La quimera de la libertad de circulación

Cualquiera sabe que existe una serie de conceptos que, en mayor medida con respecto a otros, están impregnados por las tentaciones eufemísticas (muy bien justificadas, por cierto), si no son invocados de manera utilitarista, más bien selectiva.

Uno de estos guarda relación con la libertad. No obstante, no es motivo del artículo abordar todo el trasfondo y recorrido histórico al respecto (ni siquiera hacer un repaso de “vista gorda y superficial” de todos los objetivos de la táctica eufemística).

Hablaremos de la libertad de circulación, que viene a ser un concepto bastante invocado cuando, en alguna que otra ocasión, existe una “necesidad” de justificar alguna vulneración, flagrante o no, de alguno de los derechos naturales del hombre o de la nada prescindible cuestión cultural.

Dos de los casos más comunes guardan relación con la promoción de una expansión sobre el territorio sometido a control político (aunque sea redundante, diremos que hablamos de centralización) o cuando se procura abogar por el descontrol fronterizo (cuando el propósito de lo criticado es la “seguridad”).

Incluso, cuando creen que proceden, llegan a invocar no solo a la libertad, sino a la igualdad (en su concepción de igualitarismo mínimamente político), como condición sine qua non para que esos individuos puedan “circular sin cortapisas”. Pero, en la realidad, alguna que otra cosa no encaja en el relato…

No es necesario situarse en plena cúspide totalitaria

Cuando una persona limpia de topicazos y mentiras “progres” bajo crédito piensa sobre casos de vulneración de la libre circulación de personas, puede que lo primero que su procesamiento neuronal le permita pensar sea cualquier escenario típico de un régimen totalitario comunista.

No es nada fácil salir de regímenes como los que están instaurados en países como Cuba, Corea del Norte, China y Venezuela. Incluso, haciendo un repaso remoto de la Historia, puede recordarse el llamado “muro de Berlín”, instalado por el gobierno de la llamada República Democrática de Alemania.

De hecho, intentar desafiar esas restricciones puede llegar a costarte la vida, literalmente. Pero la cuestión es que la “sacrosanta democracia” (también referida como “democracia liberal”), cuya máxima degeneración se basa en lo anterior, tampoco es ajena a la puesta en práctica de estas medidas.

Para ello, no es necesario establecer sobre la tierra alguna solución arquitectónica o ingenieril. Tampoco es necesario imponer taxativamente la no salida de los ciudadanos de esos territorios circunscritos a lo que el léxico revolucionario considera como “soberanía nacional”.

Podemos hablar también de posmodernidad o, si acaso se requiere alguna que otra precisión, puede como táctica de la llamada “nueva izquierda”, cuya evolución no la lleva a renunciar a sus principios de base, sino a remodelar su discurso y “adaptarlo a los tiempos”.

Ecologismo y COVID-19, ambos pretextos recurrentes en estos tiempos democráticos

En tiempos donde las llamadas “democracias liberales” están muy expandidas, con independencia de la magnitud de los tics totalitarios de quienes detentan poder en las mismas, hemos visto cómo se ha invocado al “es-por-tu-bien” (la salud) para aplicar determinadas restricciones.

Como respuesta al llamado “cambio climático” (calentamiento global, masiva deforestación…), con la “supuesta intención” de disminución del efecto invernadero y de concentración de gases (dióxido de carbono concretamente), hemos podido testificar lo que son meros “obstáculos por el camino”.

Alguna que otra ciudad, por medio de su consistorio o de otra administración de orden superior, ha tratado de establecer limitaciones perimetrales a los vehículos (aparte de querer urdir la prohibición de determinados tipos de automóviles) si no han considerado expandir las peatonalizaciones.

Un ejemplo concreto de esto puede ser Madrid Central, aunque también hay que decir, pese a la posterior y real hipocresía “gretil”, hay quienes han llegado a poner sobre la mesa la drástica reducción de la oferta de transporte aéreo.

Ahora bien, en este año 2020, cuando puede uno aventurarse con más facilidad en el paso a la quinta fase revolucionaria, ha sido factible la testificación de una mayor intensificación en las medidas, bajo el “tan recordado” pretexto pandémico, vinculado a una considerable y “deseada” histeria colectiva.

El marco del Estado Policial ha dado sus mayores coletazos, por medio de los confinamientos (contemplando cierres fronterizos a distintos niveles), aparte de otras varias y determinadas medidas de estrangulamiento tanto social como económico (obstáculo de multitud de actividades).

El Estado, aseguradora quimérica

Todo esto, como se ha indicado al principio, está vinculado a alguna que otra contradicción. En materia de libertad de circulación, cabe indicar la permisividad “progre” para con las masas de musulmanes, que no están dispuestas a respetar nuestros valores, sino a perpetras una invasión en toda regla.

También sabemos de las reacciones negativas a los controles propuestos por políticos como Donald Trump. Determinados grupos de extranjeros son tomados como rehenes para las distintas causas colectivistas (no solo para perpetuarse en el poder, lo cual puede dar nuevos motivos asistencialistas).

Es más, procuran causar, en todos estos casos, una confusión considerable cuando algunos simplemente pedimos respeto por parte quien entra en propiedades ajenas y que la seguridad sea factible. Por lo demás, coincidimos con Francisco de Vitoria en que el orden natural no solo da la misma dignidad a todas las personas sino que también reconoce el derecho a circular libremente.

De todos modos, de modo concluyente, cabe advertir de que nada es de extrañar cuando el Estado (moderno) es un artificio de contraorden que es progresivamente problemático, aunque actúe bajo “democracias liberales” y abstracciones como el llamado Bienestar del Estado.

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