Comienza un nuevo año, y llevando a cuestas otro que fue ciertamente pesado y difícil, también comienzan nuevos problemas, y con ello, comienza también una búsqueda de identidad propia para enfrentarlos.

La situación en EEUU nos ha dejado con un mal sabor de boca a todos aquellos que estamos dentro de lo que se puede considerar una derecha dispersa en la política. La negativa de Donald Trump de claudicar ante una administración progresista elegida en un proceso controvertido, las pruebas y teorías que circularon tras las elecciones estadounidenses, el recuerdo conflictivo de las protestas de BLM y por último la toma del Capitolio en Washington DC por parte de los partidarios de Trump han generado un ambiente complejo en medio de una de las transiciones de poder más dificiles en la presente encarnación del Imperio en Occidente.

Las reacciones de lado y lado no tardaron en llegar, y de manera predecible, socialistas, progresistas y demócratas decidieron condenar los hechos (y solapar la violencia de sus partidarios en eventos anteriores) mientras que nacionalistas, reaccionarios y tradicionalistas religiosos varios fueron mucho más favorables al acto de protesta, que comparativamente con las algaradas relacionadas con George Floyd, fue menos violento pero mucho más simbólico.

En todo caso, en un grupo en particular, que son los liberales y libertarios, existió mucha división sobre la linea generar de respuesta frente a los eventos en DC, y con ello, se reavivó, al menos para mí, una eterna discusión sobre semántica y nomenclatura en lo que se compone como Nueva Derecha, tanto en los Estados Unidos como en la Hispanósfera.

Asumir una etiqueta en estos tiempos es una cosa difícil: más que por dificultad intrínseca de nombrar a nuestro propio movimiento o a su filosofía, sino porque se vuelve restrictivo en nuestro campo de estudio y de acción. Tal vez por eso es que el nombre de Nueva Derecha va solidificándose ante la incertidumbre.

Yo, al igual que muchos de mis colegas desde Estados Unidos hasta Argentina, comenzamos nuestro camino en las ideas en el libertarismo, y desde luego, mantenemos muchos vínculos institucionales, personales e intelectuales con liberales y libertarios.

En cierto sentido seguimos nosotros mismos siendo libertarios, aunque de forma muy heterodoxa, ya que lo único que suele ser punto en común con ellos es la defensa del principio de libertad y de la economía de mercado. Si se trata de asumir una etiqueta en este ambiente, seríamos paleolibertarios, aunque creo que eso tampoco resulta suficiente.

Nuestra jerarquía de virtudes se ha ido transformando y ya no podemos ser fundamentalistas del liberalismo político, aunque seguimos siendo liberales en el sentido de practicar la virtud cristiana de la liberalidad, que es la generosidad.

Por otra parte, a muchos de nosotros, por nuestra propia formación religiosa, nos ha atraído alguna de las variantes del pensamiento político católico, desde el tradicionalismo y el legitimismo contrarrevolucionario hasta el integralismo e incluso la democracia cristiana. Jamás pensé que vería tanto parecido en la obra de Plinio Correa de Oliveira con la de Charles Maurras o con la de Alcide de Gaspieri.

Esa tal vez fue una de las sorpresas más gratas que tuve en mi estudio, aprender que la doctrina de la Iglesia tenía tantas perspectivas y que estas habían tenido una profunda influencia en el desarrollo de filosofías complejas por parte de laicos en el pasado y en nuestro presente.

Eso también me llevó a otro camino, que es el del conservadurismo, en donde pude observar, nuevamente, otro crisol de posibilidades y variedades con las cuales nutrir mi pensamiento. Algunas eran más estéticas, otras más metafísicas, y otras más identitarias, y todas buscaban la preservación de un orden natural que guie al gobierno humano. Son principios razonables y ciertamente morales, ya que se inclinan al bien.

La filosofía en si misma ha sido otro gran acompañante en este camino, y con ella he ido sazonando muchas ideas jurídicas, políticas y económicas, orientándolas a un justo medio que me acerque a la verdad. Mis fuentes de cabecera han sido los clásicos Platón y Aristóteles, sus sucesores cristianos San Agustín y Santo Tomás de Aquino, y para complementar mi gusto por lo esotérico, los perennealistas y filósofos tradicionalistas de la religión, René Guénon y Frithjof Schuon.

Gracias a mis amigos al otro lado del Océano Atlántico, también recuperé mi gusto por el monarquismo y con ello me acerqué al carlismo y a las ideas de los fueros y la soberanía de la esfera social en el orden tradicional y feudal.

