La empresa “pro libertatem” de la tradición católica

Ángel Manuel García Carmona 9 septiembre 2019 Opinión
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Este pasado fin de semana, la Comunión Tradicionalista Carlista (CTC) organizó, en Madrid, las XXI Jornadas de los Cursos de Verano del Foro Alfonso Carlos I, en Madrid. El tema elegido este año no fue menos políticamente incorrecto que habitualmente: el feminismo.

A la finalización del mismo, podía seguir convencido de que hablamos de un proceso de ingeniería social (modalidad de socialismo) que forma parte de un proceso mayor que, por la vía cultural, pretende reemplazar a Dios por un Estado globalista y expansionista, eliminando a su vez otros escollos como la familia, precisamente definida por la antropología cristiana.

De hecho, otra de las conclusiones que se pueden extraer sobre el acto viene a ser que no fue una sociedad tradicional cristiana, para nada, en absoluto, bajo ningún concepto, el caldo de cultivo del feminismo. Quien gestó todos los males fue la Revolución Francesa, en conceptos ideológicos como nacionalismo, laicismo o intolerancia secular, socialismo, masonería…

En un entorno tradicional cristiano era posible una sociedad fértil y floreciente, en base a las premisas del orden espontáneo y de la ley natural (respetuosa con la vida, la propiedad y la libertad), mientras que el Estado es un artificio en estado puro, progresivamente problemático, que una vez instalado tiende a expandirse, aplastando más a la sociedad.

Dios nos hizo libres (obviamente, con la intención de incurrir en el Bien), e iguales ante él, a su imagen y semejanza (igualdad en dignidad no implica igualitarismo coercitivo e iuspositivista). Mientras, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) hablaba de una solidaridad voluntaria e interrelacionada con el principio de subsidiariedad, definido por San Juan Pablo II en base a una regla según la cual:

Una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándola de sus competencias, sino que más bien debe sostenerla en caso de necesidad y ayudarla a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común.

Pero es que, aparte de esas premisas, como católicos hemos de enorgullecernos de nuestra interpretación de cosmovisión cristiana metafísica, por razones estrictamente morales, de que las grandes aportaciones a la libertad, la dignidad humana y el bien común no solo han requerido el binomio fe-razón, sino que se deben a sociedades y naciones católicas.

Lo anterior dije durante el turno final de debate abierto entre asistentes y ponentes finales del Foro, de una manera sinóptica. Pero quiero aprovechar esta columna para dar más detalles sobre la misma, una extensión del argumentario (casualmente, tenía en mente preparar cualquier semana de estas un artículo al respecto).

Por ello daré, a continuación, una serie de ejemplos históricos que conviene tener muy en cuenta. Más bien, a la par que se enuncian una serie de ventajas que supusieron ciertos episodios de esta empresa.

Las monarquías tradicionales, más partidarias del poder limitado

Hasta la llegada invasora del liberalismo afrancesado, promovido en España por el bando isabelino, no se cuestionaba la institución del fuero (en pro de la cual lucharon los partidarios de que Carlos María Isidro fuera el monarca), que permitía a diversos territorios no mantener centralizadas ciertas cuestiones de legislación, organización política y cobro de impuestos.

Bajo la Corona Española, los diversos territorios hispanoamericanos tenían bastantes competencias políticas. Había una división en virreinatos como los de Nueva Granada y Río de la Plata. De hecho, las comunidades indígenas tampoco se vieron amenazadas (se promovió el mestizaje, aparte de recordar que la evangelización civilizó América e hizo reconocer la dignidad humana).

Pero no fue el único ejemplo. La Mancomunidad Polaco-Lituana fue otro ejemplo de unión política que, al principio, respetaba la descentralización local y daba a la sociedad un amplio margen de maniobra. Mientras, actualmente, en el principado de Liechtenstein, la gente tiene incluso el derecho a la secesión, teniendo el monarca (un príncipe que habla de otro paradigma de Estado visto como un “proveedor de servicios”) un derecho de veto que contrapesa los desmanes democráticos.

El origen del espíritu comercial y la caída del comunismo

Si bien los escolásticos de la Escuela de Salamanca hicieron una serie de estudios que permitieron comprender, bajo una perspectiva totalmente moral, las bases para una economía no intervenida, que permitiera a la sociedad operar libremente, conviene recordar que el espíritu comercial no surgió de las teorías weberianas sino en ciudades portuarias como Florencia y Venecia.

Al mismo tiempo, las principales derrotas del comunismo no se las debemos sino a naciones y sociedades católicas. Mientras que la participación de los requetés en la llamada “Guerra Civil” del 36″ fue clave para impedir que España cayera bajo el yugo del comunismo de la URSS, para evitar la expansión de la misma por Europa Occidental y propiciar la caída del Telón de Acero, la masa social católica polaca fue trascendental.

Los frenos a procesos de islamización

La Reconquista de las Españas, de los reinos cristianos, no solo empezó desde el norte y tuvo como componente de soporte fundamental, entre otros, al rey navarro Sancho VII el Fuerte, sino que no fue impulsada por renegados del catolicismo. Y exactamente lo mismo que con los omeyas inter alia ocurrió con el Imperio Otomano.

Si se reforzó, en el siglo XVI, de nuevo, la hegemonía cristiana sobre la mayoría de la región bañada por el mar Mediterráneo, no fue sino a la Liga Santa, coordinada por Juan de Austria (hablamos de la Batalla de Lepanto). Mientras, la “liberación de Viena” del asedio islámico no hubiera sido posible sin las tropas polacas comandadas por el rey polaco Juan III Sobieski.

Y resulta que, actualmente, uno de los países más contundentes contra el riesgo de islamización de Europa es Polonia, que no obedece tanto a criterios nacionalistas como otros europeos orientales sino a la afirmación constante de su tradición católica (los húngaros son generalmente católicos y tradicionales, pero su fe no es tan intensa).

Libertad religiosa en los Estados Unidos

Si la Constitución de los Estados Unidos (una de las menos iuspositivistas del mundo) fue una de las que mejor garantizaba la libertad religiosa, hay que sentirse bastante agradecido al católico Charles Carroll de Carrolton, un “padre fundador” y firmante de la Declaración de Independencia (esa misma que menciona varias veces a Dios).

Por otro lado, cabe señalar que esa parte norteamericana más tradicional , pro libertatem, respetuosa con la familia y recelosa hacia la descentralización, no solo es la misma que reaccionó contra el tirano socialista Abraham Lincoln, sino que es buena parte del territorio que no ha de dejar de considerarse como hispano (un rasgo esencial de su historia, aunque haya cierto ecumenismo bien entendido). La también llamada Dixie es más caritativa así como parte del Bible Belt.

Utilitarismo bajo ningún concepto

Finalmente, ya concluyendo con lo anterior, espero que lo anterior no sirva para apostar por valores católicos por utilitarismo, sino por convicción moral en pro del bien común y la verdad, con orgullo por ello. Recuerden además que el cristianismo es un escollo absoluto para todas esas hordas que enemistan de la libertad, la propiedad y la dignidad humana.

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