A propósito de Meloni

Las palabras que más se han oído en los medios, con ocasión de la clara victoria obtenida el pasado día 25 de septiembre por Giorgia Meloni en Italia, han sido “extrema derecha” y “ultraderecha”. Periodistas, tertulianos y analistas de la mayoría de los medios han resumido estas elecciones diciendo que Italia prácticamente vuelve al fascismo con el triunfo de una opción nacionalista, xenófoba, machista y antieuropea.

Uno podría entender que, en su afán de distinguir con una palabra sencilla y a grandes rasgos lo que representa cada formación, se esté usando la palabra “extrema derecha” en un sentido meramente geográfico. Si Berlusconi, Macron o Feijoo representan la “derecha” tradicional, o el “centro-derecha” -para que no se enfade la progresía- es verdad que los partidos de Meloni, Le Pen y Abascal se sitúan a su derecha, por lo que podríamos admitir a efectos dialécticos que estos son de “extrema derecha”

Lo que pasa es que este término se ha contaminado de connotaciones totalitarias y hasta criminales, debido al énfasis que ha puesto la izquierda en subrayar la tremenda “peligrosidad” de tales ideas. Pero, en principio y en una perspectiva democrática, los planteamientos conservadores son tan respetables como los que defienden los otros, mientras se expongan con argumentos racionales y de forma pacífica. Porque no, no suponen ningún ataque a los derechos humanos, como dicen ellos.

De hecho, aún estamos esperando algún caso de abuso o de violencia protagonizado por partidos como Fratelli d’Italia o VOX, que demuestre esa supuesta peligrosidad o extremismo de estas formaciones. No los verán ustedes porque no existen, a pesar de la legión de activistas que tiene movilizada la izquierda en su busca, una izquierda que no duda en promover embustes como los del “bulo del culo”, por aquello del “calumnia, que algo queda”.

Es más bien todo lo contrario: las sedes, actos y representantes de los partidos de la nueva derecha, a pesar de ser en su mayoría gente de orden, de apacible y exquisita cortesía burguesa, son frecuente objeto de ataques vandálicos por parte de esos supuestos defensores de las esencias democráticas. En las escasas ocasiones en que esos incidentes son reportados a la opinión pública se describen en plan equidistante y “neutral”, como si se tratara de enfrentamientos mutuos entre bandas rivales. Ya saben, a veces las mejillas golpean a los puños.

Pero, a lo que voy es que cuando se admite esta descriptiva y “geográfica” manera de hablar, debería ser para todos igual. Por la misma regla de tres, si todos admitimos que el PSOE representa la izquierda de nuestro país y es cierto que IU se sitúa a su izquierda, cosa que no negará nadie, esta formación debería ser conocida como la “extrema izquierda” o la “ultraizquierda”. Pero nadie la llama así desde hace cuarenta años, a pesar de que las connotaciones de semejante calificación están blanqueadas hasta el hartazgo.

Y teniendo en cuenta que Unidas Podemos nació como un movimiento nacido a la izquierda de IU -a la que hace muy poco calificaba de “casta”- UP representaría la “ultramegaextrema izquierda”. Pero la inmensa mayoría de los representantes de la “opinión pública” jamás se atreve a llamarla así, considerando de forma implícita que sus ideas son muy respetables y sensatas. No sabríamos ya como calificar a partidos antisistema y especialmente siniestros (nunca mejor dicho), que quieren destruir la convivencia nacional, como ERC, Bildu, CUP, partidos muy próximos al terrorismo más literal, que no solo reciben un trato amable por parte del establishment político y periodístico de este país, sino que son socios preferentes del Gobierno sin suscitar la menor alarma en tan ecuánimes y moderadas instancias.

Lo que demuestra todo ello es la tremenda ceguera ideológica que aqueja a los beneficiarios de este ruinoso sistema que se está yendo a pique, no por el repunte de ideas propias de los años treinta, -ideas, por lo demás, demasiado próximas a ese socialismo zombie que nunca acaba de morir, a pesar de sus estrepitosos fracasos-, sino por el callejón sin salida en el que han metido a Europa los partidos tradicionales.

Este callejón sin salida no lo percibe el burócrata que vive parasitando el sistema, ni el periodista que vive de las subvenciones, ni los grandes directivos de empresas bancarias o tecnológicas, que pueden emboscarse en el panorama progre con tal de seguir cobrando del erario público; sino que lo sufren las clases medias y trabajadoras que no tienen una especial cualificación profesional más allá de su laboriosidad y su honradez, que ven cómo el sueldo medio no da para llegar a final de mes, aunque trabajen los dos miembros de la pareja. Esas mismas personas corrientes ven cómo es imposible el acceso a la vivienda (salvo que seas okupa), y que la atención en los hospitales se mide en meses o años de espera, que es cada vez más difícil la emancipación de los jóvenes y que poner la calefacción es ya un consumo de lujo.

Si esa persona, además, tiene sentimientos religiosos, patrióticos o morales tradicionales, se sentirá especialmente dolido porque se hayan ridiculizado las enseñanzas que recibió de sus padres, siendo estas sustituidas por un discurso, entre pervertido y neopuritano, de chochocharlas, micromachismos, prohibición de chistes, censuras varias y adoctrinamiento en la escuela.

Porque todas esas ideas impuestas sin debate en la Europa de Von der Layen -feminismo rabioso de última generación, ecologismo catastrofista, pansexualismo hedonista, globalismo, multiculturalismo obligatorio, cultura de la muerte- tienen consecuencias muy duras que estamos viendo ya en forma de déficit insostenible y de crecimiento desmesurado del sector público. Venezuela y Argentina, que son países mucho más ricos que nosotros en cuanto a recursos naturales, ya se perciben como posibles en el horizonte europeo, especialmente, en el sur.

En efecto, los resultados del invierno demográfico causado por decenios de políticas antifamiliares; la recesión económica provocada por una política energética suicida, inspirada a su vez en el alarmismo climático y en una política de defensa irresponsable; la inseguridad ciudadana y la quiebra del Estado del bienestar debido al fomento de la inmigración masiva; el paro estructural causado por una política que da por hecha la prosperidad, porque en su melonez desconoce cómo se obtiene la riqueza, son los efectos que a su vez explican lo que está pasando en toda Europa.

Siempre ha existido una brecha entre lo que pensaban las élites y lo que sentía el pueblo llano. Pero paradójicamente esa brecha se está incrementando en estos tiempos de comunicación planetaria y de globalismo. Ya sabemos que van a venir tiempos duros, pero a ver si los “listos” que nos gobiernan dejan de tratarnos como menores de edad que no sabemos lo que nos interesa y, sobre todo, dejan de tratar al pueblo como siervos de la gleba a los que se les puede esquilmar eternamente.

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