Lecturas de verano (Reflexiones sobre narrativa actual)

Javier Horno 25 septiembre 2017
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El curioso lector se habrá encontrado más de una vez frente a un interlocutor que tiene por plato de gusto uno que no consideramos de buen criterio. En esa encrucijada incómoda nos salva a menudo el famoso refrán “para gustos, los colores”, aunque en nuestro fuero interno sentenciemos otra cosa: nos gustaría recordar a nuestro interlocutor que el gusto también se modela con el criterio. Pero en el campo de los placeres es difícil edificar escuela. Claro que este dilema es antiguo, y Platón ya hablaba de criterio y de censura cuando estimaba que había composiciones musicales que encaminaban al joven a la virtud, en beneficio de la república. El criterio estético es lábil, pero soy de los que opina que aquello que consumimos como materia de ficción no es inocuo: la ficción hace su labor más allá de nuestra consciencia. No hace falta irse a los ejemplos extremos de los niños que prueban a volar como los superhéroes. Doy por supuesto que la ficción se introduce en nuestros intersticios más disimuladamente.

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La que para muchos es la mayor obra escrita en lengua castellana (y la más grande novela de todos los tiempos) nació con el fin de censurar el gusto sin criterio. Cuando Cervantes escribió el Quijote tenía en mientes un mundo fantasioso de caballeros y pasiones almibaradas, muy del gusto de la época, al que quiso combatir. Siempre se dice que el Quijote es mucho más que una diatriba contra las novelas de caballería, pero no debemos simplificar demasiado lo que las novelas de caballería representaban en la época: en ellas Cervantes veía el conflicto de la evasión: ¿es lícito aparentar como verdadero aquello que no existe? ¿Todo vale en nombre de la evasión?

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Montaigne, en su ensayo La moderación, aserta: “Las ciencias que rigen el comportamiento humano, como la teología y la filosofía, se injieren en todo. No hay acción tan privada y secreta que escape a sus conocimientos y jurisdicción. Quienes restringen su libertad son meros aprendices.” Son aprendices de artistas quienes creen que el arte se escapa de la realidad humana y de sus leyes. Esto no tiene que ver con la moralidad de la vida privada del artista, sino con la visión del mundo que construye en su obra. Intentar escapar a la ética, ya sea desde el punto de vista filosófico, ya religioso (“restringir su libertad”), es inútil: notaremos la huella del aprendiz en las taras de su obra.

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Ciertamente que el buen criterio se puede confundir con la ñoñería, que es muy mala compañía para convencer de nada. Pero rehuir lo ñoño no significa que hemos de renunciar al criterio. La idea de una cultura democrática y del gusto por la diversidad de temas hace que a aquellos, como el que aquí escribe, que por carácter tendemos a sentar cátedra, se nos mire con recelo. Con recelo me decía una tía mía que no sabía si mis recomendaciones, conociéndome, le iban a gustar… Y yo le contesté:

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-Mira, tía, el buen gusto no es una cosa democrática. Existe el buen gusto y el mal gusto. Yo, que soy filólogo, tengo buen gusto. Así que, si quieres leer buenos libros, hazme caso.

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Claro que esto solo se lo puedo decir a mi tía Pili, que así se llama esta tía mía que recela de mis recomendaciones, y no parece un argumento muy decisivo para hablar de libros en un periódico serio. Pero al menos, hasta aquí, el lector ya podrá entender que, bromas aparte, soy de los que creo que existen dogmas en arte, como lo creía Igor Stravinsky, un genio que en su momento fue considerado un esnob y un provocador.

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Para un servidor el arte ha de ser antes auténtico que propagandístico. La propaganda se hace por una filiación ideológica; el arte se hace por una adhesión vital. El artista cree en el misterio de la belleza, que es el misterio de la vida. Ese es el gran prestigio de los artistas que pasaron a la historia: la credibilidad de su testimonio, lo que habitualmente llamamos “autenticidad”. Ese aura de nobleza con que rodeamos la figura del artista viene del prestigio que tiene en nosotros la veracidad de su testimonio. De ahí que el mero formato artístico ya nos produce un cierto respeto, antes de saber el contenido. De ahí el pudor a criticar aquello que se presenta como obra de arte.

