La lengua y los libros

Javier Horno 31 mayo 2018
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Siempre que discuto con alguien sobre el estado actual de la educación, expongo, entre otros ejemplos, uno vivido en primera persona. En los tres primeros cursos de Filología Hispánica teníamos una materia optativa, a elegir entre francés, inglés, vascuence y griego. Inducido por un sentido práctico que poco tenía que ver con mis intereses filológicos escogí inglés.

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Los de mi generación tuvimos la mala suerte de que a mitad de etapa escolar nos cambiaran el estudio de la lengua francesa por la inglesa, de manera que nuestro nivel en la lengua británica era ciertamente bajo. No teníamos apenas hecho el oído a esa endiablada fonética anglosajona, que es la madre del cordero. La elección del inglés respondía, como decía, a un sentido práctico ya entonces muy extendido. Razón había y la hay, pero subrayo este extremo porque no fue la inquietud por leer a Shakespeare o a Whitman en su lengua original lo que me movió. Craso error de principiante mal aconsejado.

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Las clases de inglés se impartían enteramente en inglés, con lo que puedo afirmar que no entendí nada durante tres años. Los profesores, conscientes del bajo nivel de la clase, nos aprobaban a base de trabajos. El caso es que nunca suspendí la asignatura, infeliz suceso por el que no estaré jamás agradecido a aquellos bienintencionados profesores. Si me hubieran suspendido como deberían haberlo hecho -esa era su obligación: dar al alumno un informe real de lo que sabe-, hubiera tomado medidas y me hubiera puesto a estudiar.

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Qué hubiera sido de mi formación si el 50% de profesores que me dieron clase hubieran hecho eso. Un desastre. Por eso no agradeceremos nunca demasiado a quienes de verdad nos exigieron. Quiero traer aquí, como ejemplo de quien guardo grata memoria, a Don Vicente, el Chente, tras sus gafas oscuras, leyendo con voz cavernosa de fumador impenitente El monte de las ánimas de Bécquer a cuarenta y dos niños callados como tumbas… de emoción. Recuerdo sus dictados en séptimo de E.G.B.: cada tarde debías preparar un texto en casa y al día siguiente lo dictaba; sólo podías sacar un diez o un cero. Una falta y cerapio. Circunspecto y temible, uno de los últimos vestigios de la vieja escuela, no olvidaré un consejo que me dio el día que yo entraba a trabajar en el mismo colegio del que él se jubilaba: “Sé exigente, Javier -me dijo-, porque los alumnos se acuerdan del profesor que ha sido exigente”. Y hoy sigo pensando que su máxima sencilla es una verdad de oro.

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Hace dos o tres años hubo una polémica considerable, que reflejó la prensa, porque en un tribunal de selectividad se produjo un elevado número de suspensos. Este curso pasado, por motivos de horarios, he vuelto a impartir Lengua en bachillerato. Y sospecho que el nivel general debe de ser muy bajo, si me guío por la intuición y los datos de los que dispongo. El nivel es bajo, se ha extendido un paternalismo absurdo que iguala por abajo y no veo a nadie decidido a cortar este desorden de cosas. Se discutió mucho en el periódico la injusticia cometida por ese tribunal, pero, que yo sepa, nadie descendió a la letra pequeña, a los criterios de corrección.

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La Lengua y Literatura Castellana podría ser una asignatura de primer orden, en la que los alumnos se dedicaran a leer textos literarios complejos, a enriquecer su vocabulario y a entrenar la atención en pro de la comprensión lectora. Las faltas de la ortografía, de las que tanta gente habla con cierto toniquete, no es más que la punta del iceberg de un problema mucho mayor. Pero es que, agárrese del asiento, querido lector, en los criterios de corrección de selectividad la norma establecida en Navarra es que a un alumno se le podrá penalizar sólo hasta un punto por faltas de ortografía, uso de signos de puntuación y expresión escrita en general. Han oído bien: un punto sobre diez. Es decir, que ustez podria escrivir osea pues asi, komoen el lngje dlos movles y como mucho le podrían bajar un punto.

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Escribir con abreviaturas en el móvil no es un problema; el problema es no tener hábito de leer, que el profesor no penalice ni la ortografía ni las incorrecciones sintácticas, que admita caligrafías desesperantes y que no se guarden los márgenes ni un elemental sentido de la estética. La escritura amanuense implica un orden mental mucho mayor de lo que nuestra paleta confianza en las nuevas tecnologías nos hace creer. Yo he recibido más de una vez el agradecimiento de algún alumno que hoy, en la universidad, ha descubierto por fin la importancia de prestar toda la atención a la expresión escrita; más que nada, que aún hay facultades donde suspenden por dos o tres faltas graves de ortografía: no vino mal tener a un profesor un poco cabrón. El hecho de que en selectividad no haya un criterio severo respecto a la expresión escrita me parece dicho suavemente -y para compensar la palabrota- una barbaridad. Y desde el punto de vista de la excelencia académica es una tragedia. Si al menos fuese griega, pero no: es antiespañola, porque denota un descuido por la lengua que merecería ser estudiado tumbando a padres y profesores en un diván.

