Teología en la Música

Javier Horno 27 febrero 2019
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Hace unos días la Orquesta Sinfónica de Navarra se presentaba al público con una sola sinfonía, la número cinco de Anton Bruckner (1824-1896). Para el profano en la materia, la interpretación de una toda sinfonía en solo una velada puede sugerir encontradas reacciones: o la obra es demasiado larga como para aguantar pacientemente su audición o algo tendrá de especial para que, sola, protagonice una tarde de concierto.

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Bruckner no es un compositor muy conocido en España, al menos entre la afición menos académica. Lo cual es bastante lógico, dada una cierta tendencia megalítica en el músico austríaco. A eso se añade que sus temas melódicos no son del tipo de los que han alcanzado máxima popularidad: pongamos como referencia el archiconocido “Himno a la alegría” de Beethoven, acuchillado impunemente por las flautas escolares. Es difícil tararear a Bruckner. Recuerdo mi primera audición de una sinfonía de este compositor, que me dejó con cierto enfado, porque me pareció un tanto plomiza.

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Si tuviera que hacer una clasificación de entre los músicos, distinguiría a aquellos que llegan a pensar con la música y los que sólo ocasionalmente lo hacen, dominados por el lenguaje verbal. Esto me tiene un tanto intrigado, porque he dedicado muchos años de mi vida a la música, y de alguna manera me sigo sintiendo en el segundo grupo. Observo, sin embargo, que hay aficionados que no han estudiado una sola página de solfeo y han llegado a una intuición musical admirable. Hay oyentes que tienen una predisposición innata a entender el lenguaje musical como lo que es: una manera de pensar la realidad. Y seguramente hay compositores a los que les cuesta entablar empatía con el lenguaje musical, es decir, les cuesta abstraerse de cualquier otro lenguaje y fundir su pensamiento en la corriente sonora, y aun con todo, son grandes creadores. ¿Era Bruckner de este tipo? No lo sé con seguridad, pero su fluidez poco tiene que ver con la de Verdi, Mozart o Vivaldi. Y aun con todo, tiene un algo genuino que sigue despertando admiración. Vayamos por partes.

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¿Qué significa pensar con la música? El pensamiento musical creativo es capaz de traducir las intuiciones en música y desarrollarlas concienzudamente con ese mismo lenguaje. El compositor es, de primeras, más o menos espontáneo en este ejercicio, pero su desarrollo puede ser tan complejo como cualquier obra literaria que se corrige y rediseña una y otra vez. Una idea exageradamente romántica aún flota entre nosotros respecto de la creatividad. El verdadero artista expresa siempre algo que tiene que ver con eso que llamamos el corazón humano, pero no debemos identificar esto con el romanticismo o la simple exaltación del sentimiento: hay muchísima emoción en las Soledades de Góngora, tal vez el poema más difícil y rebuscado de la literatura española que vale verdaderamente la pena leer, por su grandeza expresiva, como hay muchísima emoción en las aparentemente frías misas de Palestina.

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Por otro lado, el pensamiento creativo, por muy racional o formal que nos parezca, para que sea verdaderamente creativo ha de tener una ligazón con el mundo interior. El pensamiento creador ha basculado a lo largo de la historia entre dos polos: el mundo que nos rodea y nuestro ego. Nunca están del todo desconectados. No podemos ver el mundo sin dejar de ser nosotros mismos.

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Esta idea de que la música pueda ser una forma de pensar la realidad está bien expuesta ya por Platón. La Edad Media, la mal llamada Edad Media, partió de esta concepción griega y la desarrolló hasta extremos jamás alcanzados. Sólo la invención de la polifonía (dos o más melodías distintas que suenan simultáneas) constituyó una auténtica revolución artística que se empezó a fraguar, que sepamos, al menos ya hacia el año 900 y experimentó un desarrollo espectacular en los siglos XII, XIII y XIV. La obra de Bruckner surge en un momento de la historia en que todavía es indubitable este discurso sobre la música. ¿Qué ha ocurrido en el siglo XX? El mundo del pop-rock, en general, con sus múltiples -inacabables- estilos, se podría simplificar por dos grandes rasgos: ha halagado el oído hasta emborracharlo con la fuerza física de su intensidad (gracias a la electricidad), con lo que ha perdido la finura del sonido directo (en realidad, ningún cantante famoso de canción ligera canta en directo); por otro lado, ha simplificado el discurso musical exaltando el melodismo pegadizo y el ritmo básico. ¿A qué conclusiones queremos llegar? No conviene ser dogmático en estas cuestiones, porque es cierto que la música actúa según el contexto y expectativas de cada persona, y la música, en general, tiene un poderoso poder de sublimación. Pero creo que nuestra sociedad ha relegado más que nunca la música al plano del entretenimiento, a lo que Aaron Copland llamaba “el plano sensual”.

