Tengo entre las manos estos días un libro editado en Espuela de Plata que recoge diversos escritos de Gilbert K. Chesterton sobre la Navidad y que recomiendo para aquellos que busquen alguna literatura interesante sobre el tema. No es fácil hablar sobre un periodo del año que se ha pintado en nuestras retinas al calor de la infancia. Es difícil, casi imposible, no caer en los tópicos; como para los sacerdotes es tan difícil anunciar de nuevo el mensaje de la Navidad desde el púlpito.
Chesterton es famoso por su sentido del humor y por su afición a las paradojas. No se espere el lector una lectura fácil de suave miel propagandista. Más de una vez encontrará que es complicado seguir el hilo de su discurso; pero hay algo en Chesterton que deja un halo de grandeza y de misterio. En las páginas de El espíritu de la Navidad, que así se titula la recopilación, se advierte este sello peculiar del inglés. No puedo dejar de recordar la defensa que hace del pudin de Navidad, “monumento permanente al misticismo del ser humano y su júbilo”. De los villancicos dice que “son los últimos ecos del llanto que renovó al mundo”. Para Chesterton es “extraordinario observar hasta que punto este sentido de la paradoja del pesebre lo pierden los brillantes e ingeniosos teólogos, y lo conservan los villancicos”. Precisamente porque él no pretende sustituirlos ni tampoco dar una lección al uso, la lectura de Chesterton aporta un punto de vista original que invita a leer y releer.
De acuerdo totalmente con el talante navideño de este escritor, (no por casualidad era admirador férreo del incomparable Dickens) no puedo dejar de comprobar como pasan los años y todavía escucho a algún sacerdote, sin duda bienintencionado, alertar sobre el peligro de quedarnos en la superficie de la forma (villancicos, menús extraordinarios, turrones y espumillones). Rievindico desde aquí, sintiéndome hermanado con Chesterton, las formas navideñas de los turrones, los belenes y los gambones a la plancha. Recuerdo un año la congoja general tras el sermón de un querido jesuita que nos recordaba que mientras nosotros nos zampábamos un besugo, que seguramente en la mayor parte de las familias era una merluza, había gente que moría de hambre. En la pastoral de los últimos cincuenta años (más o menos los que guardo en la memoria) podría parecer que se quería aguarnos las navidades alertando sobre el peligro de la superficialidad con el argumento insalvable de la pobreza. No tengo un discurso muy elaborado sobre el tema, ni pretendo que este artículo lo sea, pero intuyo que en esta época del año la forma tiene más sentido que nunca; porque la forma, la sagrada forma de olores, sabores y colores, de tactos aterciopelados o musgosos, nos deja una puerta abierta a los niños que fuimos o los niños que esperamos no dejar de ser. Yo recuerdo que de muy niño cenaba con auténtico arrobo unos sángüiches que mi madre preparaba al horno, porque entonces el pan de molde en mi casa era un lujo; pero cuando mis padres prosperaron y se saneó la economía casera recibí con enorme ilusión también los langostinos. La Navidad era misterio y el misterio lo bañaba todo. Cuando subíamos al trastero para coger las cajas con las figuras de belén y los corchos para hacer las montañas, aquel olor de humedad no se podía explicar: sucedía con una magia tan bella como material. Como los villancicos, anunciaba el vaho del pesebre.
Los cristianos no podemos dejar de ser materialistas, como no debemos olvidarnos de los que sufren de hambre pura y dura, pero todo tiene su lugar. Incluso en las visiones de Santa Ana Catalina Emmerich sobre La vida oculta de Jesús (en excelente edición de Homo Legens) vemos algo de eso: una relación fraternal y delicada con las cosas materiales: “No he visto que los pastores fueran enseguida a la Gruta del Pesebre, porque unos se encontraban a legua y media de distancia y otros a tres: los he visto, en cambio, consultándose unos a otros acerca de lo que llevarían al recién nacido y preparando los regalos con toda premura”.
Como sabrá el lector de Pamplona, en este 25 de diciembre, la Naturaleza nos regaló unos copos de nieve. En mi casa nos pusimos a cantar como locos, sin que nadie lo organizara, Oh blanca Navidad; diría incluso que cogimos la misma nota. No sé si es teológicamente correcto alegrarse de la llegada de la nieve casi tanto como de la del Salvador, pero es que acaso el Salvador nos habla también en el silencio nevado de un paisaje. Por supuesto, la noticia de que Venezuela se ha librado de Maduro no ha podido alegrarme menos que si hubiera nevado; mi alegría, probablemente, tiene algo más de malicia, pero, de verdad lo digo, algo del niño renació en mí. Frente a los negacionistas de la normalidad climática, que ponen cara dubitativa alimentada con la parodia que se ha vendido de Trump en Occidente, no puedo dejar de alegrarme con una noticia sencilla y netamente buena. Naturalmente no sabemos con certeza lo que vendrá después (pero esto daría para otro artículo y aquí quiero dejarlo para ir a la Cabalgata y tomar unos vinos navideños) ni con esto estamos diciendo que nuestra capacidad crítica va a desaparecer, como un buen turrón de Jijona desaparece de la bandeja si es de factura realmente artesanal. No, nuestra capacidad crítica, de orgullosos europeos ortodoxos no va a desaparecer, pero Bendito sea Dios.
Javier Horno Gracia