(In memoriam)
Una de las mejores actividades del verano no es respirar el aire puro de la montaña, ni tomar el sol bañado en el favorable frescor de la brisa marina, ni las mariscadas gallegas, ni las fiestas con sus verbenas de los pueblos ni echarse la siesta con aire acondicionado bajando las persianas. No: todo eso puede ser muy saludable, pero si no está acompañado de una dosis generosa de buen humor, los desvíos recreativos de los meses caniculares pueden llegar a convertirse, Dios no lo quiera, en una pesadilla en la que la vuelta al trabajo sea añorada. «Qué ganas de volver a la normalidad», es una frase que algunos veraneantes -imprudentes- exclaman, tal vez porque se mutaron en cangrejo por ponerse a tomar el sol de sopetón y sin crema, a la una del mediodía; o porque tienen que aguantar a algún familiar pesado (no diré cuñado por la cuenta que me trae) que no recoge un plato de la mesa; o porque una mamá se ha quedado ese día sola en la playa con los dos niños, que se pelean continuamente y no la dejan ni a sol ni a la sombra que no hay, como escuché a una simpática y bella profesora del instituto Ramón Carande de Sevilla, orillas del mar, gracias al apartamento de ese cuñado del que me conviene hablar bien.
Por eso mismo de lo imprescindible que es reírse y ya que la actualidad da poca risa, entre lectura y lectura del novelón del verano, he mezclado el tomo I del Tratado de las buenas maneras de Alfonso Usía, que nos dejó hace menos de un año, pero que nos dejó disponible a un módico precio uno de los libritos más divertidos que he leído en mi vida. Y si uno conecta con esa ironía aparentemente clasista que se cachondea de todo lo que merece ser cachondeable, experimentará la salutífera emanación de la carcajada, que remueve el tórax, agita el corpamen en general y enerva (‘quita el nervio a’) las tensiones. Memorable es el capítulo en el que recomienda vivamente que al clero se le trate de usted, pero no quiero contar más ni reventar el final, ni destriparlo ni chafarlo. Si algún lector echa en falta entre esa lista de sinónimos la mamarrachada esa de «hacer un spoiler», le envíe un rayo Usía desde el otro mundo que lo tueste como al cangrejo de una mariscada gallega.
Y hablando de los que nos dejaron, de esta estación luminosa que va diciendo adiós y de la risa que alcanza la carcajada, también nos hemos despedido con pena del que, a mi entender y humilde entender -pero algo sé de lo que me hablo-, era el mejor humorista de los últimos cincuenta años. Probablemente no era esa su principal intención y admito comparaciones con algunos cómicos muy eminentes. Pero fue un humorista soberbio cuando sólo había llegado a ser uno de los mejores magos del mundo.
Vi a Juan Tamariz tres veces en directo. Una en el Teatro Gayarre, sería la década de los noventa; otra en el Auditorio Baluarte, hace veinte años. Y para la tercera, me permitirá el lector la vanidad de contar la siguiente anécdota. En esa ocasión no pagué entrada. Estábamos los que formábamos la compañía La Trova (José Luis González, Manuel Horno, Javier San Julián y un servidor) invitados a formar parte de un espectáculo de variados números que se grababa para, creo recordar, Antena 3. Vino la hora de la merienda y, alrededor de una mesa de variados y ricos canapés que engullíamos como buenos provincianos, estábamos los ya citados, Ángel Unzué -nuestro director-, José Luis Coll, Pablo Carbonell y… Juan Tamariz. Yo entonces le dije que me acordaba de su actuación del Gayarre, y especialmente de un truco en el que «el voluntario cogía una carta entre los dedos…»; bastó decir eso y Tamariz, como quien saca un mechero para ofrecer fuego, sacó la baraja. Y uno por uno fue haciéndonos todos los trucos que yo recordaba, e incluso más, con la misma mirada divertida que en el escenario. Aquel primer truco, ya puestos, con que le incité consistía en que tu escogías una carta y la tenías agarrada con dos dedos (imaginemos que era el dos de corazones); él hacía que, sin dejar de soltar la carta, y ya con las cartas boca abajo, introdujeras una parte de ella en la baraja, siempre, como digo, sin dejar de soltarla y boca abajo; y él con sus palabras mágicas convertía tu dos de corazones en un as de picas, o eso decía: tú sacabas de la baraja esa carta que tus dedos no habían dejado de aprisionar, le dabas la vuelta y hete aquí que tu dos de corazones se había convertido en un as de picas. El Sr. José Luis Coll, que supongo le conocía bien, a pesar de eso decía casi descorazonado «¡Pero cómo lo hace!».
Fue una tarde memorable. Ah, y ahora recuerdo cómo se inició la conversación: yo llevaba el violín con una de esas tradicionales fundas de atracador de bancos y Tamariz reparó en ella. Nunca me he sentido tan orgulloso de tocar -algo- el violín; y sin sacarlo del estuche. Decía que él se lo pasaba igual de bien en el escenario que allí, atiborrados los demás de canapés, limpiándonos las manos para prestarnos de voluntarios. Recuerdo sentir una envidia, una extraña envidia, una envidia que no sé si será sana: Tamariz estaba en este mundo para pasárselo bien mientras pudiera hacerlo.
Él lo hacía con magia, haciendo visible lo imposible, y con un humor superior. Aquellos pelambres como enganchados a su chistera roja, las gafas de alambre, corvo el narigón, desordenados los dientes, pocas veces he visto a una personalidad tan atractiva y simpática que fuera capaz de sacar al público al escenario y provocar la risa con humor tan alocado y elegante. El respeto se daba por supuesto. La inteligencia, proverbial.
Lo más mágico de su magia era tal vez ese volver al encanto del juglar que atraía toda la atención y por un rato el tiempo se detiene y los espectadores se convierten en un corro de amigos. Sentado a la mesa, rodeado de un puñado de curiosos, televisión española no necesitaba de más medios que la cámara (mejor no hacemos comparaciones a cuenta de TVE). Entreveraba la actuación de gritos repentinos (nadie ha usado del grito con más fundamento) porque el voluntario había movido -incitado por él, por supuesto- la mano que le había pedido que pusiera sobre la mesa. Ha alcanzado una longeva edad y sé, por las redes, que tenía una hija que ha compartido tiernísimas y hondas palabras para su padre. Sepa -que lo sabrá- su hija que a su público nos hizo afortunados con su magia y su humor. Descanse en paz.
Javier Horno