El pulso anticrístico tras las elecciones polacas

Este domingo día 15, los polacos tuvieron una cita con las urnas, a fin de renovar la composición de sus cortes generales bicamerales (el Sejm, que es la Cámara Baja, y el Senado). De la misma, ha de salir el nuevo gobierno, al igual que ocurre en países como España y Portugal.

Salvo alguna sorpresa improbable (por lo que se maneja) a lo largo del completado del recuento escrutado, todo apunta a que habrá un claro vuelco político en el tablero gubernamental, el cual no beneficiará a la derecha.

El partido Ley y Justicia (PiS) no seguirá gobernando. Pese a haber vuelto a ser la opción más votada, no alcanza mayoría absoluta ni a solas ni con un hipotético apoyo de la coalición de “dereita dura”, es decir, de la Confederación.

El ex presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, volvería a ser Primer Ministro de Polonia, pero en esta ocasión, en una especie de coalición multicolor, ya que necesitaría el apoyo de dos formaciones que ya le habrían dado el sí desde hace años.

Precisamente, quien pertenece a la Plataforma Cívica (PO), que es el homólogo del Partido Popular en Polonia, necesitaría del apoyo de Tercera Vía (un entramado centrista) y de LEWICA (una coalición tipo PSOE y Sumar, que por sí sola, se hubiera quedado fuera).

Pese a unas aparentes divergencias, hay varios objetivos comunes. Para empezar, la PO polaca es, a efectos prácticos, un partido de centro-izquierda, que no es votado por gente que se considere ampliamente de derechas ni tiende a obtener altos porcentajes de voto donde hay “más derecha”.

Luego, aunque LEWICA sea mucho más radical (por cierto, ha perdido apoyo), hay una estrategia común de apostar por los “valores europeos”, por la “tolerancia” y por todo eso que la derecha “podría frenar”: revolución cultural a la irlandesa y mayor eurosovietización.

Con lo cual, se daría una coalición muy bien apreciada por el establishment bruselense y transatlántico. De hecho, se lleva, desde hace bastante tiempo, con la colaboración de la Open Society, del Deep State norteamericano y de ciertas corporaciones, ejerciendo presión manipuladora.

La manipulación en favor de la corrupción de la sociedad orgánica y preparados artificiales como la ideología de género o la “religión climática” llegan por medio de distintas vías de propaganda, más allá de Netflix. Hay alcaldes y activistas que ya se comprometieron a inocular esto en la escuela.

Las grandes ciudades polacas no son las plazas más cómodas para la derecha en su sentido más amplio (esto, curiosamente, no se da en algunas ciudades españolas más pobladas, como es el caso de Madrid, Valencia, Mallorca y Málaga).

Pero téngase presente que la Academia está bastante dominada por el marxismo cultural. Quien crea que la universidad estatal polaca es la casa del saber de las virtudes cristianas, se equivoca, muy lamentablemente.

En 2020, la loable ilegalización constitucional del supuesto eugenésico abortista (por un Tribunal que partió de criterios de interpretación que datan desde mucho antes que Beata Szydlo y Mateusz Morawiecki llegasen al poder) movilizó a una virulenta minoría feminista.

Esa virulenta minoría feminista, totalmente irrespetuosa con los símbolos cristianos y con el orden público, pero apoyada por ciertos medios y grupos políticos, intentó manipular muchas mentes mediante el miedo. Me refiero a los que utilizaban un símbolo de silueta parecida a la de las SS nazis.

Los distintos fondos europeos, de los que, ciertamente, no pocos se han destinado a Polonia (infraestructuras públicas, adecentamientos urbanos…), se han utilizado como mecanismo de presión para intentar imponer cuestiones LGTBI, abortistas y pro-multiculturalidad.

Pero tampoco es oro todo lo que reluce en el partido de gobierno, puesto que Ley y Justicia, pese a algunas acertadas decisiones en materia migratoria (por ejemplo, el control de la frontera con Bielorrusia), ha pecado de debilidad y de errores económicos.

La inflación ha sido bastante elevada en Polonia mientras que la fiscalidad es bastante compleja, no habiendo contribuido el PiS a una reducción sustancial de algunas cotizaciones al menos. La burocracia en sí no deja de ser un problemita.

El PiS es favorable al intervencionismo económico, pero es que, en general, simpatiza bastante con la idea del gobierno omnipotente, del Estado hipertrofiado. Hay quienes, en su seno, le hacen gracietas a economistas como Thomas Piquetty.

El PiS también, en ocasiones, ha tenido algo de miedo a una minoría feminista que nunca le iba a votar y, en ocasiones, tiene dificultades para oponerse a puntos sutiles de las agendas revolucionarias y “woke” que conocemos muy bien.

Pese a las apariencias, no tiene sentido decir que Kaczynski, el presidente de facto del país, tenga el mismo criterio que, por ejemplo, Ron DeSantis, que en numerables ocasiones ha apostado por combatir lo “woke” y por liberar la economía más.

Es más, durante los tiempos del “virus chino”, cabe recordar que en Polonia no se gozaba de la misma libertad relativa que en el Madrid de Isabel Díaz Ayuso, cuya gestión no solo agradó a su electorado, sino que también llamó la atención en la mismísima Polonia.

Con lo cual, en mayor o en menor medida, el PiS ha alentado al cansancio y a la puesta en bandeja de ciertas cuestiones a quienes son enemigos del orden natural cristiana. Y sí, al igual que el PP, han sido bastante hostiles con lo que hay a su derecha.

La Confederación, una coalición de nacionalistas, libertarios conservadores y tradicionalistas, ha sido bastante atacada y excluida del PiS allá donde fuera posible. Sí, esa opción que podría haber recogido más votos descontentos con la política ambigua e hiperestatista de Ley y Justicia.

Pero, al margen de esos ataques, resulta que su resultado no habría sido mejor que en 2019, muy lamentablemente. Sí, pese al éxito que seguía cosechando su líder Mentzen, un solvente economista, en sus mítines y convenciones personales.

De todos modos, aunque se reciba esto con tristeza, la solución frente a la amenaza del Anticristo, traducida en unos esfuerzos considerables para acabar con una nación católica, no pasa por quedarse de brazos cruzados.

La hipotética mayoría social católica ha de combinar la oración, la acción y la formación. A su vez, toca fortalecer a la sociedad civil (prensa, asociaciones, centros de estudios…) y entender que centrarse solo en la economía no va a atraer a quienes ya de por sí tienen ciertas ideas prefijadas.

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