Hojas de hierba, de Walt Whitman

Javier Horno 12 marzo 2018
Imagen de Hojas de hierba, de Walt Whitman

Me insta el director de este periódico a que le envíe una nueva recomendación literaria porque ya ha pasado un mes desde que se publicó la última. El tiempo vuela. La excusa universal es que otros asuntos más importantes nos tienen ocupados, y en esa tesitura me pregunto qué puede haber más placentero que hablar a los amigos lectores de un personaje como Walt Whitman. Aunque hoy nadie salga de pobre escribiendo.

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Para hablar de la poesía de Whitman no se necesita más etiqueta que la palabra “sincera”. Toda su obra invita a escuchar el corazón y los sonidos del mundo, los del campo y la ciudad. Para hacer esta recomendación he intentado escuchar en el silencio que sigue al cerrar las tapas del libro. Con el eco de sus versos claros y fluidos, rezumantes de murmullos torrenciales, iluminados por múltiples luces (las del barco en alta mar, las de la fábrica humeante, las del hogar humilde, las del palacio ideal), me imagino con la voz de Whitman y me pregunto si sería capaz de hacer una lista de las cosas que me gustan y de las que me indignan, y poner delante “Yo canto”. “Yo canto el alumno que me mira con odio porque ha suspendido; yo canto a la compañera feminista que me quemaría en la hoguera; yo canto al funcionario de la política sin valores ni sueños, yo canto a mi sobrino que balbucea y descubre; yo canto a mis padres que envejecen y que crecen en espíritu y verdad.” No sé si soy capaz de cantar todas esas cosas. Whitman nos hace examen de conciencia.

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La poesía es el hombre. La del apasionado useño se escucha con sus inflexiones de voz, la voz que salió para la posteridad de entre la espesa barba con que le retrataron los daguerrotipos. Whitman escribió un solo libro de poesía, Hojas de hierba, que crecía como la imagen de su título: aquella grama se fue haciendo más mullida y extensa, hasta alcanzar la grandiosidad de las vastas praderas recién descubiertas. La patria, el contrato social (Estados Unidos y la Democracia) se identifican con el esplendor del mundo. Las fronteras no están reñidas con la solidaridad del Hombre. Whitman bien vale comentarse sólo por lo que tiene de integrador: sus cantos a la vida militar tienen la dignidad de estar encarnados en la historia. Nos puede parecer deplorable el poema en que elogia la Revolución francesa (y lo es), pero ha de entenderse en su contexto: Whitman no esconde sus limitaciones. En su concierto de plétora vital, algunas concreciones de sus lecturas históricas no son más que una anécdota, escritas cuando aún no había suficiente perspectiva, y por quien, hay que aceptarlo así, se fía ante todo de la resonancia de la intuición.

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La poesía de Whitman está hecha a fuerza de desbrozar caminos para adentrarse en la naturaleza, sobrevolar las cumbres, ahogarse en las tempestades, cubrirse de nieve, escuchar la lluvia; Whitman recorre las calles de la ciudad, para entra en los más lujosos salones, escucha las mejores óperas, y lo mismo canta con el bardo mendicante, abraza fraternalmente a la prostituta y deja que los niños se acerquen. La religiosidad de Whitman es ecuménica y se desnuda de ritos. Whitman es trascendente. Whitman mantiene la esperanza como hoguera bajo el cielo estrellado. Sus últimos poemas, despidiéndose de la vida, son inigualables.

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Aconsejo vivamente leer sus prefacios, especialmente el de la edición de 1888 (el tercero en la edición de su poesía completa): “he estado más deseoso de sugerir los cantos del esfuerzo vital y de la evolución viril, y de contribuir con algo a las carreras de los atletas, que de hacer versos perfectos o de reinar en los salones”. Puede ocurrirle al lector que, a medida que avanza en la obra de Whitman, lo que al principio sonaba a frescura y espontaneidad empiece a parecer reiteración de técnica: listas a veces interminables de seres, objetos y emociones. Ese es su encanto: Whitman era así, ferviente y resonante, y su autenticidad acaba imponiéndose. y consciente de que no había venido a ser perfecto, sino a vivir comprometido con el Hombre. Naturalmente, Whitman nombra muchas veces específicamente a hombres y mujeres, y a niños (y ancianos y jóvenes, y obreros, artistas, militares…) pero no hace ningún discurso ñoño de igualdad.

