“Mi vida, mi gente, mis plantas”, del Padre Mundina

Javier Horno 16 julio 2018
Imagen de "Mi vida, mi gente, mis plantas", del Padre Mundina

Cuando decidí emprender esta aventura de los Libros amigos me propuse tratar sobre aquellas lecturas que me hubieran reportado una especial emoción. De los títulos sobre los que he escrito en esta sección, no conozco a ningún autor. En este caso, el punto de partida es distinto. Y estimo necesario, por una cuestión de honradez, anteponer una duda razonable: que la objetividad del juicio corre peligro con las afinidades personales. Me resulta difícil hacerme a la idea sobre cómo hubiera resultado la lectura de este libro sin haber conocido a su autor; pero intuyo que vale la pena correr el riesgo de que alguien sospeche de parcialidad.

El padre Vicente Mundina publicó en el año 2009, en la editorial La Esfera de los Libros unas memorias que titula, en sencilla identificación, Mi vida, mis plantas. Las memorias son un género en que se mezcla la historia y la literatura, y sólo su génesis da para más de una reflexión. A mí, ahora, me viene a las mientes el porqué de ese tipo de escritura en que uno expone sus acciones, su pensamiento, su corazón. Probablemente es inevitable que aflore una cierta vanidad, esa vanidad que describe el Eclesiastés y que reconoce el sabio y el humilde:

¿Qué saca el hombre de todas las fatigas que lo fatigan bajo el sol? (Ecl. 1, 3)

¿Qué necesidad tenemos de contar nuestra vida; y más aún, qué necesidad tiene un hombre de fé, para quien la humildad es axioma vertebrador del Evangelio? He leído algunas memorias de hombres religiosos, las suficientes para percatarme de la dificultad del género. Hay autores de memorias que no quieren escribirlas…, sin embargo las escriben, a su aparente pesar. Otros las escriben, pero con tanto miedo a quedar mal con nadie, que aburren. Y hay quien las escribe con absoluta naturalidad.

Para el padre Mundina, la vida, como las plantas, es hermosa, y merece la pena vivirla y, por qué no, contarla. Tal como es, tal como somos. En las memorias, inevitablemente, se van a emitir juicios, pero un hombre de bien no condena definitivamente a nadie. No se puede enganchar al lector sin verosimilitud, sin verdad. Y nuestra verdad es como es nuestro corazón, donde fustigamos y perdonamos cada día. A veces, el más sincero, es el que más caridad usa; o dicho de otra manera: a veces, la precaución es más una gazmoñería de nuestra vanidad, que no querría ser acusada de nada, que querría una blancura imposible. Tal vez ahí está la clave: en estas memorias late la personalidad de su autor, que lo mismo reparte caramelos que da un zurriagazo bien dado a quien se portó con falta de urbanidad.

Al padre Mundina lo conocí un sábado por la mañana, en el programa Jungla de asfalto que dirige Elia Rodríguez en esRadio. Llamé a la emisora para que me asesorara sobre una drácena que había crecido demasiado. Su respuesta en antena le pareció insuficiente y me dijo que me llamaría después del programa. Al día siguiente recibí su llamada. Y de la misma manera que habla en antena, con ese acento que muchos creen que es catalán pero que es valenciano, me contó en privado qué podía hacer con esa drácena que tocaba el techo.

El padre Mundina es un cura atípico, como son todos los curas que no responden a ningún patrón. El señor Mundina tiene una vitalidad que sería susceptible de medir de alguna manera, no sé si por los niveles de fotosíntesis, si eso valiera: sería una fuente de clorofila. La exuberancia de su vitalidad es repentina, discreta y refrescante como el mundo vegetal. Una conversación con el padre Mundina puede empezar por cualquier motivo floral, tal vez una celosía que nos lleva al vivero en el que, justo ese día, estuvo visitándole un amigo abogado que llevó muchos casos de famosos y ayudó a unas monjitas a las que va a predicar en Tomelloso…

-…porque yo tengo unos muy buenos amigos en Tomelloso, que levantaron una empresa que da trabajo a más de dos mil empleados, porque tú sabes, Javier, no tiene nada de malo crear riqueza, porque se crean empleos para muchas familias, y hemos estado comiendo aquí, le he hecho una paellita, porque aquí tengo una cocina donde preparo de comer a muchos amigos que vienen a verme, algunos que se han separado y vienen a desahogarse…

-Padre Mundina, antes de que se me olvide, ¿no cree que las Confesiones de Tarancón son unas memorias en toda regla?

El padre Mundina tiene un verbo torrencial, pero no le importa en absoluto que cambies de tema. Yo al padre Mundina lo imagino como aquellos buhoneros que antiguamente viajaban en un carro tirado por mulos, pregonando su entrada en cualquier pueblo con el ruido de los cacharros colgados como espetera ambulante: sartenes, botas de vino, plantas, jaulas, canarios, libros… De todo tiene el señor Mundina para contar, trabajó en todos los oficios, con toda gente ha tratado. Y el buhonero Mundina -sigo imaginando- baja del carro dando voces de entrenador de fútbol, y renqueando, con su cadera operada de 86 primaveras, saluda al primero que encuentra llamándole con su nombre de pila. Y lo mismo tiene un remedio para aclarar la voz que una palabra dulce para aclarar una pena.

