Falso testimonio (Denuncia de siglos de historia anticatólica), de Rodney Stark

Javier Horno 13 junio 2019
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Falso testimonio

(Denuncia de siglos de historia anticatólica),

de Rodney Stark1

Acometo con ganas esta recomendación literaria volviendo a la Historia, que siempre nos aporta, además de conocimiento objetivo, un disfrute literario, en cuanto la personalidad del historiador, su distancia o su pasión, comportan una creación estética. En este caso, el autor es un sociólogo especialista en temas religiosos, actualmente asociado con la Universidad de Baylor y codirector del Instituto para Estudios de la Religión, cuyo claustro, formado por profesores de diferentes creencias religiosas, aparece así como un lugar ecuménico. El autor se reconoce educado como protestante y no es -así lo afirma en el epílogo- católico. Por eso mismo, su obra merece, desde esta premisa, una prevención menos: no parece que tengamos delante el veredicto de un apologista.

Sal Terrae es una editorial de los jesuitas si no me equivoco; este volumen lo prologa un jesuita, el historiador Fernando García de Cortazar. Sabemos que los jesuitas han provocado más de una polémica y en estos días no vamos a negar que el papa actual, el papa Francisco, primer papa jesuita de la historia, no es ajeno a la polémica. Para más de un lector la órbita jesuítica se relacionará con una cierta dosis de progresía; que lo mismo atrae que produce desconfianza. Tengamos cuidado con los prejuicios. Porque, dicho con pincelada gruesa, esta editorial está sacando algunos títulos muy poco “progres” y sumamente interesantes. Aquí ya hablamos entusiasmados de la Historia de los papas de John W. O’Malley, S.J., de quien conocemos también su Historia del Concilio de Trento, apasionante como la mejor novela; obras que demuestran una cara de la Iglesia poco conocida y que destierran muchos tópicos.

Falso testimonio se explica perfectamente desde el subtítulo y la introducción del mismo autor, en que recuerda como de joven, educado por protestantes, se enteró de la gran mentira que aún se repite en algunos manuales del siglo XXI: que la Iglesia no aprobaba el plan de Colón porque pensaba que la tierra era plana, y Colón les quería demostrar que era redonda. En realidad, explica Stark, Colón creía que la tierra era redonda pero mucho más pequeña, por lo que jugaba con la hipótesis de que dando la vuelta por el otro lado llegaría a las Indias por mar; y los científicos de la Iglesia, que también sabían de la redondez de la Tierra, le advertían que se moriría de sed, porque el tamaño del globo era mucho mayor de lo que Colón pensaba (y tenían razón). Lo que todos ignoraban era que a mitad de camino Colón se encontraría con un continente hasta entonces desconocido.

Ha habido, como todos ya sabemos, una leyenda negra vertida sobre España y la Iglesia en general hasta límites insospechados, fruto de una propaganda más o menos deliberada, pero que, en todo caso, por ignorancia o mala leche, ha tenido poderosos aliados. El cine ha sido, probablemente, el mayor difusor. Recuerdo una película especialmente repugnante, en que Javier Bardem hacía de inquisidor del siglo XVIII. El inquisidor violaba a la rea, la bellísima Nataly Portman, que salía de la cárcel a los años como un espectro viviente. ¿Ha habido alguna protesta oficial por parte de la Iglesia acerca del falseamiento de su historia? Lo desconozco; pero me temo que la postura general ha sido la de permanecer al margen para no dar pábulo a la propaganda anticatólica. ¿Esta es la postura acertada? El debate nos llevaría -¡una vez más!- a las aulas, para cuestionarnos qué es lo que se aprende en las clases de religión: frente a la manipulación nada mejor que la formación. ¿No sería posible hacer un currículo con profesionales serios (como parece los hay en Baylor) que confeccionasen un manual de Historia del Cristianismo que, desde un punto de vista ecuménico y contrastado con investigadores agnósticos o ateos dispuestos a mantener un diálogo razonable con los creyentes, aportara criterios históricos a los jóvenes?

