Los hermanos Álvarez Quintero

Javier Horno 18 enero 2019
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Serafín y Joaquín Álvarez Quintero (1871-1938 y 1873-1944) son dos autores de teatro, muy exitosos en su momento, cuya fama ha menguado en no muchos años. Eran nombrados con letra pequeña en los manuales de literatura, que en la época de la Educación General Básica eran, casi invariablemente, los de Vicente Tusón y Lázaro Carreter. La nómina de autores españoles que aparecían con mayor o menor relevancia podía ser discutible, pero el hecho de saber algo de la vida literaria de Jardiel Poncela, Muñoz Seca o los Álvaro Quintero ya era, al menos, una puerta puesta ahí para que algún día la curiosidad nos invitara a abrirla. Digo que podía ser discutible porque, por ejemplo, Lázaro Carreter defendía con vehemencia los Tres sombreros de copa de Miguel Mihura como obra rayana en lo que se ha denominado “teatro del absurdo”; creo que hoy se la considera una comedia ingeniosa con muy poco absurdo, a la que le favoreció el hecho de que se quedara un poco perdida en un cajón de la postguerra y aquello se loara luego como un menosprecio de la censura de la época. Que me corrija el profesor Víctor García Ruiz si fuera preciso.

En el panorama teatral del siglo XX parece claro que los dos grandes genios del teatro español son García Lorca y Valle Inclán. Del primero me sorprendió mucho Doña Rosita la soltera, una comedia aparentemente tradicional, pero probablemente mucho más teatral y verosímil que Bodas de Sangre o Yerma. En el Teatro Gayarre se pudo ver una excelente versión de Tamayo, hace cosa de veinte años, con Silvia Marsó haciendo de doña Rosita. Recuerdo vivamente aquella puesta en escena, incluso lo que no me gustó, que fue la interpretación exageradamente envejecida de doña Rosita como una cuarentona en el tercer acto. Pero no dudo en afirmar que fue uno de los mejores montajes teatrales que he visto nunca. El cual me hizo reflexionar lo siguiente: en el teatro, un texto no es lo que parece a simple vista. Lo que en la lectura silenciosa parece una frase tibiamente ingeniosa puede producir una explosión de hilaridad. El buen actor, intuitivo y vivaz, es un humor vital en los textos de los buenos comediógrafos. Los autores experimentados cuentan con él. Doña Rosita, sobre el papel, aparenta ser una comedia (tragicomedia) costumbrista poco innovadora, pero bien interpretada tiene una fuerza sorprendente.

En esta reflexión yerro estos días, después de haber abierto por fin un viejo tomo de comedias de los Álvarez Quintero (Biblioteca Renacimiento, de V. Prieto y Compª., Madrid, 1911) que compré en una feria del libro antiguo. Una edición hecha poco después de los estrenos de estas obras; en concreto, el tomo II de una colección de Comedias escogidas. La curiosidad iba camuflándose de polvo, porque el tomo siguió durmiendo unos años en la estantería de mi biblioteca. La ambición intelectual nos lleva a acumular libros que tardan años en leerse; por contra, se recrea la ilusión de la adquisición el día en que por fin se abren a los ojos del lector. ¿Cómo sería este teatro de los Álvarez Quintero? Dramaturgos que conocieron el éxito, con bigotes domados por tenacillas a la moda de una época que nos es muy lejana. Las pocas referencias que tenía de su obra es un costumbrismo andaluz que allí gusta mucho, un comentario humorístico -y afilado- de Jardiel Poncela y algún poema suyo recogido en Las mil mejores poesías en lengua castellana. Me esperaba, pues, unos textos amables y probablemente un poco cursis a nuestros ojos.

Pero a mí, particularmente, la cursilería en teatro me tiene siempre un tanto subyugado. El hecho teatral en sí no deja de tener algo de cursi, que toca lo patético y que, a la vez, despierta nuestra ternura. Esto se advierte, por ejemplo, en el teatro escolar. Soy de los que creo que es mejor acometer obritas sencillas para poder trabajar la técnica, pero reconozco que aunque los alumnos no vocalicen lo suficiente o den la espalda al público más de lo deseable, el teatro escolar tiene un encanto particular. No sé si me estoy explicando: simplemente quiero apelar al derecho a una cierta dosis de llamémosle cursilería, llamémosle torpeza, llamémosle ingenuidad. Lorca era cursi a veces hasta la saciedad, y era un genio. Lo cursi no quita lo valiente.

Centrémonos en los Álvarez Quintero y la comedia que quiero traer aquí, que es Pepita Reyes. En primer lugar, por el tema elegido: una joven de una familia humilde que mantiene con su trabajo en la portería de la casa, que también sirve de taller de costurera, a toda la familia: padre, tío, tía, un sobrino vago… Le apasiona el teatro, tiene dotes artísticas, pero su novio no quiere que se dedique a un mundo en el que el galanteo de los caballeros madrileños resulta una amenaza. A Pepita (la chica protagonista) le hacen una audición y empieza a trabajar en una zarzuela, con éxito, en contra del deseo de su novio.

El caso es que lo que empieza como una obra costumbrista de tipos de otra época, se va convirtiendo en un encuentro de ilusiones, desencantos, autoengaños… como la vida misma de nuestro siglo XXI. Y en su discurso aflora una retórica cargada de intención, aunque a veces aguarde escondida entre líneas.