-Pero, hombre, querido, tú de esa drácena puedes sacar un esqueje y, mira, cortas un tallo como de 15 centímetros y en la base lo tocas con hormona vegetal…

Y la ele final de “vegetal”, larga, geminada, palatal, valenciana en fin, sigue resonando un rato en nuestros oídos y perdemos el hilo del relato.

Mucha gente escuchó alguna vez la voz del padre Mundina, de timbre poderoso y cálidamente radiofónico, y la oirá sonar en sus memorias. Las plantas que Mundina ha manipulado con sus podaderas entran y salen de las páginas de su libro, y uno ya no sabrá si está hablando con el autor a pie del vivero real o del vivero metafórico de la vida. Sólo la pericia que recorrió para llegar a ordenarse sacerdote daría para un libro. La galería de personajes que aparecen son un retrato de época de valor inapreciable. Mundina ha tratado con todo tipo de gentes, y con todos muestra un calor natural que no puede ser fingido. En ese gran travesía de Vicente Mundina desfilan las personas más anodinas junto famosos del cine, de los deportes, de la composición musical, empresarios de renombre y quienes se acercaron con la carga onerosa de un sufrimiento. Y lo mismo ayudaba a una madre soltera que delataba a un estafador que declinaba, prudentemente, una invitación a cenar de la mismísima Ava Gadner.

El retrato que hace de su familia sincero y vívido, se hilvana magistralmente con las pericias de la España de la guerra civil. (Me llevaría otro artículo si comentara cómo Vicente Mundia habla de la guerra civil, con qué falta de maniqueísmo, con que ausencia absoluta de la hipocresía y la gilipollez reinante en las memorias históricas de los medios dominantes, a las que, sin pretenderlo, da una lección que no tiene contestación.) En ese relato de infancia y juventud, la figura de su padre, Pascual Mundina Menero, crece conforme uno lee estas memorias y sigue creciendo conforme saborea el recuerdo que le dejó la lectura. Magnífico personaje, magnífico retrato que conmueve.

No puedo dejar de nombrar la impresionante obra social que fue Nazaret, un colegio de huérfanos y niños de humilde extracción de los años sesenta, con sus viveros de champiñones, de flores, de maíz dulce, cría de patos y cerdos, donde se desayunaba chocolate, se hacía deporte y donde la disciplina era firme pero no desesperante. Pero no me gusta ser explícito con el contenido de los libros: yo les diré que uno siente una rara envidia de autenticidad.

Mundina es un vitalista desde la cuna, discreto y espontáneo a partes iguales, y tiene un formidable sentido del humor. Fue un pionero del arte floral y de muchas cosas en España, está orgulloso de serlo, de decirlo y da gusto leerle, porque su optimismo es vivificante. Lo mismo en su libro que en su trato con la gente tiene esa eficiencia rural con que se cultivan los frutales, metaforizada en esos pelos cortados a tijeretazo que le apuntan al techo, como la drácena. Con las memorias del padre Mundina uno se puede reír a carcajadas y a la página siguiente llorará de emoción. Este hombre es así. Es tan auténtico que a mitad del libro se pone a dar consejos sobre plantas. Aunque no te interesen las plantas, es igual: nunca había visto que en un libro quedara bien lo que en cualquier otro sería un pegote.

Tenemos que mencionar aquí la labor de Antonio Alférez, realmente encomiable, pues fue él quien redactó, después de tres meses de entrevistas, un texto escrito en primera persona, en el que Alférez desaparece literalmente. No es fácil. Lo han hecho ambos muy bien; lo hicieron (hace ya nueve años), y uno desea que tuviera un rebrotar en las librerías. Mi vida, mis plantas, es una historia humana de calidad sorprendente. Nosotros, aquí, hemos querido rendir un pequeño homenaje a este amigo cura que transmite un raro calor para los tiempos que corren, en los que las frutas maduran en

cámaras, sin luz natural. El padre Mundina -al que, evidentemente, Dios le dio un don- tiene mano con las plantas, acaso porque se sabe sólo un mediador y deja que la vida fluya por ellas. Cómprense su libro este verano (les durará poco entre las manos) si están buscando un poco de sol y de esperanza.

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Comentarios (2)
  1. mac says:

    No sabía que viviera todavía. Me parece que fue hace casi medio siglo cuando tenía un programa en la tele. Encantador, contagioso. ¡Cómo no prendarse de una Aechmea fasciata que acaba de presentarnos y desear tenerla y cuidarla!

    Tengo que mirar en youtube si hay algún vídeo.

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  2. Alambique says:

    Yo también recomiendo el libro.
    Recuerdo que aunque lo cogí para echarle un vistazo, al final lo leí por completo con interés y profundo agrado.

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