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Hemos comenzado nuestra reflexión con Bruckner, porque de él se ha llegado a decir que hace un discurso teológico en su quinta sinfonía. Esta identificación me parece una manera de hablar tal vez exagerada, pero carga en su fondo con un envite, como en el mus: sigamos jugando; por algo lo dirán. Yo no diré que el pasado concierto fue el momento más inolvidable de mi vida musical, pero sí diré que ni se me hizo largo ni me dejó indiferente. El compositor austríaco tiene una rara cualidad: cómo llegar a extremar los recursos técnicos y, en contra de todo pronóstico, jamás resultar pretencioso. Bruckner lleva a la expresión de la calma, la grandeza, la delicadeza, el desbordamiento… desde un planteamiento siempre humilde. Naturalmente, para llegar a esta percepción he tenido que aprender que su discurso es algo más que un montón informe de sonoridades que parecen repetirse inagotablemente; es decir: me ha supuesto un esfuerzo intelectual.

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La Sinfonía nº 5 comienza con un pasaje inspirado en el Stabat Mater de Pergolesi y en el Requiem de Mozart, pero ya desde los primeros compases suena a algo distinto. Sus temas melódicos no son exactamente pegadizos o cantables, pero se graban en la mente; el compositor los desarrolla con un no sé qué que resulta coherente y siempre discreto. ¿Será que nos hemos dejado influir por lo que sabemos de su vida? Curiosamente, Bruckner fue muy amigo y admirador de Wagner, un personaje bastante ególatra y más bien ateo; Bruckner, en cambio, era católico practicante, humilde y tímido. ¿Es posible que esto se pueda reflejar en su obra? Yo diría que sí. ¿Es posible que con esas premisas, una sinfonía alcance unas intensidades de cuatro efes (ffff), que obligan al oyente a abrir la boca? Es contradictorio, pero sí: yo la abrí, se lo prometo, porque el sonido se desbordaba. Como decía, no puede dejar indiferente: lo mismo pinta pasajes de delicada y suave belleza como crece hasta la inundación; lo mismo hace sonar a la orquesta como un gran órgano barroco, que aísla a cada instrumento en un giro inesperado. Nada es fácil y casi todo es lógico y fluido.

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Y es que, en conclusión, la música puede ser una compleja manera de pensar. El descrédito de la música en la enseñanza viene porque hemos convertido la música en un mero entretenimiento. Escuchaba el otro día a un locutor de radio que, me consta, tiene una vasta cultura humanista, decir, a colación de la falta de rigor y el bajo nivel académico, que ahora los niños “se dedican a la música y al teatro”, como ejemplo de la educación banal. Se entiende el comentario, y por eso de que se entiende es una lástima lo que transluce: que la música no pasa por ser un lenguaje susceptible del ejercicio sublime de pensar la realidad.

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Javier Horno

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Comentarios (2)
  1. Iñigo Arista says:

    Muchísimas gracias por el articulo. Somos por desgracia poquísimas personas las aficionadas a la música de Anton Bruckner.

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  2. Joaquín says:

    Gracias por el artículo.
    Hablas de un tema, la existencia del pensamiento musical, al que le doy vueltas con frecuencia, y que tú en pocas líneas has logrado explicar muy bien.
    Estaría muy bien si nos pudieras sugerir algún libro o lectura sobre el tema que a ti te guste.
    Bruckner es uno de los grandes, pero, en efecto, exige cierto esfuerzo intelectual. Y el esfuerzo merece la pena, sin ninguna duda.

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