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No soy un especialista en la vida de Whitman, pero sé que en su momento hubo una reacción puritana ante alguno de sus poemas, que ahora (por supuesto) nos parecería cuasi incomprensible. Ahora, que se ha puesto de moda hablar de ideología de género, hay que decir que Whitman es viril, profundamente viril, aunque su ternura trascienda la sexualidad: “No voy a discutir sobre la cuestión (lo sexual) en sí misma, pues ella no puede sostenerse por sí misma. Su vitalidad consiste enteramente en sus relaciones, consecuencias, significación, como la totalidad en una sinfonía.” ¿Qué queremos decir con viril? Recuerdo aquí el segundo capítulo de la serie Doctor en Alaska (Northern Exposure), en que el inolvidable Maurice saca a puñetazos a Chris de la mañana de su estudio de radio por haber aludido a la vida sexual de Whitman. Algún día escribiremos algo sobre esa serie magnífica, atravesada de lecturas, pero bástenos aquí para reafirmarnos en que hoy lo sexual está sacado de tiesto.

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Hay en el bardo useño una cierta obsesión por los Estados Unidos y por la democracia. A mi entender no me parece lo más importante, pero entiendo que al poeta se lo pareciera. El cantor hace su particular síntesis entre lo viejo y lo nuevo, la patria y el mundo, la ley de la tradición y la autenticidad individual e irrepetible. Esa tensión en que vive, busca y se expresa es muy hermosa. Por supuesto, Whitman es antes romántico que poeta social o político, pero es evidente que su siglo era nuevo en la historia, con los Estados Unidos (hermoso es su discurso sobre la guerra, en la que trabajó tanto tiempo de enfermero, del que aquí en España alguien podría aprender algo). Whitman siente que su patria está recién creada y cargada de futuro y esperanza. Whitman cree en un mundo mejor, pero no mira a otro lado en los conflictos.

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Llegados a este punto, es interesante mencionar algo sobre la tradición literaria de Whitman. El escritor puede parecer un tanto rouseauniano, pero detrás de su espontaneidad hay un mundo sólido de lectura. Eso sí, su relación con la tradición es peculiar: Whitman (él mismo lo confiesa) lee las grandes obras en medio de la naturaleza. Las siente superadas y a la vez indispensables: “yo celebro francamente “el gran orgullo del hombre en sí mismo”, y dejo que este sea más o menos el motivo de casi todos mis versos (…) que no es incompatible con la obediencia, humildad, deferencia y autoexamen”.

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El mismo poeta advierte que su poesía no pretende ser perfecta en estilo cuanto abrir una brecha de reflexión, de inquietud en el lector. A mí, como amante de la poesía, me la ha suscitado, desde luego. Por eso no quiero terminar sin citar esta reflexión, que a los amigos de Navarra Confidencial, tan prestos a la crítica social sé que les gustará: “Gratas como son las doctrinas de la igualdad, de la fraternidad y de la educación popular, las acompaña a todas, sin embargo, como vemos, un cierto riesgo. Parece como si la ciencia moderna y la democracia estuviesen poniendo en peligro, y tal vez eliminando, a ese algo primordial e interior que hay en el hombre, en los abismos de su espíritu, que da color a todas las cosas y le confiere con fruición excepcional, su majestad suprema. (…)

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Hace tres semanas me despedí del bardo useño tras un largo viaje en el denso tomo de su poesía completa, editado en la Colección Visor de Poesía, a cargo de Francisco Alexander. Sé que volveré a él, en esos momentos en que mi tozudez me aboque a buscar una ventana de aire fresco.

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Javier Horno

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Comentarios (1)
  1. Indarra says:

    Oh, el bueno de Walt

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