerzas de Defensa de Israel y del Ejército Estadounidense contra el entramado político de los ayatolás iraníes. Pero esto en verdad, no obedece a ninguna cuestión de pacifismo honrado ni de austeridad económica en partidas militares. Todo esto ajusta a la consideración de conveniencias coyunturales que permitan mitigar el estupor de la corrupción ramificada de «la banda del Peugeot» o la angustia ante la tercermundización económica.
En cualquier caso, esto obedece a una declaración de principios fundamentados en el progresismo contemporáneo y en el férreo desprecio de la izquierda al Occidente judeo-cristiano, aristotélico-tomista y grecorromano. Hay que llevarle la contraria a Norteamérica (siempre y cuando no esté en manos de sus socios) pero también destacar en actitudes de odio a los judíos, a poder considerar como la versión woke del Judenfrei hitleriano. Es más, cabría recordar que todos estos movimientos seguirían aislándonos salvo que de congraciarse con terroristas y otros energúmenos totalitarios se trate.
Lo del terrorismo es muy relevante, y no necesariamente se limita al islamismo. Tampoco hace falta remontarse a ciertos episodios del Terror Rojo Español que se prueban en ciertas afirmaciones del líder socialista Indalecio Prieto o en el asesinato de José Calvo Sotelo. En relación a los tiempos contemporáneos, cabe destacar que el PSOE ha sido el mayor responsable de la normalización política y social de la banda terrorista ETA. Esta no solo impone normas sociales de facto en el espacio público vasco y navarro, basadas en la intimidación del disidente favorable a la Hispanidad.
Aunque no maten actualmente los compañeros de De Juana Chaos y Arnaldo Otegi, no se debe de negar que tienen en su poder varios consistorios municipales vascos y navarros, aparte de ser un socio estratégico del Frente Popular contemporáneo (además, tienen altas probabilidades de alcanzar, si nada lo revierte, Ajuria Enea). Es más, entes universitarios como la Universidad del País Vasco sirven al discurso dominante woke con el edulcorante abertzale.
El juego discursivo de la mafia socialista pretende blanquear a semejante grupúsculo, justificando su «interés» en aprobar políticas económicas tan biensonantes como ineficaces (subsidios y regulaciones de mercado, por cuanto y en tanto, el ideario de los pistoleros del kalimotxo es socialista y marxista). Es más, semejantes energúmenos han encontrado refugio ocasional en países que forman parte de las alianzas geopolíticas de la PSOE y sus socios de PODEMOS-SUMAR: se refiere uno a los regímenes narcocomunistas hispanoamericanos de Cuba y de Venezuela.
Cabe recordar que el régimen de Moncloa es un miembro más del Foro de Sao Paulo y del Grupo de la Puebla. De hecho, figuras clave del mismo como la chavista-bolivariana han servido para incrementar el patrimonio personal de los padres políticos de cierto dictador posmoderno y para marcar las enésimas corruptelas de la mafia gobernante. No se tiene tampoco ninguna compasión hacia quienes, en el día a día, sufren las consecuencias del racionamiento y de los apagones constantes. Incluso cabe recordar el interés en importar su praxis corrupta y represora.
Entre los amigos de distinta índole de esos entramados hispanoamericanos están los que han dado una prioridad absoluta a la bandera de un territorio de Oriente Medio en el que más de dos tercios de la población está a favor de un grupo terrorista islamista llamado Hamás. Cabe referirse uno a los abertzales, que han encontrado un reemplazo «chuli» de la ikurriña, a las corrientes rojas del ambiente urbanita compostelano, a los amantes de la kufiya en cierta taberna matritense de nombre italiano y a quienes están representados por una persona que ha puesto en pie de guerra a los médicos españoles.
Pero es que ese grupo terrorista palestino tiene algo en común, aparte del islamismo y del antiamericanismo geopolíticamente ideologizado con otros grupos como Hezbolá, los hutíes así como con sus mecenas ayatolás iraníes: haberse convertido, junto a terroristas como Txapote, en los principales aplaudidores de Pedro Sánchez. Sí, se puede observar en determinadas hemerotecas de medios de comunicación y de redes sociales cuán aplaudido ha sido Pedro Sánchez por su «liderazgo occidental» de no contradicción de las reivindicaciones de estos grupúsculos.
Ergo, la imagen internacional de España se está basando en un país tercermundista alineado a islamistas radicales y a entramados narcocomunistas hispanoamericanos, sin olvidar al Partido Comunista Chino, defensor de la Agenda 2030 y de otras directrices de ingeniería social y socialismo edulcorado de organismos supranacionales. Ni siquiera olvidaríamos a Vladimir Putin, puesto que los posicionamientos geopolíticos del dictador posmoderno serían del agrado del sátrapa ruso, a lo cual se suma el desinterés en acoger a demasiados ucranianos refugiados mientras que fomenta el efecto llamada hacia quienes buscan la plena sustitución demográfica, aparte de ser de culturas muy incompatibles.
Ahora bien, ¿por qué hay quienes se sienten emocionados y entusiasmados ante una retórica antibelicista y jaleada por el globalismo sin ni siquiera pertenecer a los «nuevos españoles no occidentales»? Básicamente se ha encontrado una nueva forma de fomentar el aborregamiento social, porque el discurso antioccidental y antisemita del régimen de la Moncloa no responde a ninguna empatía ni espíritu crítico. Se trata de una síntesis contraria a nuestras raíces y fundamentos, pero también de una serie de cortinas de humo ante problemas más graves.
Cuanto más se invoque este edulcorado Judenfrei woke, menos relevancia mediática se da a las preocupaciones cotidianas de los españoles. Uno se refiere al encarecimiento de los combustibles y de la compra de suministros básicos, a la inseguridad de los transportes ferroviarios, al deterioro de algunas carreteras, a una inseguridad que sufren más los menos acomodados, al auge de los problemas de salud mental, al desempleo estructural (más allá de maquillajes y planes temporales), al colapso de los servicios sanitarios públicos, al acoso escolar, a la corrupción política, a la usurpación de los poderes, a la politización de los cuerpos policiales y al déficit de oferta de vivienda, que la convierte en algo económicamente inaccesible y fácilmente expuesto a autores de allanamientos de morada.
Pero, más allá de las cuestiones de participación electoral, todo aquel que prefiere protestar, por esnob ideológico, a favor de terroristas islamistas, antes que por problemas de precariedad económica y de deterioro de la calidad de vida de los españoles, es básicamente una víctima de la ingeniería social y de la pandemia del aborregamiento. Ser antisemita se ha convertido en una moda, que ha servido para entretener, en redes sociales, a los herederos ideológicos de quienes firmaron con los comunistas el reparto de Polonia (1939).
No habrá nada más pacífico y benefactor que romper con los enemigos del orden natural y del Occidente judeo-cristiano. La defensa de la Verdad, de las libertades concretas y de la libertad humana no debe de verse condicionada por las modas ideológicas del discurso dominante. No pienso entrar al trapo en un juego ideológico que converge con algunas pretensiones de un famoso pintor austriaco. No le conviene eso a mi querida patria española, a mi juicio (y si suena sionista esto, pues a mucha honra).