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Entre las lecturas de este verano, dos novelas me incitan a dejar de lado el pudor y traer aquí este asunto de la influencia del arte en la vida. No trataré de demostrar cómo una determinada obra influye en nuestra rutina, sino de llamar la atención sobre lo que son corrientes dominantes, tendencias que se consideran normales. Mi tesis es que estamos en una época en que el arte de consumo habitual cae a menudo en lo propagandístico, pero en detrimento de lo verdaderamente artístico; que una determinada manera de ver el mundo influye en la vida diaria: y aunque pensemos que son los valores dominantes de una sociedad los que conforman lo artístico, es difícilmente excusable que lo artístico no ayude a cimentar determinados principios.

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Empezaré hablando de Tierra de campos, de David Trueba, editada en Anagrama. No vamos a ser tan políticamente correctos como para negar que el apellido Trueba se asocia con el mundo del cine español dominante, que de manera burlona es calificado de “progre”. Tierra de campos se distancia en buena medida de esa etiqueta. Comienza la obra con un retrato que el protagonista hace de su padre. Tan conmovedor resulta que el lector se preguntará si está leyendo una novela o un libro de memorias del propio David Trueba. La admiración hacia el hombre sacrificado por el bien de su familia, honrado, duro y amoroso, está hecha sin ambages, con luces y sombras, con una prosa excelente. El problema viene en cuanto la novela deja ese camino para construirse a sí misma a base de tópicos.

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Señalemos algunos aspectos que repruebo: forzar una historia marco. Un chófer de una funeraria lleva al protagonista a enterrar a su padre. El chófer habla mucho y añade poco. Una historia marco suele servir para justificar una reflexión, como en Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes. Pero en ese caso, el autor no lo aprovechó para engordar innecesariamente la novela.

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Otro aspecto que rechina es esa especie de entronización de la adolescencia. Da la sensación de que el análisis del mundo se reduce a esto: están los que nos impiden ser libres y los que no; opresores y oprimidos. Lo curioso es que a cada paso pareciera que Trueba quiere distanciarse de esta cosmovisión, con matices y claroscuros, pero esta manera maniquea de analizar la realidad acaba imponiéndose en un relato que comienza muy bien.

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Valga un ejemplo. El protagonista es un cantautor y recibe un homenaje en el pueblo de su padre, donde alguna vez veraneó. Todo el pasaje es irreal y casi insultante para lo que es cualquier pueblo de España. Las figuras del alcalde y su mujer rozan el figurón; el colectivo popular parece una comparsa de carnaval. En los pueblos hay muchos defectos, pero la hospitalidad sincera no suele faltar. Naturalmente esto es una novela y el pueblo puede ser como le dé la gana al autor, pero si vas a llevar la realidad a ese grado de deformación, has de justificarlo muy bien.

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Una especie de tributo a Almodóvar parece que no debe faltar en un relato actual: el protagonista descubre que tiene una madre biológica, una monja de la familia, que ocultó su embarazo… El problema de este tipo de tramas es que tienen más carga ideológica que otra cosa. Inventarse un culebrón así es tan fácil como peligroso. Ponerse en la piel de situaciones extremadas requiere un gran esfuerzo de credibilidad. Utilizarlas para atacar la doble moral de “aquellos tiempos” es algo que se repite hasta la saciedad en series de televisión, cine y teatro. Esos relatos imposibles suelen tener credibilidad cuando son narrados por quienes verdaderamente los experimentaron; como recurso, huelen a postizo.

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En la línea de la exaltación de la adolescencia se podría achacar al relato de Trueba un exceso de apatía y abulia en un protagonista que percibe el entorno como un cacareo de frases hechas y poca autenticidad. En general, no sabemos muy bien qué piensa de la vida ni se ve evolución alguna. En este punto de nuestra crítica me gustaría recordar Crimen y castigo, de Dostoievsky. En la novela de Dostoievsky, por otros motivos y en un grado muy extremo, el protagonista vive también una sensación de agotamiento, de mareo físico, de desconcierto, de no saber qué decir… La genialidad del ruso es que sin recurrir a ningún tipo de moralina, el autor deja clara un postura vital; Dostoievsky se empapa de la historia, la hace suya, la encarna. Uno se da cuenta de que no se puede estar al margen del crimen. Este oscuro y extraño relato es lo más lejano a la propaganda ideológica, pero su tesis es implacable: en la vida existe el bien y el mal y no podemos escaparnos.