En este libro, poderosamente argumentado con un despliegue bibliográfico notable entre los que destaca a los autores principales (cuyas trayectorias vitales y académicas resume, lo que lo hace más atractivo), nos enteramos de cómo se ha confeccionado, por ejemplo, esa gran mentira que como vieja pintura disfraza la realidad de la inquisición española. Sin restar, por supuesto, los aspectos que son criticables desde nuestro punto de vista de humanistas del siglo XXI, pero centrando los acontecimientos en su época: no había entonces un tribunal más preocupado por que los juicios fueran justos. Las cárceles de la Inquisición eran incluso apetecidas por algunos reos, que sabían lo que era una cárcel civil. El caso de la brujería es llamativo: recuerdo que en una entrevista, la escritora Toti Martínez de Lezea abundaba sobre la cantidad de brujas vascas que fueron a la hoguera. La caza de brujas (abultada con cifras desmesuradas en toda Europa, aunque no por ello menos dramática) fue precisamente en España una excepción. En general, la Inquisición no hizo caso de la brujería: o las consideraba locas o consideraba que no eran conscientes de haber invocado a los demonios (es decir, se consideraba que la mayoría practicaba la brujería con buena voluntad); tanto es así, que tenemos historias realmente curiosas que valdrían más de una película, en que la Inquisición se interpone entre las superstición popular o el poder civil y las brujas, a las que defiende.

No voy a resumir todo lo que este magnífico libro enseña, cuya lectura es amena, recomendable y que atrapa: le durará poco en las manos este tomo de 258 páginas; no exagero diciendo que es de esos libros que no se quieren dejar aunque haya que ir a comer. ¿Fue Galileo injustamente condenado? Sí, en líneas generales, y si nos atenemos a la idea de ciencia que impera ahora; pero lean los detalles porque la letra pequeña de la Historia es más importante de lo que creemos: piensen que Galileo, de ser todo tal como lo cuenta Bertold Brecht en su magnífica obra de teatro (porque una cosa no quita la otra) podría haber acabado mandando al cuerno a la Iglesia oficial en su fuero interno y no lo hizo.

Frente al mito de que el protestantismo crea el capitalismo, Stark nos enseña que el capitalismo nace en los monasterios medievales, así como destierra el injusto membrete de oscurantista que pesa aún hoy en algunos intelectuales cuando piensan en el medievo cristiano. Nuestro punto de vista, propio de una sociedad acomodada que no sabe qué es pasar hambre, cultivar tus propios alimentos y desconocer la calefacción, no valora el simple hecho de tener ganas por estudiar: ¿por qué merece la pena investigar aquello que no se puede saber a simple vista? Porque se pensaba que si el mundo era obra de Dios, tenía sentido, había una verdad que descubrir. Ya en el siglo II decía Quinto Tertuliano (155-239): “La razón es cosa de Dios, ya que no hay nada que Dios, Hacedor de todo, no haya provisto, dispuesto y ordenado por medio de la razón”2. La simple idea del optimismo que nace de una visión cristiana de la vida, que florece en medio del caos que vive Europa tras la caída del Imperio Romano de Occidente, no es tenida en cuenta por muchos intelectuales de las últimas décadas. Leía esta misma idea de que la ciencia necesita de un optimismo vital en Bertrand Russell: refiriéndose a los presocráticos, dice de ellos que “hicieron un esfuerzo desinteresado para entender el mundo. Lo creyeron más fácil de comprender de lo que es, pero sin este optimismo no hubieran tenido el valor de empezar siquiera”3. Nos ponemos muy estupendos hoy pensando que el ser humano por ser humano ya ha de ser científico; en la Edad Media hubo ese optimismo de que un mundo creado por Dios tenía una Verdad en la que se confiaba. Advertimos, por cierto, que en la obra de Russell también encontramos lugar para el tópico del nocturno medievo; refiriéndose a la academia de Atenas, escribe en la misma obra citada: “Por fin, en 529 d.C., fue cerrada por Justiniano, por el fanatismo religioso de este emperador, y la Edad Oscura se extendió sobre Europa” (op. cit., pág. 116).

