Comprendiendo el concepto de anarcocapitalismo

Eduardo Blasco 4 septiembre 2020 Noticias, Opinión
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El anarcocapitalismo o libertarismo (bien entendidos estos términos significan lo mismo) defiende que la iniciación de fuerza hacia cualquier propiedad privada es ilegítima, inmoral e injustificada, oponiéndose a agresión proveniente de cualquier fuente, tanto si es pública como privada (Kinsella 2009). Por tanto, el anarcocapitalismo se opone a la existencia de un Estado, ya que la existencia de este requiere necesariamente de agresión institucionalizada hacia los componentes de este para su supervivencia; es decir, para mantener a los políticos y a los que viven de él. El anarcocapitalismo no se opone a la existencia de un gobierno o de un conjunto de normas. El anarcocapitalismo tampoco defiende un sistema particular de gobierno, sino que se opone a cualquier agresión porque no puede estar justificada; es decir, a la invasión a la propiedad de otro. El anarcocapitalismo acepta cualquier forma de gobierno siempre que la adscripción a la misma sea voluntaria.

La agresión, según su naturaleza, puede ser privada, lo que comúnmente llamamos delitos o crímenes (robo, homicidio, violación, etc.), o pública, a cargo del Estado como el servicio militar forzoso (un tipo de secuestro) o los impuestos (una modalidad de robo). Los Estados son entes que cometen agresión sistemática a gran escala, por lo que suelen ser el centro de crítica de los libertarios. La crítica fundamental contra el Estado no se asienta en la defensa de un sistema alternativo particular, sino en el rechazo a la agresión.

Muchas críticas al anarcocapitalismo suelen ser dirigidas hacía los fallos de posibles sistemas que emergerían y en vez de hacía el único pilar que rige esta filosofía política, el rechazo a la agresión. Los estatistas giran el debate sobre qué sistema sería mejor, el estatal o el alternativo. No obstante, podemos proponer alternativas para teorizar sobre posibles alternativas en las que nos gustaría vivir en un mundo sin agresión institucionalizada. Pero como seguidor de la economía austríaca, sé que conocer el futuro de una sociedad, por muy sofisticado que sea y datos que añada a mi modelo, es imposible ya que con nueva información los modelos mentales de los individuos cambian y sus valoraciones subjetivas—que guían sus acciones—también (Huerta de Soto 2012).

La información sobre cómo el mercado solucionará ciertos problemas para satisfacer unas necesidades la crearán los emprendedores ex nihilo. Yo tengo ideas sobre cómo se harían ciertas cosas, pero sin poder usar el mercado para probarlas, me es imposible saber qué solución satisfacer mejor las necesidades de los individuos. Otros teóricos anarcocapitalistas como David Friedman (2014) o Bruce Benson (2011) también han teorizado sobre cómo sociedades anárquicas podrían organizarse.

Agredir no es ejercer cualquier uso de la fuerza. Los estatistas dirán ‘’aceptas la defensa propia contra un ataque por lo que estás a favor de la agresión en algunos casos.’’ No lo estamos. Agredir es iniciar el uso de fuerza indeseada hacia la propiedad privada de otro. Eso es contra lo que nos oponemos los libertarios. Cualquier estatista, desde un comunista hasta un minarquista (o estatista utópico), tiene que

  1. explicar por qué la agresión está justificada y

  2. probar que el Estado no ejerce agresión sobre los individuos.

Los estatistas pueden intentar hacer todo tipo de preguntas sobre sistemas hipotéticos, pero no pueden justificar la agresión. La agresión no se puede justificar porque el hecho de agredir muestra una falta de valoración por la propiedad privada de otro, lo cual es una contradicción performativa porque si tú sigues vivo es porque al menos sí que valoras tu propiedad privada (cuerpo). Entonces, no puedes sí valorar la propiedad privada y simultáneamente no hacerlo al agredir o aceptar que se agreda a otro. Con tus acciones te estás contradiciendo.

Si crees que cualquier acto de agresión es ilegítimo, entonces eres anarcocapitalista. Si, no obstante, matizas que sí pero que ‘‘eres anarquista filosófico por [inserte excusa aquí],’’ entonces eres un cobarde y una fuerza de mal porque sabiendo que el estado agrede de manera institucionalizada y que cualquier agresión es ilegítima, lo defiendes. Yo también lo fui durante años, hasta que realicé el esfuerzo mental suficiente para llegar a las conclusiones naturales de mis ideales.

El rechazo a la agresión es un concepto que hasta un perro puede entender, visible cuando existe intromisión en su propiedad privada. Los monos también demuestran que entienden y usan el concepto de propiedad privada (Waal 2007). Por lo tanto, si un mono o un perro lo pueden entender, es de esperar que con la suficiente paciencia podamos hacer comprender hasta un estatista que su sistema es injustificable.

Cualquiera que argumente contra mí, por el mero hecho de hacerlo me estará dando la razón ya que estará empleando su propiedad privada (cuerpo) de la manera que estime más oportuna para satisfacer su necesidad más valorada en ese momento (contestarme). Esto es una prueba de que usas tu propiedad privada para satisfacer tus necesidades, lo cual es incompatible con también aceptar la agresión sobre esta. Para más sobre esto leer sobre la ética argumentativa de Hans-Hermann Hoppe (1998).

Referencias bibliográficas

  • Benson, Bruce. 2011. The Enterprise of Law: Justice Without the State. Oakland, Estados Unidos: The Independent Institute.
  • Friedman, David. 2014. Machinery of Freedom: Guide to a Radical Capitalism. 3rd ed.
  • Hoppe, Hans-Hermann. 1998. “On the Ultimate Justification of the Ethics of Private Property.” Liberty 2 (1): 20–22.
  • Huerta de Soto, Jesús. 2012. La Escuela Austríaca: Mercado y Creatividad Empresarial. 2nd ed. Madrid, Spain: Editorial Síntesis.
  • Kinsella, N. Stephan. 2009. “What Libertarianism Is.” In Property, Freedom, and Society: Essays in Honor of Hans-Hermann Hoppe, edited by Jörg Guido Hülsmann and Stephan N. Kinsella, 179–96. Auburn, United States.
  • Waal, Frans de. 2007. Chimpanzee Politics: Power and Sex among Apes. Baltimore, Estados Unidos: John Hopkins University Press.
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