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Los personajes siempre un poco adolescentes y aturdidos están muy de moda y el problema está en que el lector, normalmente, quiere llegar a alguna parte con eso. La novela es un viaje interior, porque eso es lo que queremos conocer: qué pasó con fulano y qué tal está. Subrayo “qué tal está”: cómo ha reaccionado, cómo lo ha vivido, qué va a hacer después. Leemos para llegar a alguna parte, queremos una sensación de que ha habido una postura moral. Sé que es peligroso decir esto, y lo último que quisiera defender aquí es un arte con prejuicios moralistas. Pero los artistas, creo, añoran esa gloria que da la autenticidad, y la autenticidad no se logra sin voluntad de sinceridad. En Tierra de campos, el protagonista a veces deja escapar un algo de autocrítica, pero en líneas generales ve su vida como quien ve pasar un tren. Porque al lado de frases tremendas, implacables (y muy bien escritas) no hay una intención a lo largo de la novela que cobre fuerza. El protagonista se prodiga en encuentros sexuales ocasionales: “En esos pisos desconocidos me asomaba a la verdadera catástrofe emocional de nuestra generación, a nuestra soledad sin remedio.” Quien tiene la clarividencia para ver eso, ¿no ha podido llegar a algo más?

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En esa pose adolescente incluyo el querer hacer bueno a un personaje a fuerza de pluma. En este caso se llega a lo empalagoso: el narrador quiere convencernos de lo mucho que quiere a “Gus”. Sus compañeros de colegio se reían de él, es bisexual y lo matan en una trama oscura de drogas y orgías en que no se investiga a fondo porque hay peces gordos… Demasiado previsible. Los grandes personajes de la literatura no se describen a fuerza de convencer al lector con reflexiones y descripciones fuera de la trama (ni con veladas alusiones de crítica social), sino haciendo creíbles a los personajes.

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Curiosa es también la postura hacia lo religioso: Dios no existe. El narrador (¿el autor?), que entre líneas -y en las mismas líneas- deja ver que su educación tradicional con los curas no fue un desastre, evita al menos el cura figurón: aquí aparece un cura joven y simpático, seamos justos. Pero fíjese el lector que su única mención a la fé es la siguiente:

Javier soltó una carcajada algo femenina, se tapó la boca con la mano en un gesto de timidez. No, para nada, me negó. Pero te voy a decir una cosa, si Dios no existe tampoco importa demasiado, ¿no?

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La conclusión que se deriva es que no puede haber alguien simpático que tenga fé de verdad. La fé sólo es algo utilitario, para sentirse mejor: es probable que todo sea un autoengaño, pero ¿qué más da? El protagonista, cuando acude con sus hijos a la iglesia, piensa: “qué increíblemente afortunada mi hija, que con seis o siete años aún no sabía lo que era un cristo crucificado, imagen recurrente en mi infancia.” ¿Es este el pensamiento del autor? Yo recuerdo a Trueba en Pamplona, ante un auditorio de jóvenes adolescentes animándonos a que leyéramos la Biblia porque, creyéramos o no, era un clásico muy interesante. Naturalmente, esto contradice la idea que el autor parece hacer suya a través del narrador.

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David Trueba maneja admirablemente su pluma en muchas de sus descripciones, pero en el proyecto general pesa el peaje que llamé “ideológico” y que, de manera un tanto literaria, llamo “exaltación de la adolescencia”.

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Lo curioso es que saltamos el charco y nos encontramos con la misma exaltación en Estados Unidos, en una obra que parece haber tenido éxito y laureles: El secreto, de Donna Tartt. Un grupo de estudiantes de griego decide hacer una bacanal y, no se sabe cómo, matan a un hombre. El resto es un despropósito sólo salvable porque una cierta ligereza en la narración tal vez anime al lector a aguantar y saber qué pasó y si el protagonista besa por fin a la chica guapa. Yo no hubiera aguantado si no me hubiera propuesto hacer un análisis de todo esto.