Curiosamente con ellos se consolidó mi defensa de la economía de mercado, de la descentralización y del orden político privado en una tendencia que vamos llamando anarcotradicionalismo, aunque mi gusto por la filosofía, y mis propios mentores en mi tierra me guiaron hacia la Escuela de Oviedo y el materialismo filosófico, y también hacia el realismo político y el formalismo jurídico, lo que me regresó a estudiar a los clásicos liberales como Hobbes y Locke, y a católicos contra-ilustrados como Carl Schmitt.

Para ir concluyendo con esto, revisé extensamente a los movimientos nacionalistas europeos, desde la Revolución Francesa hasta la tercera posición, y aunque no me agradaron del todo, creo que su estudio fue fructífero en mi pensamiento, y con ese cuerpo de ideas tan disperso, diverso y extenso, terminé parando con la neorreacción y el post-liberalismo, recurriendo ideas incluso más extrañas como esa del nacional-liberalismo francés.

En principio, no pensé que el movimiento NRx fuera más que un ejercicio virtual en el pensamiento político de unos cuantos blogueros de hace una década que repetían y difundían ideas dispersas (como las mías) de libertarios conservadores, paleocones, y realistas políticos, aunque creo que con el tiempo me he encontrado con un desarrollo profundo de teorías y planteamientos propios que yo mismo he llegado a replicar.

Y mientras la neorreacción es más informal, el post-liberalismo respondió a las necesidades académicas de personajes como yo, que desencantados con el liberalismo político pero leales a la causa, han ido buscando alternativas a la democracia y al mito del progreso, como John Gray, Patrick Deneen y los escritores de la revista The American Mind.

Creo que esto en resumen describe mi propia travesía intelectual pero no resuelve el problema inicial de semántica y nomenclatura sobre la nueva derecha, y sobre todo, sobre mi propia filosofía.

Hace tiempo, en un artículo que escribí, planteaba el conflicto entre liberales iliberales e iliberales liberales, dos corrientes que a pesar de sus nombres contradictorios, representan lo que creo es la lucha de nuestros tiempos en el campo de las ideas.

Y aunque la etiqueta de iliberal liberal (o en viceversa eventualmente) podría calzarme, mi fe católica me impide asumir completamente la cuestión liberal, por ello de que el liberalismo es pecado que consta en la encíclica papal llamada Syllabus Errorum.

Tampoco podría asumir tan fácilmente el nombre de conservador, porque queda poco o nada que conservar, lo que me llevaría a asumirme como post-liberal, o considerando mi afinidad por la sociedad orgánica con elementos religiosos de cohesión, talvez incluso integralista.

De hecho ser monarquista es restrictivo, y la monarquía no es incompatible con la República ni con el Reinado Social de Cristo, como demuestran muchos contrarrevolucionarios, por lo que tampoco termina siendo una categoría válida.

Siguiendo la tendencia identitaria, el hispanismo no es más que la promoción de la Cristiandad menor, de modo que lo razonable seria promover a la Cristiandad mayor también, es decir a la Europa Cristiana e imperial, y con ello promover la idea de un Occidente cristiano, donde nacieron las ideas de libertad individual, dignidad humana, politeia, representatividad, bien común, y en fin, todo lo que hace que tengamos cierto orden público orientado a lo bueno, lo verdadero y lo bello en nuestras vidas y nuestras comunidades.

Creo que Erik von Kuehnelt-Leddihn, aquel austriaco universal, monarquista y liberal, amigo de los Institutos Mises y Acton, también tuvo este problema: sus artículos sobre los Cuatro Liberalismos y el Credo de un Reaccionario lo demuestran.

Al igual que yo, Kuehnelt-Leddihn tenía un problema de semántica y nomenclatura, y terminó por adoptar una terminología extensa: “liberal archi-conservador”, que para el lector casual no tiene nada de sentido, y para el profano en lo político, aquel que no está iniciado en las artes esotéricas de la filosofía, aún menos.

Creo que este problema es de difícil resolución y con ello la cuestión del nombre para nuestro movimiento y nuestra ideología quedará proscrito para siempre, si no es para un futuro un tanto lejano.

Por ahora solo se que formo parte de algo que llamamos Nueva Derecha (en contraposición a una Vieja Derecha que ha pecado de estatista y de colectivizante, mas parecida a la izquierda totalitaria que a la tradición conservadora que nace con los optimates romanos) y que defendemos virtudes y principios, entre los que están la libertad, la dignidad, la tradición, el empirismo, la fe, y el orden.

Talvez nunca sabré como nombrar o definir a esta Nueva Derecha, pero siempre tengo esperanzas de apoyar al lado correcto.

Como el mismo Kuehnelt-Leddihn dijo en inglés, “right is right, left is wrong.”

Por Ugo Stornaiolo Silva

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