La sanidad ilimitada para todos los inmigrantes del mundo y la paradoja del bote salvavidas

El gobierno ha aprobado un decreto por el que se garantiza la sanidad pública completa y universal a todos los extranjeros que haya en España, sean legales o ilegales y se encuentren en la situación en la que se encuentren.

Lo cierto es que esta medida resulta cuestionable de entrada desde distintos ángulos y por diversos motivos. Para empezar, forma parte de todas las medidas que este gobierno toma a través de decretos o reglamentos que no tienen que pasar por el Congreso, donde no tiene mayoría. Sánchez lleva meses por no decir años gobernando de forma despótica, al margen de las instituciones democráticas, buscando los recovecos para no tener que enfrentarse en el Congreso a la falta de una mayoría que le respalde.

Por otro lado, resulta que si un español va a Japón, a Estados Unidos o a Rusia, por poner algunos ejemplos, y tiene un problema médico, tiene que pagar hasta el último centavo por la atención médica recibida, o contratar un seguro. Sea como sea tiene que hacer frente económicamente a la atención recibida, no es un servicio que graciosamente recibe del contribuyente japones, estadounidense o ruso.

Dicho esto la atención a los inmigrantes representa un debate y un dilema moral. Por motivos morales y humanitarios hay un evidente deber de atender al enfermo, pero con algunos matices en el mundo real que vivimos. ¿Es una persona con recursos? Entonces si puede tiene sentido que pague la atención recibida igual que paga por ella cualquier español con recursos, mediante el pago religioso de sus asfixiantes impuestos. Por otro lado, ofrecer atención médica gratuita a los inmigrantes sin recursos, o incluso a los nacionales sin recursos, es un servicio que nos podemos permitir mientras los atendidos sin recursos sean 100, ó 1.000, o acaso 100.000, ¿pero qué pasa si tenemos que atender a 10 millones de inmigrantes sin recursos? ¿O a 50 millones? El deber moral de atender a los enfermos no tiene límites, pero los recursos para poder atenderlos sí que los tienen, lo que nos lleva al dilema del bote salvavidas y a la figura del capitán responsable.

¿Es obligatorio moralmente recoger a un náufrago en un naufragio? Evidentemente, ¿pero qué pasa si estamos en un bote salvadidas con capacidad para 20 personas y hay en el agua alrededor nuestra 200 náufragos intentando subir al bote? El dilema resulta evidente. Si intentamos meter a todos en el bote, impulsados por el deber moral de ayudar a todos, el resultado será que el bote no podrá mantenerse a flote con tanto peso, se hundirá y tendremos 200 ahogados en vez de 180. Las opciones por tanto, en el mundo real, no son todos ahogados o todos salvados, sino salvar a 20 o perder a 200. De ahí que surgiera el monstruoso y patriarcal “las mujeres y los niños primero”, porque el mundo real resulta que es imperfecto. La paradoja del bote salvadidas es que el peor capitán posible es el que intenta salvar a todo el mundo y metiendo a todo el mundo en el bote lo hunde y todo el mundo se ahoga.

Al igual que en el caso del bote salvavidas, España no puede prestar atención sanitaria universal y completa a todos los enfermos del mundo. Sostener tal cosa es invitar a todos los naúfragos que hay en el agua a que se suban a nuestro bote salvavidas, sabiendo que no hay capacidad para acogerlos a todos. De hecho, da la impresión de que si el sistema sanitario se está deteriorando, faltan médicos, suben las listas de espera y se resiente la calidad del servicio, en alguna medida es consecuencia del fenómeno migratorio masivo, lo mismo que por otra parte también se observa en el sistema educativo o en el mercado de la vivienda: la demanda inifinita de recursos limitados genera problemas. Es posible que podamos soportarlo, pero podemos tener la certeza de que el número de personas que podemos acoger o el número de personas que podemos subir al bote sin que se hunda no es infinito. Decir esto no es racismo sino raciocinio. Si tenemos un capitán que invita a todo el mundo a venir a subirse a nuestro bote la pregunta que tenemos que hacernos todos es si va a salvar al mundo o sólo a hundir nuestro bote. Conste que el debate sería igual de simplista si en vez de decir que venga todo el que quiera dijéramos que no venga nadie. El debate realista es a cuántos podemos coger y a qué precio, sabiendo que la respuesta no puede ser a todos y que nuestros recursos son limitados.

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