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Para empezar, es malvado proponer a un grupo de estudiantes de Humanidades como unos tipos sin escrúpulos, o que no se sabe muy bien si los tienen y que lo mismo saben tocar el piano que son unos fatuos rayanos en la gilipollez. ¿Tan mal está la juventud, que para cuatro aficionados al griego resulta que son unos idiotas redomados? Tipos que se supone leen filosofía: el hombre, el bien, el mal, la virtud, el sentido de la existencia… Nada de nada. En este caso, la mediocridad del relato es casi la misma desde el comienzo hasta el fin. No hay apenas un personaje del que se pueda decir que presente una fisionomía interna creíble y clara, una vida interior, una evolución de algo a algo. La tendencia a la verborrea llega a extremos memorables: el narrador, uno de los personajes, se convierte cuando le da la gana en narrador omnisciente y da detalles que no le importan a nadie. Fíjense:

Aquellos días, nuestra mayor preocupación era la autopsia que había pedido la familia de Bunny; nos quedamos perplejos cuando Henry, desde Connecticut, anunció que le estaban practicando una; para contárnoslo tuvo que escabullirse de casa de los Corcoran una tarde y llamar a Francis desde una cabina, bajo las ondeantes banderas y los toldos a rayas de un establecimiento de venta de coches de segunda mano, con el ruido de una autopista al fondo.

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El narrador, ya puesto, podría haberse metido en el establecimiento de venta de coches a ver si había alguna ganga.

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Las mismas tendencias arriba señaladas en Tartt se llevan hasta las casi 800 páginas. En honor a Trueba, aquí no hay concesión a la inteligencia: Tartt inventa los personajes sin ton ni son y cuando lleva más de 300 páginas hablando de Camilla, nos intenta seducir describiéndola como

una niña menuda y encantadora que se echaba en la cama y se ponía a comer chocolatinas, una niña cuyos cabellos olían a jacinto y cuyos pañuelos blancos ondeaban, joviales, agitados por la brisa; la niña más fascinante e inteligente del mundo.

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¿Era inteligente por la virtud de comer chocolatinas sin manchar las sábanas? ¿Le gustaba agitar clínex? No sé, se me ocurren todo tipo de estupideces menos pensar que la niña Camilla es inteligente, ni en esa escena ni en las 800 páginas en que sale.

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Pero qué me dicen de esta reflexión que se hace el narrador, un tipo que está en medio de todo y del que no sabemos qué piensa de nada, sin capacidad real de reacción (más que para escribir este tocho de setecientas y pico páginas), que colabora en el asesinato de un amigo, que parece que le parece mal y tarda días en “comprender que nunca volvería a ver a Bunny”. Vamos a ver, un tipo así, ¿tiene la voluntad y la sensibilidad de llegar a descripciones de meriendas y de objetos en los cajones como lo haría una Enid Blyton (y disculpe la gran creadora de “los cinco”)? No se pierdan esta sesuda reflexión, tras una lectura del protagonista de una autobiografía de un asesino que no tiene conciencia de haber hecho mal alguno:

Sin embargo, en cierto modo sé cómo se siente mi colega. No es que todo “se volviera negro”, ni nada parecido; solo que el hecho en sí está tan borroso a causa de algún efecto primitivo y paralizante que en aquel momento lo oscureció; el mismo efecto, me imagino que hace posible que una madre presa del pánico cruce a nado un río helado o se arroje a las llamas para salvar a su criatura (…) Hay cosas tan terribles que no las podemos entender inmediatamente.

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¿A dónde nos quiere llevar Tartt? Porque es evidente que el autor asume una cosmovisión, sea la del narrador, sea la de la dirección interna de la obra. Pocas novelas tan terribles como La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, pero no se puede decir que allí no haya humanidad. Pero ¿aquí? Aquí hay un memorable idiota que se quiere hacer el interesante con lo que no tiene ni pies ni cabeza, con lo aberrante, desde un punto de vista moral.

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Y vamos llegando al final de este artículo, que tal vez nos haya quedado demasiado largo. Como decía, el tema me parece interesante, porque a cada paso me encuentro con películas, obras de teatro y novelas que parecen jactarse de lo que Stravinsky llamaba “una vergonzosa familiaridad con lo incomprensible”. Es incomprensible que un siglo después de las provocadoras vanguardias, en el mundo occidental se esgrima con tanto éxito la provocación. Todos nuestros argumentos se podrían resumir en lo siguiente: el lector termina una novela como esta y se pregunta: “¿Y?”

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Javier Horno Gracia

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