Que Begoña Gómez se cambiara de sexo no arreglaría el problema

Casi todos los debates que se producen en la sociedad la izquierda trata de reducirlos a machismo, fascismo y dos o tres cosas más. El atractivo de la izquierda es ofrecer la capacidad de explicar toda la realidad con toda su complejidad en base a sólo tres o cuatro ideas que lo explican todo. Esas tres o cuatro ideas, además, implican la asunción de que la izquierda es el bien y todo lo que no es la izquierda es el mal. De este modo, todos los que no son de izquierdas no es que tengan ideas discutibles, sino inaceptables. La oferta explicativa de la izquierda es por tanto maravillosa porque lo tiene todo: es simplista, te coloca del lado del bien y a al mismo tiempo te protege de la represión que la izquierda puede desencadenar contra todos los que señala como malvados no izquierdistas. El marco mental es o ser de izquierdas o darle vueltas a la cabeza y buscarse problemas. Aceptando ese marco mental no nos extrañe la “resiliencia” de la izquierda pese a los resultados de sus políticas.

A Pedro Sánchez por tanto le ha faltado tiempo para decir que quienes cuestionan las actividades de su mujer son unos machistas. Como decíamos, el machismo es una de esas tres o cuatro teclas que todo lo explican. Eso sí, lo explican como el lecho de Procusto. O sea, hay que estirar o recortar la realidad para que encaje a martillazos en el marco. Así, Sánchez llegó a acusar a Feijóo de querer que las mujeres se queden en su casa sin trabajar, cosa que a estas alturas desmienten hasta en Maldita Mentira. Si el gobierno aprobara una ley que obligara a los mentirosos a teñirse el pelo de azul, Pedro Sánchez no podría comparecer en público sin una gorra. Si el gobierno sanchista no logra nombrar a los jueces que lo puedan juzgar, la primera víctima de una ley contra los bulos y la mentira sería el propio gobierno sanchista.

Lo cierto es que los problemas de Begoña Gómez y Pedro Sánchez con la ética y la estética, quizá también con la legalidad, no tienen nada que ver con el género. Si Begoña Gómez fuera la presidenta del gobierno y Pedro Sánchez el captador de fondos del gobierno, evidentemente el problema sería el mismo. Si Begoña Gómez se cambiara de género y se hiciera hombre, el problema persistiría. El problema no sería distinto si los interesados se intercambiaran los géneros o los puestos. A Begoña Gómez no se le cuestiona por su género, sino por su posición como captadora de fondos del gobierno.

Al sanchismo se le cae también la pretensión de que todo el escándalo es una rareza de la oposición española, machista y fascista, puesto que para estas fechas se acumulan las publicaciones y testimonios exteriores que subrayan la anormalidad de la situación de Begoña Gómez. Es evidente que si Begoña Gómez fuera piloto de Iberia o pintora no habría un problema de compatibilidad entre su profesión y el puesto de su marido, lo que chirría por todas partes es que la mujer del presidente del gobierno se pueda dedicar a conseguir fondos del gobierno para terceros, en ocasiones terceros con los que además tiene una relación que puede estar interesada.

Fuera de España no sólo están llamado la atención las actividades de Begoña Gómez sino la reacción de Pedro Sánchez cargando contra la prensa y la libertad de expresión. En realidad es objetivamente menos preocupante y peligroso que la mujer del presidente se dedique a captar fondos del gobierno de forma cuestionable a que el marido se dedique a amenazar la libertad de prensa o la independencia judicial para protegerse. No es que de esto se deduzca que Pedro Sánchez sea culpable, pero alguien culpable estaría haciendo para protegerse justo lo que está haciendo Sánchez.

Por lo demás, resulta que quien ha acabado poniendo en el disparadero no ya nacional sino internacional a su mujer ha sido el propio Pedro Sánchez con sus extravagantes maniobras megalomaníacas. Si quería proteger a su mujer, tenía que haber delimitado adecuadamente sus funciones al llegar a Moncloa. Todo lo que ha venido a continuación ha sido fruto de su falta de diligencia y previsión a este respecto. ¿O acaso hacía falta ser un genio para darse cuenta de que había un problema entre que él fuera presidente del gobierno y su mujer fuera “Bego. Conseguidora de fondos”? Cuando una petición de fondos al gobierno viene firmada por la mujer del presidente del gobierno, ¿nadie en Moncloa vio que había un conflicto? Y de esa torpeza, si es que sólo se trata de torpeza, ¿quién tiene la culpa? ¿Los medios o la propia Moncloa?

Además de a los medios nacionales que no son afines al gobierno, ¿va a represaliar también el sanchismo a todos los medios internacionales que se están haciendo eco del escándalo o a  The Times si entrevista a Alfonso Guerra, adivirtiendo a nuestros vecinos de los tintes autocráticos de Sánchez y de que está dividiendo a los españoles? Al final va a resultar que Feijóo y Abascal son los dueños de todos los grandes medios mundiales, y no que lo raro es que en España haya medios para los que no sea noticia Begoña Gómez. Pero claro, ¿va a ser en España alguien como Broncano quien exija al gobierno explicaciones sobre las actividades de la mujer del presidente? ¿O va a ser alguien como PRISA, que necesita urgentemente una carta de recomendación de Begoña Gómez para no ir a la quiebra? En los países libres se publican noticias falsas y noticias verdaderas. En los países que no son libres sólo se publican noticias que favorecen al gobierno, sean ciertas o falsas. ¿Cuál de los dos modelos queremos?

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