Acaso un sí es un no

Cuando el obispo de Valladolid, monseñor Argüello, disculpaba a la ministra Irene Montero de que no había dicho lo que había dicho, no se pudo imaginar que las cosas ocurrirían de esta manera. Tal vez el obispo, conciliador, aventuró que la señora Montero en el fondo de su corazón no quiso defender la pedofilia, pero bien mirado aquí debería regir que “de internis, neque Ecclesia” y atenerse a lo que la ministra ha dicho, y a la sonrisa que se les está poniendo a quienes delinquieron con el sexo. “Las cosas podían haber acaecido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así”, escribió Delibes para arrancar El camino. Apelo al gran vallisoletano, ejemplo probo de sentido común, para defender que la realidad es tozuda, aunque parezca lo contrario.

Todo el mundo (jueces y oposición y algún periodista independiente) auguraba esta lacerante consecuencia. Tras la noticia de la suelta y la rebaja hubo alguna voz discrepante en el gobierno, pero ahogó su canto en cuanto el presidente mandó cerrar filas. Ahora la bondad de la ley estriba en el deseo que les desborda por la boca de proteger a las mujeres del fascismo de Vox. Que una ley saque antes de lo deseado a un violador no es óbice para que la ley, en palabras del presidente Sánchez, vaya a ser inspiradora para otras naciones. No nos debería extrañar que para los legisladores del “sí es un sí” el lenguaje pierda todo valor. Pedro Sánchez dijo ¿cuántas veces?, que jamás pactaría con Podemos ni con Bildu: lo mismo un sí es un sí, que un sí es un no. Ha dicho tantas cosas y ha mentido tanto. Y como en España a la izquierda siempre se le supone la causa de los desfavorecidos (aunque les planten al delincuente en la puerta de al lado de su casa, en el País Vasco o en Ceuta), a cascarla.

Los jueces, cuando se trata de aplicar la ley, se aplican a la letra, que no deja de ser la encarnación de las intenciones, por mucho que la izquierda muerda en los micrófonos. La ministra llama machistas a los jueces. Los jueces pide su dimisión. La juez podemita Rosell manda a los medios que no hablen de esto, no vaya a producirse un efecto llamada. Una diputada de Madrid le recrimina a un opositor que no sabe “follar”. Eso no sale en los medios, pero sí la “violencia machista” de Carla Toscano, que recuerda a Irene Montero que es ministra por lo que todo el mundo sabe. Irene llora. Alarma nacional. Todo un astracán.

Pablo Iglesias, que presume de comunista, vino a decir lo mismo de Ana Botella: que era “la mujer de”. Cierto que la expresión de Carla (lo de las “interioridades”) es vulgar (y acaso por eso lo ha dicho), pero lo cierto es que el hecho descrito en sí es más vulgar aún: que el “miniterio de ihualdá”, como dice la otra Montero, es un regalo de Pablo. A Tania la envió al gallinero del congreso, detrás de una columna. Lo peor no es el enchufe en sí, sino que la ministra Montero, Irene, es una ministra inútil, fanática y peligrosa.

¿Pero es sólo la ministra Montero la culpable? Ni mucho menos: la ley la votaron más de doscientos diputados. Entre ellos los de Ciudadanos y cuatro del PP, que no han sido cesados, que sepamos. Por cierto, yo preguntaría al señor Feijóo cómo me asegura que en una votación similar la próxima vez no sean cuatro disidentes en el PP sino veinticuatro. No sé qué me preocupa más: los doscientos del frente popular o los cuatro del PP.

Y ¿quién da cohesión a todo este despropósito? Pedro Sánchez.

El cinismo engolado de Sánchez no tiene freno. Como ha explicado muy bien Rosa Díez, se aprovecha de que el pueblo está como la rana en la cazuela: para cuando quiera reaccionar ya no tendrá fuerza para salir de la olla. El primer paso para cocer la rana fue pactar con quien dijo no iba a pactar. Ya en faena, su gesta es inenarrable: se inventa la comisión de expertos en el Covid, esconde a los fallecidos, compra a los medios de comunicación con millones de euros en pleno encierro, inyecta millones de euros a una compañía de vuelos venezolana e insignificante, al ministerio absurdo de igualdad, a Bill Gates, y se hace una serie sobre él. Manda que su esposa sea elegida en la Complutense para asesorar sobre los fondos que decide él. Decreta dos estados de alarma inconstitucionales. Nos tiene en la agenda 2030 esclavos de la energía ajena. La inflación, por encima de la media europea; la deuda pública se acerca al 120% del producto interior bruto. Entrega el Sahara, protege a una criminal en Barajas, aparta a Margarita Mariscal de Gante del Tribunal de Cuentas. Su doctorado es un pufo, coge el falcon para comprar tabaco. Miles de asesores para nada y en cuatro años sube el gasto de la Moncloa en un 272%. Saca a los golpistas a la calle, despenaliza la corrupción. La rana está a punto de ebullición.

Sin embargo, aún nos preguntamos más: ¿el problema es solamente Pedro Sánchez? Lo cierto es que la suelta de violadores ya ocurrió cuando Rajoy aceptó la negociación con la ETA de Rodríguez Zapatero, tras los atentados del 2004. Cuando en un estado de derecho se abre la veda a la violación de la justicia, como fue el cierre en falso de los atentados de Madrid y la legalización de los filoetarras (y nos quedamos cortos con el apelativo),  nada puede salir bien. Desde la destrucción de los trenes explosionados, pasando por el hombre de paz de la banda hasta el sello de correos exaltando el genocidio comunista hay un camino de piedrecitas bien calculado. Irene Montero, con su un sí es no es, no es más que otro episodio de la violación mentada. Las cosas podían haber ocurrido de cualquier otra manera, pero, por alguna razón que se nos escapa, han sucedido así.

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