Los precios asfixian a los ciudadanos y el gobierno debe actuar para intervenirlos. Esto es por lo menos lo que dice la izquierda. El problema con los precios, sin embargo, es más complejo. Para empezar, ¿por qué suben los precios? Nos dirán que por la guerra, pero eso es sólo una parte del cuadro. Los precios suben porque baja el valor del dinero. Sube todo de precio porque es el valor del dinero el que baja. Y el valor del dinero baja porque cada vez el Banco Central imprime más billetes para pagar los gastos de los gobiernos. Pero entonces, ¿el gobierno nos protege de las subidas de precios o es en buena medida el que las está provocando?

Por supuesto otro elemento en la ecuación es la prosperidad de los ciudadanos. Si los precios suben, pero la renta de los ciudadanos sube más y no en términos nominales sino reales, entonces el problema se puede controlar. Lo que sucede es que suben los precios pero los salarios reales no lo hacen en forma equivalente. Cuando el gobierno habla de topar los precios ya vemos que se presenta como el salvador de un problema que él mismo está generando, ¿pero qué pasa además con los precios que establece el gobierno? ¿Por qué los gobiernos de progreso no empiezan topando sus propios precios?

Es decir, el estado nos cobra un precio, entiéndanse así los impuestos, a cambio de unos servicios. O lo que es lo mismo, los impuestos que pagamos son el precio del gobierno por esos servicios. Pues bien, ¿a alguien se le escapa que el precio de esos servicios sube constantemente? El estado cada vez nos cobra más impuestos y cada vez recauda más, pero cada vez no ofrece más y mejores servicios. La recaudación tributaria casi ha subido un 50% en los últimos años, ¿alguien siente que ha crecido un 50% la cantidad o la calidad de los servicios que ofrece a cambio el estado? El estado nos señala los mercados para disimular, pero la verdad es que el principal disparador de los precios que paga el ciudadano es el estado.

La deuda por supuesto también se dispara, y el déficit de las cuentas públicas se ha convertido en algo crónico, ambas cosas pese a la subida de los impuestos y la recaudación. Alguien podría alegar que en relación al PIB la deuda no ha crecido tanto, pero se trata de una alegación engañosa. La deuda total es una cifra fija, mientras que el PIB o los tipos de interés son variables. Por tanto una gran deuda, cuya cuantía no es variable, fácilmente se puede convertir en insostenible cuando suben los tipos o llegan las vacas flacas. Nos decían que el estado no tenía un problema de gasto sino de recaudación, pero las enormes subidas de impuestos y recaudación de los últimos años, mientras seguía el déficit de las cuentas públicas y aumentaba la deuda, evidencian que el gobierno, como un marinero borracho o un jugador, siempre gasta más de lo que ingresa sea lo que sea lo que ingresa. El resultado es el empobrecimiento de la población.

Convenciéndonos de que los impuestos y el gasto público son maravillosos, el gobierno ha conseguido que no se le exija una buena gestión. Sólo hay dos motivos no ingenuos para asegurar en lo posible la buena gestión: que el dinero que gestionas sea tuyo o que tengas que responder por la mala gestión. Respecto a lo primero, buena parte de la mala gestión de los políticos se basa en que no gestionan su dinero sino el ajeno. Respecto a lo segundo, en España y buena parte de Occidente la izquierda ha establecido un sistema de complacencia con las subidas de impuestos, de modo que en vez de gestionar bien lo público y cuadrar las cuentas lo que hacen los gobiernos es llenar los agujeros presupuestarios subiendo impuestos. ¿Para qué intentar gestionar bien o afrontar posibles conflictos cuando puedes gestionar mal, subir más los impuestos y la gente encima te aplaude? Al final el coste de la ineficiencia de la administración acaba lastrando toda la economía, que deja de crecer y crear riqueza. El problema de mucha gente es que se da cuenta de que es más pobre, pero no entiende por qué es más pobre. Hay que topar los precios, pero precisamente los del que dice que hay que topar los precios. Los precios del estado están fuera de control. Los precios más disparatados son los que nos cuestan las cosas que nos gestiona el gobierno. No parece que esto pueda cambiar mientras el contribuyente promedio sea un ciudadano sumiso en vez de un cliente exigente. No tiene sentido escrutar todas las facturas que nos llegan menos las del gobierno, que son las más elevadas y las menos justificadas. Hace mucho que el gobierno ha perdido el miedo a los ciudadanos, y un cliente rehén es garantía de maltrato y mala gestión.