¿Puede haber un tradicionalismo favorable al libre mercado?

Ángel Manuel García Carmona 19 agosto 2019 Opinión
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En más de una disciplina o área de pensamiento, existe más de un tema sujeto a un grado de controversia demasiado variable, por así decirlo. Quienes sostenemos una postura determinada, tendemos a aclarar, porque lo estimamos necesario y oportuno, así como a convencer, de que el enfoque de la cuestión ha de responder a determinados patrones.

No es raro que la aclaración no tenga como única finalidad invertir la mayor parte del tiempo que uno tiene disponible para discutir sobre términos, especialmente cuando se trata de filosofía o política. Eso sí, en todo caso se buscará que se tenga clara una serie de conceptos, detalles y teorías.

En base a motivaciones como las anteriormente enunciadas, responderé (sin intención pretenciosa alguna, sino con la máxima honestidad y humildad posible) al “problema” de las malas interpretaciones sobre el “libre mercado” (así se puede interpretar el concepto de “capitalismo”) que se dan por parte de algunos tradicionalistas hispanos.

A continuación, bueno, a lo largo del artículo, trataré de explicar por qué pienso que la economía de libre mercado no ha de ser algo hacia lo cual el tradicionalista tenga que tener demasiadas reservas.

El mercado forma parte de la naturaleza

Por naturaleza también podemos referirnos al orden espontáneo, que es lo que no solo rige en patrones meteorológicos, geológicos y, entre otros, animales, sino también humanos (por razones bastante diversas). El resultado de ese concepto viene a ser tanto el día a día como la evolución de las sociedades y de los medios que les pueden facilitar la vida (la tecnología, por ejemplo).

A su vez, se impone una serie de reglamentos morales y de valores que, en nuestro caso, han guardado relación con la herencia cristiana europea (tradición católica en el caso hispano) que se expandió a las Américas, y podemos definir como “ley natural” (no contraria al concepto de comunidad ni al principio de entrega al prójimo, sino al iuspositivismo y sus ingentes cantidades de problemas).

Hay muchos mecanismos de interacción que forman parte del orden natural (algunos se ven amenazados por la ingeniería social). La convivencia entre amigos (núcleo de apoyo moral, socialización y diversión) o la formación de noviazgos (a deber considerar como periodos previos a la formación de enlace matrimonial, en la que los miembros se conocen mejor el uno al otro) son algunos ejemplos.

Pero, por esa misma lógica, hemos de incluir al mercado, una interacción entre dos personalidades físicas o jurídicas (estas últimas, en cierto modo, controladas por las primeras) basado en intercambios voluntarios tanto de bienes como de servicios (suele haber una especie de valor asignado) para satisfacer determinadas necesidades de distinto tipo.

Las inmoralidades a acontecer no son exclusividad alguna del mercado

El escepticismo hacia el libre mercado suele darse, en ocasiones, dadas ciertas situaciones de plena inmoralidad (dejemos aparte la tipificación penal que se dé o debiera estipularse). Una de ellas, absolutamente reprobada y denunciada por los escolásticos salmantinos (a considerar como pro-mercado) es la usura, definida por la Real Academia Española como:

[En base a su segunda acepción, como] ganancia, fruto, utilidad o aumento que se saca de algo, especialmente cuando es excesivo [o, en base a la tercera, como] interés ilícito que se llevaba por el dinero o el género en el contrato de mutuo o préstamo.

Nada de esto se discute, igual que en el seno de las familias, de las parejas o de los círculos de amigos pueden darse conflictos totalmente reprobables tales como la ruptura de avaricia a la hora de heredar bienes legados por figuras paternales, traiciones al prójimo, negativas de ayuda o chantajes promiscuos.

Pero no por ello nos oponemos a la formación de esas instituciones sociales que también contribuyen tanto a la armonía como al carácter floreciente de las sociedades. Tampoco exigimos una compacta, enrevesada y compleja regulación normativa, legislativa y burocrática que más bien puede volverse en contra de quienes buscamos la consecución del “bien común”.

¿Monopolio y pocos propietarios?

Una de las preocupaciones que tienen aquellos tradicionalistas más próximos al distributismo que a la Escuela Austriaca es que todo pueda acabar, si no es bajo monopolio, en pocas manos (por algo dicen defender una tercera vía frente al capitalismo y el socialismo, bajo inspiración chestertoniana).

Pero antes habrá que aclarar que un régimen de monopolio solo es posible bajo acción estatal, para tener el control absoluto sobre la producción-prestación de un determinado bien o servicio mientras que el oligopolio resulta de favores burocráticos y cierta connivencia entre una serie de empresas que solicitan ayuda para blindarse de la competencia.

«Big Government + Big Businesses» no resulta ser una combinación aritmética que resulte del libre mercado. Precisamente, cuanto menos restringidos a cooperar e intercambiar bienes y servicios de manera voluntaria, más fácil será poder ofrecer alternativas (competencia).

En base a esa libertad, más fácil será respetar a los “pequeños propietarios” (defendidos del distributismo, sin discrepancia paleolibertaria) y competir (la competencia no es la ley del más fuerte, sino la oferta de alternativas que puedan tener un respaldo derivado del cambio de criterio del cliente y demandante, teniendo en cuenta criterios diversos: calidad, precio, servicio…).

Facilidad para “realizar” el principio de subsidiariedad

El principio de subsidiariedad, clave también moral frente al problemático estatismo, es totalmente opuesto a la interferencia en comunidades de orden inferior, requiere un gran respeto hacia las familias así como otros cuerpos intermedios (comunidades religiosas, asociaciones de padres y de trabajadores, etc.).

Entre todas esas “estructuras”, se requerirán determinadas interacciones. Así pues, cuando se busque satisfacer determinadas necesidades, dejando aparte la cuestión de la solidaridad (amigable con el mercado en cualquier caso), tenemos el mecanismo natural del mercado, basado en espontaneidad e intercambios voluntarios.

De hecho, por si no queda claro, haré una cita a San Juan Pablo II, que en su encíclica Centessimus Annus hizo cierta defensa del libre mercado, reconociendo la ambigüedad del término “capitalismo” (distinto es que no le agradara demasiado este mismo, prefiriendo otras nomenclaturas):

[…] ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil? […] Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre». […]

Una cuestión de justicia moral

Una vez abordado todo lo anterior, ha de quedar claro que el libre mercado es el mecanismo económico más natural así como moralmente justo para satisfacer necesidades sociales muy diversas (respetando tanto libre expresión y elección como la propiedad privada). Ha de haber leyes morales, sí, a la par que no hay que oponerse al castigo (persecución) de la estafa y la confiscación.

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