Empezaré apuntando algo sobre las acotaciones, llamativas por un cierto humorismo expresivo que puede parecer un tanto ingenuo, pero que creo contribuyó a la concepción de la acotación literaria que Valle Inclán llevaría a la creación genial (en qué medida, naturalmente, no lo sé: sería motivo de estudio, si no es que está ya muy estudiado). Véase este ejemplo:

Viene Pepita de la calle con un lío de costura que deja al llegar. Viste humildemente y trae puestas capa larga y toquilla. Es madrileña, de tipo fino. Con sombrero parecería una señorita; con mantón, una chula. Se queda en modista y no vamos perdiendo nada.1

A veces, los autores recurren a una indicación escueta y práctica: fíjese el lector en la manera de describir al padre de Pepita, un señor vago y ocioso: “Este señor Nicasio, aunque indigno, es padre de Pepita. Verlo á él, y pensar que á quien sale Pepita es á su madre, todo es uno.” De la misma manera, para caracterizar el ambiente distendido y divertido de una escena final de acto leemos: “Nuevas risas de todos los presentes, que en tal momento no se cambian por nadie.” Y uno tiene la sensación de que, en el fondo, aunque los autores ridiculizan ciertos comportamientos, también los humanizan.

Padre y tío de la muchacha ven prometedor el futuro de Pepita en el teatro. El diálogo que sigue recuerda inevitablemente el estilo que adoptó Valle Inclán en sus esperpentos:

NICASIO. ¿La Pepita? La Pepita es una mina. Si á mí me lo ha dicho el maestro: la Pepita, á la vuelta e dos años, es tiple de dié duros. El maestro, de ti para mí, pué que venga buscando otra cosa… ¿tú me comprendes?…

DON LOLO. Lo eterno; sí… La bestia humana.

NICASIO. La bestia; eso es. Pero lo que yo le digo á la chica: déjate tú querer, que aquí estoy yo con el ojo abierto y la estaca en la mano.

DON LOLO. ¡Admirable! Es todo un programa. Descorcha el anís.

La cercanía estética a Valle-Inclán no es ocasional. Leamos esta acotación: es una tertulia que visita el camerino de Pepita:

El MARQUÉS es uno de estos señores guapos que les gustan á algunas mujeres y les molestan á todos los hombres. Lleva impresa en el rostro una sonrisa empalagosa y exagerada, que él tiene por el colmo del encanto y la cortesía y que no es sino el sello de su imbecilidad. Se rasca sin reparo alguno, cruza las piernas según le conviene, se coge los pies á cada paso y se tumba donde quiere á su antojo; todo ello con extraordinaria elegancia. El TELERITA es un novillero de moda, sin más luces que las de los brillantes que lleva. PEREGRÍN, un señorito hueco que lo acompaña siempre. El CALLAO, un picador de la cuadrilla de Telerita que se pasa la vida justificando el mote que le han puesto. JULITO, por último, un gomosín de diez y seis años, harto ya de la miserable existencia.

La obra, que no quisiera destripar aquí, nos presenta con naturalidad y sin retorcimientos melodramáticos un conflicto muy humano. Baste decir, para despertar hoy la curiosidad -especialmente la del lector de teatro-, que, mutatis mutandis, el conflicto es actual: Pepita Reyes es esa mujer que debe llegar a todo, a la que se le exige la perfección.

Los Álvarez Quintero alientan mi curiosidad y me invitan a seguir buceando en su obra. En todo caso, es un teatro que obliga -si se va con buena intención- a una interpretación fiel al texto, sin histrionismo, sin gritos, sin miedo, con arrojo y naturalidad. Si se da eso, ya casi lo demás no hace mucha falta: unas bombillas y algún mueble. Desgraciadamente, el arte del teatro se ha dejado influir -creo- por un falso naturalismo que se usa en el cine y la televisión, y se quiere compensar con malabarismos escénicos. Pero la naturalidad seguirá siendo una guía fundamental sobre la escena. Este tipo de teatro, si no es de sobresaliente, tiene ese encanto y verdad del teatro juvenil, que reclama ante todo naturalidad.

En la dedicatoria de Pepita Reyes leemos esta evocación en la que todos nos podremos, creo, reconocer, como parte de esa masa anónima que somos los hombres en la Historia, por más que nuestros nombres se den a conocer. Esto de leer aquí y allá tiene ese encanto de encontrar, en la página más insospechada, unas líneas que tocan nuestra fibra. Será una exageración de lector romántico, pero los Álvarez Quintero ya no son unos perfectos desconocidos para mí. Esta página amarilla, con la cenefa acumulada del roce de los dedos o del polvo, se despierta en el vuelo del adagio clásico: lo escrito permanece como muerto; con la lectura las palabras cobran vida.

La noche del estreno de PEPITA REYES fué aniversario de otro estreno, inolvidable para nosotros: el de ESGRIMA Y AMOR, nuestro primer ensayo dramático. Quince años hizo el 30 de Enero. La chiquillería del Instituto de Sevilla fué casi todo nuestro público; el éxito de la obra, caluroso, franco, grande, indiscutible. Aquellos muchachos que hicieron punto de honrilla estudiantil que triunfase nuestra primera tentativa escénica, son ya hombres que desparramó la fortuna por el mundo entero… Donde quiera que se hallen, ricos ó pobres, dichosos ó desgraciados, alegres ó tristes, vaya hasta ellos nuestro saludo cariñoso; y á los que cayeron ya heridos por la muerte, quizás por ser los que más valían, consagremos en esta página un recuerdo, como homenaje de nuestro corazón (…)

(A la memoria de Ángel Unzué Maquirriain, director de teatro con quien tantos muchachos de honrilla estudiantil nos enamoramos del arte más hermoso del mundo. D.E.P.)

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1Transcribo conservando la ortografía de la época, por cuestión “estética”.

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