¿Ha perdido la derecha española el miedo a tomar la calle?

Ángel Manuel García Carmona 18 mayo 2020 Noticias, Opinión
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Este domingo día 17 de mayo, se cumplió una semana tras el marcado de comienzo de protestas espontáneas contra el régimen dictatorial posmoderno que en estos momentos está instalado en el Palacio de la Moncloa.

La matritense calle de Núñez de Balboa (cuyo nombre rinde homenaje a un conquistador extremeño que descubrió el Océano Pacífico, al atravesar el canal de Panamá), ubicada en el distrito de Salamanca, una de las zonas “más de derechas” de capital, ha sido un epicentro de protestas de considerable magnitud.

Digo esto no solo porque estas movilizaciones hayan ido cada día a más; tampoco por haberse reproducido en otras áreas “más conservadoras” de Madrid, tales como Chamberí, Chamartín, Las Rozas, Majadahonda, Aravaca y Mirasierra.

Tanto zonas más obreras, con sociologías escoradas hacia la izquierda en muchos casos, como en ciudades españolas de distinta “índole política” (Valladolid, Sevilla, Salamanca…), más de uno ha optado por pisar el espacio público para exigir la dimisión del ejecutivo así como más libertad.

Pero es que hay otras cuestiones adicionales por las que se podría decir que la derecha sociológica española, habitual y lamentablemente acomplejada, habría perdido ese miedo que como mínimo se tenía a la intimidación de la marabunta frentepopulista.

La Navata de Galapagar y Ferraz, entre los escenarios de protesta

A medida que iba cogiendo forma el movimiento espontáneo originado en el barrio matritense de Castellana, el Ministerio del Interior (bueno, esa especie de NKVD española, al servicio de Fernando Grande-Marlaska) reforzaba su llamamiento policial al control de las redes sociales y las calles.

Pese a esa amenaza represora (además de los correspondientes ejercicios de manipulación y estigmatización del agit-prop de los medios principales, plegados a la izquierda), como se ha podido ver, nadie se ha echado para atrás.

Eso sí, quizá no sería tan descabellado afirmar que al Frente Popular se le ha ido el asunto un poco de las manos (pese a todo, pese a que sopesan mantener más resortes de poder, al menos, hasta finales de junio).

Ellos llevan tiempo pensando en buscar el momento más oportuno para cercar la sede del PP, al más puro estilo de los días posteriores al atentado terrorista del 11 de marzo de 2004 (sí, otra especie de Pásalo).

Es más, el hecho de que Isabel Díaz Ayuso (cuya capacidad de respuesta fue mucho más sincera y diligente que la de Pedro Sánchez) y José Luis Martínez-Almeida estén cada vez más cerca de las mayorías absolutas de la era aguirrista les desespera y lleva a intentar rebuscar continuamente sin éxito.

Pero es que cabe destacar que ha habido agallas para protestar por primera vez en la historia (de manera “organizada”) frente a la sede del PSOE (en la calle de Ferraz), de ese partido de gobierno con un historial criminal y de destrucción constante de España.

El barrio de Argüelles no comparte los patrones sociológicos políticos más genéricos de Madrid Noroeste, zona en la que se enmarca la localidad de Galapagar. De esta última no hay que destacar tanto el mero hecho de haber protestado en el centro urbano.

Lo más interesante habría venido a ser que en ese mismo lugar hubo un segundo foco de protesta: la urbanización de La Navata. Concretamente, en las inmediaciones de ese “casoplón” que compró el co-dictador Pablo Iglesias.

Por tanto, también podría decirse que se ha perdido el miedo a las llamadas de “alerta antifascista” y de “cacería de fachas” que en su momento hizo el también conocido como “vicepandemias” (por cierto, “inventor” del concepto de “jarabe democrático”).

No hay que limitarse a una acción de protesta cortoplacista

Sin ningún género de duda, apoyo esta oleada de reacciones espontáneas y aguerridas frente al régimen totalitario frentepopulista que opera en el Palacio de la Moncloa. Ya era hora de romper con el aborregamiento de los aplausos de las 20 horas (síntoma del Síndrome de Estocolmo).

Eso sí, en tanto que la clave es ayudar y ser constructivo (en vez ejercer de soberbio que ni come ni deja comer), hemos de velar no solo por la continuidad de la reacción, sino por su no limitación a unos nuevos comicios en los que se pudiera votar o no al PP o a VOX para desbancar a Sánchez.

Votar en sí no es una especie de panacea. La clave es sentar las bases para un movimiento contracultural y contrarrevolucionario, como se hiciera en su momento en Brasil (por ello llegó Bolsonaro al poder; no solo por el hartazgo ante la catástrofe del socialismo del siglo XXI).

Poco a poco, hay que ir consolidando una sociedad activa y vigilante así como una mayoría social católica que trate de que Dios vuelva a estar en el centro de nuestras vidas así como de defender la dignidad humana, la vida, la libertad, la propiedad, la familia y la tradición católica hispana.

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