¿Y qué importa dónde estén los pobres huesos del Principe de Viana?

Cada vez está más claro: no se cree en Dios y se acaba cayendo en la superchería más irracional. La ortodoxia política progre aconseja reírse de los coleccionistas medievales de reliquias pero pone la cara trascendente para hablar de identificación de cadáveres y de autopsias. ¿Se acuerdan de los rostros casi místicos de ZP y Rubalcaba cuando anunciaban que el Gobierno de España sería muy cuidadoso (no como los del PP con lo del yakovlev-42, claro) con los restos mortales del reciente accidente aéreo de Barajas? Son capaces de dedicar una sonrisa despectiva al cura que nos habla del Más Allá mientras se arrodillan piadosamente ante la liturgia del pobre médico forense. Mas que la inmortalidad del alma (y del cuerpo) parece que les importa el recuento de las moléculas originales del difunto. Como si lo peor que te pudiera pasar fuera no la condenación eterna sino quedarte sin una tibia y con tres costillas en el nicho del vecino.
¿A qué viene esta obsesión por el etiquetado científico del polvoriento resto humano? Si en la tumba del Príncipe de Viana se han colado por culpa de la desamortización y de los franceses algunos huesecillos de tres personas diferentes ¿qué mas da? ¿a quién de verdad le importa? A lo largo del tiempo los huesos se van haciendo polvo y el polvo tiende a mezclarse. A lo largo de la vida todas las células se renuevan. Las moléculas van y vienen. Lo que hoy es un músculo mañana, en términos geológicos, será una piedra en el río. ¿Por qué entonces ese fariseismo materialista y esa obsesión fetichista que sobrepasa lo razonable? La obra cristiana de misericordia aconseja enterrar a los muertos, no coleccionar ristras de adn para el lucimiento de los políticos.
Yo solo quiero para mis muertos un billete directo al Cielo en que espero que me esperen. Y si lo que quedase de nuestros huesos aquí abajo se fuera entremezclado ¡qué importa! Seguro que al Creador que los hizo de la nada se le ha ocurrido alguna solución para el día del Juicio Final.
Jerónimo Erro

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