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La pobreza léxica de muchos de los alumnos que llegan al bachillerato es alarmante. Me tomé la molestia hace unos años de escribir una lista de palabras que me preguntaban algunos alumnos en clase (y no crean que sus preguntas causaban risa); la obra en concreto es Cómo escuchar la música de Aaron Copland: de ahí salieron vocablos como convicción, arraigada, austero, exasperado, faz, ahondar, insólito, inaudito, rebosante, tocante, trivial, tendencia, dramaturgo, alicaído, ramplón o adición. Y no las sabían en su contexto, ojo, que no puestas así en el vacío. Con lo cual, mi conclusión es que muchos alumnos que se sacan la E.S.O., de la lengua española saben sólo un vocabulario para andar por casa y salir de juerga, poco más.

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Desde hace años, siempre que puedo, opto por mandar comprar un libro (un libro de adultos), leerlo y en el examen hago preguntas sobre el libro con el libro delante. No hay mejor manera de saber si el alumno leyó y entendió lo leído. Y no hay mejor manera de aprender a leer y de enriquecer la expresión verbal. Les aseguro que los que hacemos eso somos unos bichos raros.

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Para leer, aunque parezca mentira, hace falta tiempo y libros. Incluso en la universidad, fui víctima del desprestigio de la lectura, con la reducción de las asignaturas anuales a un chorizo cuatrimestral: dígame usted que el reposo de una lectura es el mismo al cabo de todo un curso que al cabo de cuatro meses. En la escuela está generalizada y sacralizada la factura de trabajos que consisten en hacer cortas-pegas de internet, o trabajos en grupo en que uno lo hace todo y otros se aprovechan, y diversas actividades que evaden de la lectura atenta y reposada de un texto complejo, un texto con la coherencia de un autor que dedicó mucha experiencia y sabiduría para su escritura. Es decir, faltan libros de autor, de autoridad, y sobran propuestas pedagógicas de equipos docentes.

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Desde la tierna infancia, los alumnos deberían disponer de manuales de literatura con mucha literatura y pocas actividades tontas de esas de discute con tus compañeros, o di qué sabes sobre los caballeros andantes. El solo hecho de abogar por que los alumnos tengan un diccionario a mano es un quimera de profesores sonados, como el que aquí escribe. En la escuela han desaparecido los diccionarios. ¿Es el diccionario sustituible por un buscador digital? ¿Nos negaremos a ver en él algo más que un objeto demasiado voluminoso? El diccionario nos ofrece a la vista su monumentalidad callada de almacén, de museo donde se ha intentado dar muestra de la vastedad del mundo, ambición e ingenuidad humanas en cordial unión. No sólo lo cogemos: gracias a su encarnación de celulosa en él sopesamos continuamente nuestra distancia con la humanidad. Para nuestros alumnos no existe más que un móvil que te puede sacar de un apuro.

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Llevamos destruyendo el valor simbólico del libro de papel desde hace años. Las editoriales de libros escolares se han aprovechado ciertamente de la obligatoriedad de ciertos manuales, pero hay obras no especificamente escolares de precios muy asequibles que deberían ser imprescindibles para cualquier alumno de bachillerato. El hecho de comprar la Flor nueva de romances viejos, leerla, manosearla, releerla, anotar en los márgenes, hacer de un objeto una parte de tu historia académica, de tu vida, debería ser algo normal en cualquier centro escolar. Quien dice esta joya del romancero, dice las Metamorfosis de Ovidio o Platero y yo o las Leyendas de Bécquer. El libro es un objeto simbólico, porque cuesta un dinero, para empezar, y porque nos invita, con su materialidad, a hacer un compromiso: el libro se convierte en un ser al que se quiere. Heredar de golpe una biblioteca no tiene gracia. Hacerse uno su propia biblioteca tiene no sólo encanto; como dice Roberto Casati en El elogio del papel, la propia disposición de los libros en mi espacio vital es ayuda a la ordenación memorística; qué no diremos de la configuración de una página o del subrayado que dibujamos en ella. Disponer de un libro para abrirlo en cualquier momento, en el autobús o en ese rato tonto de antes de acostarse, es algo enormemente práctico. En fin, que está todo hecho una pena, qué quieren que les diga. Pero no perdamos la esperanza, y que vivan los libros amigos.

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Javier Horno.

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