No suelo aprovechar los puentes para escapadas, pero en este pasado decidimos visitar algunos pueblos de Burgos, haciendo campamento base en la monumental villa de Lerma.
Castilla deja en el alma una mezcla de melancolía y frescura. La gloria que fue; pero aún hoy esa dicción bien articulada, precisa y serena de la lengua castellana, reina española de entre todas las lenguas que puebla el mundo mientras en su patria recibe afrentas. Ese carácter de los castellanos, carácter un tanto seco con que abren la conversación, acaba siendo cautivador, como el de una mujer de avanzada edad que atiende en un bar de Silos, en una tarde fría como el demonio:
-Dos cafés bien calientes.
-¿Dos tés?
-No, no, dos cafés.
-Es que les he entendido que querían un té.
-Es nuestra culpa, con el frío, hemos pronunciado mal.
-Yo es que les he entendido que un té.
-No se preocupe, que la culpa es nuestra.
-Yo, señores, qué le voy a hacer, les he entendido que un té.
Pero, finalmente, el café estuvo bien servido y cobrado con justeza. A pesar de tener por baño un congelador, el cliente sensato no ha de quejarse. En estos tiempos, para servir entre semana cuatro míseros cafés en una tarde parda y fría de diciembre, para que la calefacción dé siquiera unas bocanadas en la yerta sala, se han de pagar ivas, irrepeefes, seguridad social, seguros de vida, de incendios y el hostelero no podrá rellenar las vinagreras porque en Europa decidieron que era insano; todo para que en el gobiernos organicen cursos de masturbación en la tercera edad o los ministros se vayan de putas.
-Qué bruto es usted.
-Es lo que nos queda.
En Silos, en la austera e imponente basílica neoclásica de piedra fría como un témpano, los monjes, enfundados en sus hábitos oscuros como la noche, ajenos al puñado de fieles y curiosos que esa tarde quieren rezar con ellos, a ver si algo de bueno se les pega, entran pausadamente en el altar mayor. No se les advierte miedo escénico alguno. Del órgano sale una nota de referencia y, como si nada, los monjes se ponen a cantar. El conjunto suena empastado y en una tesitura muy aguda, y el que firma debe advertir que no utiliza los tecnicismos sin ton ni son.
Los monjes han puesto tres bocanadas de calefacción para que no se muera nadie en medio de las vísperas; uno no se quita el abrigo, pero pensaba que iba a tener más frío. Los monjes, a pesar de ser hombres de fe, mirarán con desconfianza las facturas de la luz, bien surtidas de impuestos; los monjes no sólo cuidan de un símbolo cultural sino que rezan por todos; para que luego el ministerio de cultura subvencione una película mala, fea e irreverente como el culo de un mono.
-Está usted hoy…
-Ya lo ve, no me puedo reprimir.
En Covarrubias, un pueblo encantador, un belén viviente, de soportales milagrosamente torcidos construidos por vigas entecas y columnas de piel horadada, encuentro una placa que señala la casa donde nació en 1520 fray Pedro de la Peña, obispo de Quito, promotor de la Universidad de México. Cerca, una pastelería estrecha, bien presentada, promete un paraíso de dulzura y almendra. La pastelera, mujer breve de estatura y mirada luminosa, nos salmodia con tono desapasionado qué es cada cosa (rosquillas con anís, rosquillas fritas, flores, mantecados, yemas, turrones…) como resignada a que el cliente pregunte por todo para llevarse luego una barra de pan. Nosotros le compramos algo más pero menos de lo que quisiéramos.
El director de este periódico nos pone un guasap anunciando que es el 25 aniversario de Navarra Confidencial. Yo todavía me acuerdo del día en que recibí una llamada suya. Nos había hecho una crítica estupendamente bien expresada a La Trova, tras una actuación en el Teatro Gayarre. Me invitaba a colaborar con el periódico.
Tengo que confesar ahora que su tono de voz, su dicción, su empaque, de una seguridad casi risueña, me convencieron. Eso y que prometía ser en Navarra, como aire fresco, un medio que no presumía de progre. Han pasado ya unos cuantos años y siempre he enviado mis artículos, ya fueran políticos o ya recomendaciones literarias, con la misma sensación de enviar algo a gente amiga. Por eso hoy, que es un día de melancolía y de frescura castellana, me tomo la libertad de enviar esta gaceta.
Estas son mis líneas para celebrar este aniversario de Navarra Confidencial y felicitar a todos los que lo hacen posible. Pero antes de terminar debo decir que, entre las calles caprichosas y bellas de Covarrubias, me entero de la muerte del gran Alfonso Ussía. No puedo ser yo quien haga una semblanza de su persona, porque sería muy incompleta. Al que aquí firma le ha inspirado desde hace años, en esa búsqueda de la ironía con la mala leche que a veces uno debe destilar si no quiere que le salga una úlcera. Porque eso es lo que a uno le amenaza cuando escucha al golfo de la Moncloa engolar la voz para tratar al pueblo español como si fuera tonto de posadera. Fue Ussía un magistral satírico, y aquel artículo en que se refería a Sánchez como un hortera de gimnasio ha iluminado mis noches frente al ordenador. Yo leí hace muchos años un divertidísimo libro que es el Tratado de las buenas maneras. Su Coñones del reino de España es una magnífica antología comentada de la poesía satírica de España desde la Edad Media, que recomiendo vivamente. Veo imágenes de Ussía, con su sonrisa siempre apuntada, como si se estuviera riendo de alguna maldad, los ojos entreabiertos, las dos líneas que arrancaban de las comisuras de la boca, como patas de telón, anunciando una ironía. Tenía un sentido del humor envidiable. Era un caballero español que puso su pluma para socorrer a los menesterosos de patria y consolarles con una sonrisa. No tengo duda de que sería un abnegado esposo, padre y abuelo. Dios lo tenga en su gloria, desde donde ilumine a quienes tienen la esperanza de que con la palabra se puede cambiar el mundo.
Javier Horno Gracia