Los efectos colaterales del coronavirus

Ángel Manuel García Carmona 9 marzo 2020 Noticias, Opinión
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Estamos “amenazados” por otra epidemia más (no es la primera que se ha dado en el transcurso de la historia). Nos referimos al coronavirus bajo codificación nCoV-2019, del que ya hay en España más de seiscientos casos, habiendo fallecido unas 17 personas a las 18:14 del día de ayer, 8 de marzo.

Como ya se sabe, el foco inicial de la epidemia tuvo lugar en la localidad china de Wuhan. Luego, esta suele resultar en enfermedades respiratorias de distinta gravedad (pudiendo llegar a cuadros equiparables a una neumonía).

No obstante, no es el propósito de este ensayo de opinión abordar cuestiones relacionadas con la epidemiología o cualquier otra rama de la Medicina o de la misma Biología. Más bien hablaremos de una serie de evidencias y elementos para la reflexión que ha generado esta situación.

Todo pese al Estado, que siempre da lo mejor de sí

Hay quienes han llegado a sostener en alguna que otra ocasión (no en estos momentos) que si no hubiera entidades de carácter estatal, las epidemias desatarían una situación caótica per se. Pero esto no viene a ser cierto, pudiendo uno darse cuenta fácilmente.

En buena parte de los países con población afectada, existe un control considerable del sector sanitario por parte del Estado (incluso tenemos organizaciones supranacionales solo justificadas por sus propósitos ideológicos muy bien conocidos). Pero no hay que quedarse ahí.

Personalmente, me inclino hacia la tesis, según la cual, el coronavirus habría sido un resultado de la ingeniería biológica. Existe el concepto de “guerra biológica”, algo que no creo que disguste a una tiranía comunista, que está alineada a todos los que proponen la reducción poblacional.

Por lo tanto, podría decirse que, más bien, el virus habría sido fruto de un Estado que posteriormente ejerce una brutal represión (con excusas de control) sobre las personas sometidas a él. Pero, en el caso español, habría otro problema.

No sería tanto una discusión sobre las medidas a adoptar, ni siquiera de las contradicciones que se dan (en cierto modo, para no fastidiar las movilizaciones de agitación revolucionaria y feminista). También se da el problema de que se nos oculta la verdad (así ocurrió en relación a la primera víctima).

Lo único viable que se puede hacer a gran escala dejar hacer

Se tiene por presente una especie de debate sobre las medidas políticas que se podrían adoptar: controles fronterizos, restricciones de viajes, cuarentenas de restricción domiciliaria en determinadas secciones urbanas, regulación de eventos públicos, etc.

Pero hay que tener en cuenta que hablamos de algo de una escala considerablemente microscópica que se transmite por vías aéreas, ante lo cual, las medidas que se adopten a gran escala, de manera centralizada, pueden resultar, sin duda, ineficientes.

Así pues, lo único posible tras poner en el punto de mira al Estado es que se deje hacer (no, pese a lo que alguien podrá arrojar, no queremos “jugar a la ruleta de la suerte”, pues no es que no nos importe que haya contagios de nCoV-2019).

Por un lado, es más viable que una persona adopte las correspondientes precauciones (sea o no portadora) tanto para sí misma como en el espacio público y que una empresa o una entidad sanitaria puedan adoptar lo que sea necesario en pro del bienestar y la “seguridad sanitaria”.

Por otro lado, sería conveniente poner fin a las patentes así como a las complejas marañas reguladoras y procedimentales a las que hay que enfrentarse a la hora de hacer ensayos y desarrollos de nuevos medicamentos y vacunas.

No es una cuestión de política

Obviamente, no depende de mantener o abolir el Estado la continuidad de esta epidemia. Pero está claro que de los políticos no depende todo. De hecho, solo saben mentir, crear problemas, desorganizarse o en aprovechar para promover más gasto e impuestos, y crédito artificial.

En consecuencia, ya concluyendo, lo que es prioritario es tanto permitir que la sociedad ejerza esa responsabilidad que le corresponde como confiar en los médicos, farmacéuticos e investigadores en la búsqueda de tratamientos, ejerciendo una libertad bien orientada.

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