¿Es posible la Europa de las catedrales si hubiera sido esa época “oscura”? Incide Stark en algo que como músico me ha instado a profundizar: la revolución musical que se da en Europa en el siglo XII, al practicar la polifonía de manera sistemática y elaborada, ya no sólo fue gracias a la práctica musical en la Iglesia, sino a un concepto de las actividades intelectuales muy elevado, heredado del mundo antiguo, que ésta recreó. Y aquí añado yo: desde fuera, es difícil calibrar qué significa simplemente la concepción estética del canto gregoriano. Por un lado, el efecto de empaste de voces que se requiere para que se escuche en su prístina concepción (o el refinamiento del concepto estético impelido por una práctica vocal concienzuda) no se habrían dado si no se hubiera impuesto un optimismo vital, que añora la realización estética, la eclosión de la belleza. Y esto no es palabrería: piense el aficionado al teatro o al canto coral de qué va a estar ensayando a deshoras, después de trabajar en la oficina, sacrificando tiempo libre si no se sintiera recompensado por la luz de le experiencia estética. Pero hablábamos de cantar gregoriano, a una sola voz: intente el lector cantar con un amigo una misma melodía a dos voces, a distancia de quintas; pregunte el lector a algún músico que tenga a mano qué es eso; reconozco que se lo estoy poniendo difícil al lector para seguirme por aquí… Pero en fin, si usted logra experimentar esta ejecución musical, se dará cuenta de que no es más fácil que esculpir un bloque de piedra. En el siglo XII esa práctica polifónica rudimentaria se desarrolló de manera espectacular, y esa ha sido la base del legado musical de Occidente, uno de los mayores tesoros de Europa, importado al mundo entero.

Con Stark uno se pasea por los ríos europeos para ver, simplemente, cómo los molinos de agua sustituyen a la mano de obra esclava de la antigüedad, algo en lo que ni pensaríamos, con las imágenes de Excalibur o El nombre de la rosa en la cabeza. De la misma manera, la imagen otra vez de la Inquisición en esta última, como el debate sobre el alma de los indios en La Misión, películas de facturas soberbias en otros aspectos, son absolutamente falsos. Yo recuerdo la emoción que suscitó La Misión en mi colegio, transidos de la sublime banda sonora de Ennio Morricone, pero ningún profesor de entre los jesuitas que nos daban clase nos advirtió de que lo que se discute allí sobre los indios estaba más que superado en el siglo XVIII. Ya en nuestra época la educación en ciencia religiosa dejaba mucho que desear.

Rodney Stark mezcla el tono de divulgación con un acopio de datos que acercan esta obra al estudioso. Copiosa es la bibliografía consultada para demostrar, por ejemplo, que los cruzados no tenían motivaciones económicas mayormente, sino religiosas, aunque nos parezcan bárbaras, (de paso no está mal recordar que los musulmanes no se andaban con chiquitas en aquellas épocas). Y más asuntos sobre los que aún gravita la calumnia: el nombre del Papa Pío XII ha sido defendido por eminentes judíos, como el teólogo Pinchas Lapide, por su responsabilidad en la salvación de unos 700.000 judíos; aspecto, por cierto que el hipercrítico teólogo suizo Hans Küng también recoge de Pío XII en su obra Siete papas4, a pesar de echarle en cara una cierta veladura en sus críticas al nazismo. No está mal leer también a O’Malley para saber que esa veladura o prudencia tenía una justificación (no provocar represalias mayores), pero nunca, desde luego, odio a los judíos. Recuerdo en Pamplona un montaje teatral cochambroso (debía de ser un fin de curso de la Escuela Navarra de Teatro) con un papa con esvástica, como recuerdo así, a vuela pluma, una obra de teatro en la Casa de Cultura de Zizur Mayor (sin nombre de autor, supongo que para no pagar derechos) en que la Inquisición ajusticiaba a un indio americano, a pesar de que en América nunca hubo inquisición.

El falseamiento de la historia cristiana y, especialmente, católica, es suficientemente grueso como para plantearse unas cuántas preguntas; una de las últimas es qué hacer hoy. En todo caso, como profesor de secundaria, hace tiempo me ronda esta inquietud de una formación religiosa llamémosla ecuménica, como decía arriba, que el libro de nuestro ya amigo Rodney me acucia a promover de alguna manera. También decía arriba que el historiador, como el teólogo y pensador, nos transmite no sólo un acopio de datos históricos, sino una forma de ver la vida. Porque tomar la decisión de responder al “siglo”, como se decía en castellano hasta hace no mucho, es decir, salir a la tribuna, no es moco de pavo y ahí uno se retrata más de lo que pueda parecer. Simpático este doctor en sociología, Rodney Stark. Me alegraría si en España fuera un éxito de ventas, porque lo merece.

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Javier Horno

1STARK, Rodney: Falso testimonio, Ediciones Sal Terrae, Maliaño (Cantabria), 2018.

2Op. cit., pág, 108.

3 RUSSELL, Bertrand: Historia de la Filosofía occidental, tomo I, Austral, Barcelona, 2013, pág. 129.

4KÜNG, Hans: Siete papas, Editorial Trotta, 2018.

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