Anestesia musical

Anestesia musical

Como todavía estamos en el comienzo del verano aún es momento para hacer
balance del curso escolar, algo poco apropiado en San Fermín, pero miren ustedes, en
la redacción tampoco están para ponerse muy sibaritas, vista la extra de verano de los
colaboradores. Dejaremos también por un rato al enjoyado Zapatero, a David Sánchez
buscando la ventanilla de su oficina y a Begoña en Londres (tal vez buscando alumnos
para su máster), que tiempo habrá.


Hace unos días asistí invitado a un concierto en el Navarra Arena a cargo del pianista
y compositor Ludovico Einauid. Sus composiciones podrían calificarse en la estela de
la Nueva (ya vieja) Era. La simplicidad en Einaud cobra carta de naturaleza tanto en
los temas melódicos como en la armonía; el juego principal es la adición de timbres
(algunos sintéticos, otros reales: violín, viola, chelo, acordeón, guitarra y percusión),
todo amplificado plácidamente en un océano sonoro. Las piezas se van hinchando
desde el susurro hasta momentos de éxtasis o frenesí y a veces al susurro vuelven.
Dado que no es fácil describir la música con palabras y para que se me entienda:
usted escoge a media docena de profesionales de cualquier orquesta sinfónica y de
manera improvisada podrían hacer creer a ese mismo público que aplaudiera
enfervorizadamente a Einaudi que ha sido el italiano el que les ha preparado la
composición. Y dicho más llanamente y en contra de la entronización del gusto,
semejante éxito ante este tipo de música me parece prueba fehaciente de la falta de
formación musical. Y aunque la asociación de ideas que voy a hacer parezca
extremada y traída por los pelos, yo salí del concierto pensando que no me extraña
que Pedro Sánchez vea la posibilidad de hacer creer que éste es el mejor de los
escenarios, mientras España se endeuda hasta las trancas, los precios suben, el fisco
ahoga, el capital huye y el gobierno es una sentina de corrupción. Quizá porque uno
es ingenuo o tozudo, no puede dejar de asombrarse del escaso por no decir nulo
criterio musical que puede convocar a siete mil personas y ponerlas en pie ante piezas
musicales más bien banales. En favor de Einaudi (no de los socialistas), limaré mi
discurso matizando que su música no está desprovista de una cierta alcurnia si la
comparamos con los raperos que cantan como si fueran retrasados mentales. La
política frankestein sale perdiendo frente a Einaudi: está a la altura del rap.


Termino de leer estos días un magnífico ensayo de Alicia Delibes Liniers titulado El
suicidio de Occidente. Desde Rousseau, en el mundo occidental, se ha ido
propagando una concepción educativa que convierte en perverso todo lo que sea la
distinción, honor y gallardía de aquel que libremente quiera optar por la excelencia
académica. Lo que está ocurriendo en España es viejo como la pana, y es un ejemplo
más de la degradación académica que viene asolando las aulas en casi todo el mundo
occidental. Esa degradación mental viene muy bien a la izquierda, porque no quiere
masas críticas, sino ovejas con ganas de ser funcionarios.


En Alemania y países colindantes todavía se conserva algo tan fácil de explicar como
es que a partir de los once años los niños son separados atendiendo a su capacidad y
rendimiento académico en tres vías distintas. Allí la formación profesional es una gran
opción formativa, pero la universitaria sólo está pensada para aquellos que realmente
quieren hincar los codos. (No los digo ya lo que se exige para dirigir un máster).
Begoña, aunque dije que no iba a hablar de ella, no dirigió un máster por ser la esposa
de, sino porque es hija de la Logse. Todos somos iguales, todos podemos.

Con la excusa de la atención a las clases medias y bajas, la educación progre, comprada por
la derecha en casi toda Europa, sirve café para todos -aguachirri- hasta los dieciséis
años. Así que la música, por poner el ejemplo que el abajo firmante conoce de primera
mano, sigue siendo una maría y cajón de sastre de buenas intenciones sobre la
valoración del hecho musical resiliente y sostenible, pero la formación en la música
culta, que forma parte del legado artístico más valioso que ha dado el mundo
occidental, es escasa o inexistente.


Los jóvenes deberían ser educados en el cultivo de la voluntad y la disciplina y no en
hacer murales en cartulinas. Elegir el estudio académico puro y abstracto frente al
aprendizaje de un noble oficio debería verse como un proceso fundamental para la
vida comunitaria. Si quieres estudiar deberás demostrarlo y si quieres ser carpintero,
también. Esto se entiende muy bien en aquellos que estudian en un conservatorio o en
quien quiere ser deportista de élite. ¿Por qué no son todos los bachilleratos orientados
a la excelencia? ¿Por qué no se ofrecen currículos que conduzcan a una formación
profesional desde los doce años? ¿Por qué hay problemas para mantener la disciplina,
por qué la comprensión lectora baja cada año? Porque se dan los aprobados como los
caramelos en la cabalgata. Porque los gilipollas del talante y del buenismo han
vendido que ser mediocre es guay. Y de ahí al máster de la administrativa de la Sauna
no hay más que un paso y una reunión en la Moncloa con el rector.


¿Y no es real como la vida misma y respetable que haya quien ni quiere estudiar un
bachillerato ni una formación profesional? En una ocasión en que me vi comprando un
saco de pienso me atendió un tipo que me dejó honda impresión. Hay una cosa de la
que no se habla y es de la alegría de trabajar, que es la alegría de vivir, y mal puede
tenerla quien se ve en una zanja para la que no ha nacido.
Siento, estimado lector, si te he sacado de la muelle molicie del descanso estival con
pensamientos amargos. El sistema capitalista y elitista no me ha ayudado a ser más
feliz. Pero sí a decir lo que me da la gana. Viva el verano.

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