La democracia y la izquierda buena

En los últimos días, ha habido algo de inquietud en el panorama político español, precisamente, en las redes sociales y en las tribunas de opinión de algunos diarios digitales. Todo a cuento del nacimiento de un nuevo partido político cuya primera aventura serán las elecciones europeas que se celebrarán el próximo mes de mayo.

La nueva formación política se llama Izquierda Española, y ha sido fundada por el abogado Guillermo del Valle, que dirige el think tank denominado El Jacobino, y en su día fue miembro activo de Unión, Progreso y Democracia (UPyD), el partido de centro-izquierda de Rosa Díez.

Este proyecto suscitó cierto interés en la medida en la que defiende la centralización política en España, oponiéndose a los fueros y a las autonomías actuales. Dicen cuestionar cualquier tipo de nacionalismo, lo cual contrasta con la izquierda actual en lo concerniente a los nacionalismos periféricos (aunque no se repara en la faceta de odio a la Hispanidad Católica).

A raíz de ahí que algunos hayan empezado a hablar de izquierdismo sano por cuanto y en tanto no se manifiesta el mismo nivel de hispanofobia que en los cuartelillos de PSOE, Sumar y PODEMOS. No entienden que el problema de raíz es el que es. No obstante, quizá sea mejor centrarse en un enfoque de sistema político, de forma de gobierno.

Malminorismo y posibilismo corto-placista

Es cierto que no pocos de los que observan con atención positiva estos fenómenos lo hacen sin suscribir los postulados de base de estas formaciones, que como bien reconocen ellos al hacer referencia al jacobinismo francés, parten del proceso revolucionario.

Hay quienes lo dicen por esperar algo menos malo en el panorama, sin necesidad de votarles con la nariz tapada. Creen que el panorama político sería algo más potable si ciertos agentes no fueran tan criticables (supuestamente) y/o que habría un margen mayor para suscribir acuerdos y alcanzar alguna clase de consenso.

Es posible que se guíen por el corto-placismo posibilista, que no deja de tener su parte de razón y de certidumbre. No necesariamente viene por la máxima del “tiene que haber de todo”. Básicamente pueden plasmarlo en base a la heterogeneidad electoral que puede haber en nuestra sociedad.

Además, al margen de que haya un nivel mayor o menor de desconfianza hacia la intervención del Estado en la economía y el relativismo político, no deja de ser cierto que apenas hay gente que desconfíe con dureza de la existencia del Estado (aunque con una prevalencia por el derechismo bien entendido, en grados mínimos, podríamos conformarnos).

Luego, nada de esto se puede revertir pacífica y exitosamente por la fuerza, desde arriba. Ningún cambio puede salir bien si no viene precedido de una buena labor sociológica de campo y de pedagogía, lo cual no es rápido pero no imposible, aparte de requerir dosis de esperanza.

No obstante, el quid de este ensayo no está tanto en la estrategia de batalla cultural y espiritual, sino en la observación de una forma política que de una u otra forma acaba siendo un molde más o menos adecuado para distintas influencias políticas no necesariamente favorables.

El relativismo político en el sistema democrático

El sentido común y la misma realidad espontáneo-natural evidencian que hay situaciones en las que, por la vida en comunitaria y la necesidad de no individualidad en muchas ocasiones, haya que poner de acuerdo a un conjunto de individuos o apostar por avanzar con lo que la mayoría suscriba. No necesariamente tienen que ser cuestiones de política. Pueden ser escenarios muy cotidianos.

Que el individuo deba de ser un sujeto con fuero interno y derecho al disfrute de las libertades concretas (en torno a la libertad negativa y natural, bajo un prisma austriaco y, a su vez, tomista) no ha de ser sinónimo de atomismo, descontrol y ausencia de normas, autoridad y reglas per se.

Lo que pasa es que existe un relativismo en el que el individuo se desprende del marco normativo social y familias que ha podido venir moldeado por el aporte de valores y principios que la religión hace sobre la sociedad, la cual es el camino para la consciencia sobre la existencia y presencia divina.

La gente ha comenzado a pensar en que lo válido puede ser lo que la mayoría dicte y sea legalizado (no olvidemos la errática y alta correlación que existe entre la legalidad y la consideración de legitimidad que tiene algo). Es algo bastante normalizado, que en ocasiones puede ser aceptado, tramposamente, como un avance, como el progreso pudiera planificarse.

Ahora bien, no todo se limita a una mera creencia vaga. En la actualidad, los parlamentos tienen una amplia capacidad de legislación (al margen de que estén o no influenciados por el poder ejecutivo, cuando no se da la separación adecuada), pudiendo cubrir casi cualquier ámbito de nuestra vida.

De hecho, no existen fuertes contrapesos conocidos como cuerpos intermedios (la comunidad y el municipio en su concepción clásica, la familia y el lugar de culto). La sociedad está perdiendo cada vez más margen de maniobra, de modo que la soberanía política sea cada vez más pesada, en detrimento de la soberanía social.

A su vez, el mismo sistema democrático, como sacrosanta forma de gobierno, es toda una vía de ascenso para que enemigos declarados de la libertad, los llamados totalitarios, que suelen tener una cosmovisión prácticamente deicida, alcancen el poder político, en el cual tratarán de perpetuarse.

Pero es que, aún dependiendo todo de un parlamento, se instala el cortoplacismo, con lo que cualquier medida positiva que pudiera lograrse (por ejemplo, la prohibición del aborto o una drástica reducción en el gasto estatal y la presión fiscal) quedaría condicionada a que dentro de cuatro años no se eligiese una mayoría dispuesta a revertir esas medidas de respeto al orden natural.

Con lo cual, aunque todo requiera de una pedagogía sociológica e intelectual, se puede decir que la existencia de la democracia como forma sacrosanta de gobierno es una fórmula de relativismo, que en ausencia de buenas referencias morales, puede condenar a una sociedad a la esclavitud, la ruina y la degeneración.

Por lo tanto, se ha de ser consciente de que hay que aspirar a que el individuo confíe menos en entidades de orden superior contrarias a la subsidiariedad y los principios de la sociedad orgánica, ayudando únicamente a la consolidación de la falsa deidad estatal, que es diabólica, artificial, antihumana y opresora.

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