Tierra de los hombres, de Antoine Saint-Exupéry1

Javier Horno 17 octubre 2018
Imagen de Tierra de los hombres, de Antoine Saint-Exupéry1

En Ribadesella, Asturias, en la Playa de la Vega, termino de leer Tierra de los hombres, de Antoine Saint-Exupéry. Ha sido un día intenso, de soledad.

x

Qué inconfundible sensación de espacio abierto, de perspectiva luminosa, de pureza en la respiración leer a Saint-Exupéry. Más en estos momentos de aridez existencial, de abatimiento interior. ¿Cuál es la verdad del hombre? ¿Cuál es mi verdad hoy, que parece encuentro la calma, una línea de fuerza que creía perdida, en la soledad repetitiva y luminosa del Cantábrico? Porque no será el hombre sincero si no reconoce que hay épocas de la vida en que parece que nuestra herramienta de trabajo se nos vaya a caer de las manos y que no podremos arrancarnos esta desazón interior.

x

Saint-Exupéry también se lo pregunta. “La verdad, para un hombre, es lo que hace de él un hombre.” Yo leí su Vuelo nocturno hace años, no recuerdo bajo qué recomendación, pero sí el impulso, la intuición de tener su nombre asociado a esos horizontes del atardecer que no nos amedrentan, sino que nos llenan de sentido. Y, sin poder repetir hoy una sola anécdota de aquel Vuelo, sé que sus páginas me llevaron fuera, a un espacio prometedor. De su literatura se desprende esa esperanza de que siempre hay algo que nos permite hacer un hombre de cada uno.

x

Me estoy adelantando, porque desde que empecé a escribir recomendaciones literarias, sabía que guardaba un lugar para la novela Ciudadela, la última novela del autor del famoso Principito. Pero las circunstancias me urgen a hablar de Tierra de los hombres, un testimonio de vida, un relato poético de mucha menor extensión que esa casi abrumadora Ciudadela, que hoy queda pendiente. Porque el lector sabe que no somos almas puras, y hay ocasiones en que un estado interior y un paisaje se identifican. Y ha coincidido que en esta breve escapada para ver el mar, el piloto Saint-Exupéry me ha subido a su avioneta para ver una playa de los hombres.

x

Saint-Exupéry es fiel a la realidad. Y la realidad del hombre es su inquietud: la modernidad alcanza una densidad profética si el hombre sabe verla. Pero entonces deberá recolocarse en ese paisaje y no olvidarse de que es hombre. Por eso, la pasión de Saint-Exupéry es el vuelo, con todo su riesgo. Esta es la clave de la que, para algunos, según leo, es la mejor obra del autor francés.

x

Mi padre, hace pocos días me dijo que en el viaje de vuelta a casa había escuchado voces, voces extrañas que no eran ni la mía ni la de mi madre. Yo entonces no sabía que eran alucinaciones provocadas por la medicación. No busqué explicaciones, porque sólo vi la cara de mi padre, sus ojos más aguanosos que de costumbre, como si la puesta de sol de septiembre (esa puesta de sol con que todo parece despedirse) le hubiera herido de verdad en un lugar que no alcanzaba a ver. Era evidente que le dolía, y me miró como sólo me mira cuando sé que piensa en mí, cuando querría decirme algo y aún no ha encontrado las palabras justas. Pero en esta ocasión había miedo. “¿Te has asustado?”, le pregunté, y me respondió con los ojos y la voz fue después, inmediata, todo en una misma conmoción, en un desvalimiento que me recordó mi propio desvalimiento; y mi desvalimiento me invitaba a poner mi mano en su hombro y desahogar mi desasosiego (“Es difícil la vida, padre”, le hubiera dicho); y en la misma incorporación de mis emociones una súbita y silenciosa mano me calmó, me relajó esa sensación tan viva, como si me golpeara amistosamente la espalda, y esa emoción fluctuó, se enervó, se difuminó aun sin dejar de existir, esa emoción se quedó mirando la escena en un segundo plano, como cuando de niño veía a mi abuelo cerrar un trato con otro adulto o matarle un cordero ante la expectación de los vecinos; y ese niño escuchó inefablemente la voz de mi padre. “¿Te has asustado?”

x

-…Sí. – me contestó, y fue como si dijera “Tendré que decir que sí”.

x

Y como aquel que prefiere callar ante la magnificencia de una catarata que rompe el misterioso velo que la había separado siempre de la idea, que se había interpuesto entre la imaginación -configurada por imágenes de películas- y la insustituible realidad, me senté a su lado y le cogí la mano no por acto de caridad sino porque quise extrañamente, sencillamente, aventado el miedo como si de briznas de paja sobre la ropa se tratara, quise ser hombre.

x

Nunca seré capaz de hablar de la ternura, porque es nuestro deseo más recóndito.

x

Inevitablemente, acaso por mi educación o por la compañía del piloto francés, pensé que la ternura de Dios debe ser tan real y tan lacerante que sólo es capaz, a veces, de llegar a nuestro corazón a través de los ojos asustados del anciano.

x

Esta es la puesta de sol en la que leo y releo las aladas palabras del piloto que escribía y con el que hoy reconozco una callada pero real fraternidad. Orillado de la vorágine de los trabajos y los días pero en íntimo contacto con ella, Saint-Exupéry suena en sus páginas como el oleaje fugaz y permanente del mar.

x

x

Javier Horno

1Antoine Saint-Exupéry, Tierra de los hombres, Editorial Berenice, 2016.

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (4 votos, media: 5,00 de 5)
Cargando…

Comentar

Tiene que estar registrado para publicar un comentario.

Libros amigos por Javier Horno

Tierra de los hombres, de Antoine Saint-Exupéry1

En Ribadesella, Asturias, en la Playa de la Vega, termino de leer Tierra de los hombres, de Antoine Saint-Exupéry. Ha sido un día intenso, de soledad. x Qué inconfundible sensación de espacio abierto, de perspectiva luminosa, de pureza en la respiración leer a Saint-Exupéry. Más en estos momentos de aridez…
Micro órtesis para fascitis plantar y espolón calcáreo
Micro órtesis para fascitis plantar y espolón calcáreo
Publicidad
Encuestas

¿Cree usted que la imagen de Navarra se ha deteriorado con el gobierno del cambio?

Ver resultados

Cargando ... Cargando ...
Publicidad

El baúl de los recuerdos

Esta noticia la publicamos el 27 de mayo de 2013