Había una vez…un circo

Como no tengo televisión, mi rato tonto es pasearme por Instagram, lo confieso, sabiendo que el celular lo ha armado el diablo, pero de eso hablaremos otro día. Hoy me viene a las mientes un profesor de economía creo que sevillano y que responde al nombre de Antonini, refrescante defensor de la tauromaquia, rito en el que se verifican la lealtad, la valentía y la entrega. El torero es leal a unas normas que ha de seguir para torear y matar; es valiente y vaya que si se entrega, poniendo en riesgo su vida. Frente a él, la sociedad del bienestar muestra un celo extremo en evitar riesgos.

Hace una semana asistía al espectáculo Viva el Circo, que si no me informo mal ha levantado sus lonas estos días en Huesca, y seguirá de gira por España en los próximos meses. Y aquí quería llegar hoy, porque tras tener la suerte de asistir en butaca de preferencia (dinero nunca mejor gastado), salí pensando que el circo merecía la columna de un humilde servidor para hablar de la vida y del riesgo.

Pienso que la irrupción en el siglo pasado del cine y la televisión causó un cierto decaimiento en la visión que se tenía del circo. Pero ahora diría que brilla más que nunca. Anestesiados por una rutinaria avalancha de imágenes virtuales, volver a la emoción del directo nos recuerda de qué está hecha la realidad. Los artistas de circo son firmes estandartes de la valentía, la entrega y la lealtad. Al artista de circo no le sirve que hasta el día de la función le hayan salido bien sus pericias: tiene que volver a atinar ese día en que el público ha pagado su entrada. Vaya si es valentía ir colocando plato a plato y cuenco a cuenco siete servicios sobre la cabeza, y coronar la torre con una cucharilla, lanzado todo con el pie, manteniéndose a la vez en equilibrio en una bici de una sola rueda.

No es mera retórica que se presenten como una gran familia, porque todos ellos se coordinan para crear ese espectáculo único. Si una dosis de ego siempre es ineludible, el artista de circo debe saber formar parte del espectáculo, a pesar de que su intervención llame al protagonismo.

¿Cuál es a mi entender la magia que corona el circo? Cine, televisión y ahora esta cosa cansina de la inteligencia artificial nos llevan a pensar que el acróbata es infalible. No es así. La magia del directo tiene ese elemento tan humano: la muchacha de la bici ponía al límite el equilibrio, buscando esa cucharilla que tuvo que lanzar dos veces, porque a la primera no la encestó, mientras la torre de vajilla sobre su cabeza se balanceaba peligrosamente. Y así en cada artista se ven los límites a los que se acercan peligrosamente, y las imperfecciones, salvadas con un gesto improvisado, dan a cada actuación un sello irrepetible en la cuerda floja, sobre patines, en el trapecio, en el fino control de la fuerza muscular, en los siete sombreros de hongo que rodaban fantásticos por los brazos del risueño artista, en la simpatía del malabarista y payaso Marco, enjuto, elegante y encantador.

Cuando salió Fofito a abrir el espectáculo, verlo en carne y hueso con su proverbial camisón talar rojo, sombrero de hongo, nariz respingada y esos largos brazos nervudos llevando el compás, creo que más de uno de los muchos talluditos que estábamos entre el respetable se nos puso algo en la garganta. Parece mentira, pero aquel payaso cuya voz tanto nos recuerda a su padre, el joven pupilo de los tres hermanos Aragón, genios de la pista, míticos ya en la televisión en blanco y negro, tiene la generosidad de alumbrar la pista con esa mezcla de ingenuidad, fragilidad y resolución que lo hacen enternecedor. Este payaso, a quien alguna universidad debería, por justicia histórica, nombrar doctor honoris causa, a una edad en la que los funcionarios llevaríamos cobrando quince años la jubilación, sigue saliendo a la pista para preguntarnos qué tal estamos. Y terminada la función ofrece una foto para una asociación contra el cáncer infantil, despachando como un tendero más: «Son diez euros, señor».

Intento saber si su hija, Mónica Aragón, sigue acompañándole en esta gira, al menos ocasionalmente. La penúltima vez que le vi, hace unos diez años, tenía en su ella una excelente pareja que, de alguna manera, hacía de payaso serio, que es tan útil en desarrollo de los números. Los talludos asistentes nos quedamos con las ganas de que el espectáculo hubiera dejado un número más para Alfonso Aragón, y tal vez esto tenga que ver con la ausencia (al menos en la función que yo vi) de una pareja artística.

Con lúcida sencillez contestaba el Sr. Aragón en una entrevista en la televisión Navarra que le gustaría que le recordaran como a un payaso. No se equivoca. Fofito es el payaso que limpia de cualquier facilona intromisión palabra tan delicada, y la llena de nobleza.

El circo, en estos tiempos, siempre clarooscuros, celebra la vida. Fue un placer volver a cantar aquellas canciones que han dado la vuelta al mundo en el coche de papá. Había una vez un circo, su enseña inolvidable, lució con la misma magia que hace cincuenta años. Porque el circo es una hazaña que merece ser relatada aunque siempre esté por suceder.

Javier Horno Gracia

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