El elixir del amor

Javier Horno 26 septiembre 2018
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El sábado pasado asistí a la puesta en escena de la ópera L’elisir d’amore en el Auditorio del Baluarte, organizada por la Fundación Baluarte, en colaboración con la Asociación Gayarre Amigos de la Ópera. Y al hilo de la velada y de los comentarios que escuché, se me ha ocurrido traer a esta sección de Libros amigos algunas consideraciones.

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En primer lugar, que uno no se acostumbra a disentir, y tal vez en el terreno de la estética la disensión es más incómoda. Me repito a mí mismo cada día que las expectativas de cada persona del público son muy diferentes. Pero un respeto sagrado a la democracia no me parece genuinamente artístico. La estética mueve, seguramente la mayor de las veces de manera inconsciente, deseos muy profundos, empatías íntimas; pero la verbalización de nuestra experiencia, el paso que damos de manifestar una postura ante lo que es, primeramente, una experiencia creativa, no pocas veces está mediatizada por resabios ideológicos, por prejuicios, por modas o lo que cada uno quiera añadir. Quiero decir, en fin, que en cuestiones de calidad estética vale la pena discutir: describir con sinceridad de qué estamos hablando.

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Las óperas tienen, como todo el mundo sabe, un libreto, un texto literario. De grandes o simplemente buenas obras han salido grandes óperas. De mucha gente es conocido que La dama de las camelias de Dumas acabó en La Traviata (a mi entender, la mejor ópera de la historia), de nuestro admirado Verdi; menos gente sabe, sin embargo, que una de las mejores tragedias jamás escrita, que creo es Othello de Shakespeare, se convirtió en ópera de manos del mismo Verdi, con libreto de Arrigo Boito. Y la obra es impresionante. Claro que Verdi se hace sombra a sí mismo, porque lo que dejó en La Traviata no tiene parangón.

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Hay libretos malísimos que han dado grandes obras, como puede ser Il Trovatore del mismo Verdi. El rapto del serrallo es una ópera de Mozart cuyo libreto no tendría mayor interés sin la música del genio; y no creo que La flauta mágica ande muy lejos de ser el mismo caso. Hasta aquí no digo nada que no se haya dicho ya; sólo quisiera recalcar que, obviamente, el acartonamiento de muchos libretos se sublima gracias a músicas que han traspasado la barrera del tiempo. El problema está en que los escenógrafos se dedican, habitualmente, a inquirir sobre el sentido de la obra para traerlo a nuestros días, como si necesariamente hubiera algo del argumento aún por descubrir, algo que tiene hoy una lectura distinta a la de la época en que se escribió. La consecuencia es que, como ha ocurrido tantas veces en el teatro, escenógrafos y directores de escena se empeñan en darnos su versión, en firmarla, en ser protagonistas de algo para lo que no fueron llamados en origen, porque la obra… ya estaba escrita. Malo o bueno, libretista y compositor hicieron su trabajo. Así nos encontramos en casi cualquier versión operística o teatral a actores uniformados como soldados de la Gestapo, cuando no con monos de trabajo o guayumbos caribeños; historias medievales situadas en los años cuarenta o a la España del siglo XVI de Lope en los locos años veinte. Y no nos alargaremos con lo que muchos de los lectores ya estarán familiarizados: las “provocaciones” de Calixto Bieito, que te planta en un dúo de amor verdiano una escena de sexo violenta, o, en lugar de dejar que la Traviata muera, le hace las maletas y la saca de escena riendo, son internacionales; en provincias, las provocaciones suelen ser más discretas, pero igual de repetitivas.

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Ya ahora descendamos a la ópera que pudimos ver. L’elisir es un título muy popular en la historia de la ópera, y la verdad es que me sorprende que lo sea tanto. En Pamplona se ha representado ya más de una vez en pocos años. Su famosa aria de la “furtiva lágrima”, en realidad no fue escrita para esta ópera, aunque eso da igual; lo que es evidente es que no guarda relación ni nivel de calidad con el resto de la ópera, que es en lo relativo a la música, una obra más bien superficial y de poca inspiración. Tiene una fluidez técnica innegable, propia de un compositor que tiene páginas de primer nivel (que, creo, están en su ópera Don Pasquale), pero la obra fue compuesta a toda prisa con un libreto malo no, peor, y podría comparársele a zarzuelas de segunda fila que aquí tienen el inconveniente de ser españolas y no italianas. Literariamente la ingenuidad de la historia no es el problema, sino la escasa altura del desarrollo, la falta de ingenio en lo que se puede esperar de una obra cómica. En fin, ya quisiéramos nosotros haber escrito tanta música como Donizetti (unas 70 óperas, unas 100 canciones, sinfonías, oratorios, cantatas, música de cámara y eclesiástica); pero uno no deja de advertir que las modas se imponen en muchas esferas. Donald J. Grout y Claude V.Palisca, de quien sacamos los datos sobre su producción, dicen en su Historia de la música occidental que “En general, sus óperas cómicas soportan mejor que las serias el paso del tiempo”; si la traducción no ha variado el sentido, creo que la intención de la frase es poco diplomática.

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Lo cierto es que aunque es innegable que la representación se aplaudió con entusiasmo, que Sabina Puértolas gastó una dosis de energía sobre el escenario admirable, o que uno pasa por ser demasiado exigente, yo creo que la obra no emocionó demasiado. El final es brillante, eso sí, y recupera uno de los pocos temas bufos atractivos -a lo mozartiano- que tiene la obra, y los fortísimos finales se aplauden siempre. Pero uno percibe cabalmente cuándo el arte musical y teatral (aquí unidos) toca la fibra sensible.

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La puesta en escena pagó ese peaje habitual de las originalidades. No entraremos en muchos detalles: recrear un mundo de liliputienses podría tener sentido, pero no creo que añada nada. El problema está en la sobreactuación y amontonamiento de sucesos que pretenden hacer gracioso algo que no lo es. Dos niños que juegan, se persiguen y corren, aparecían continuamente en la escena sin venir a cuento. Yo creo que los cantantes están curados de espanto, y admiten (supongo que no les queda más remedio) niños corriendo en pleno dúo virtuosístico, con el ruido que hacen y la distracción visual que supone. Metáfora de los tiempos.

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Por ir terminando nuestras consideraciones, recordemos que muchas veces la zarzuela es comparada con la ópera, con un desconocimiento evidente (digamos también que no hay un plan nacional para promocionar uno de los mayores logros culturales que se dio en España entre los siglos XIX y XX). Hay zarzuelas largas y zarzuelas breves de altísima calidad musical. Hay óperas bufas y óperas cómicas breves tan malas o peores que malas zarzuelas. En cuestiones de calidad es absurdo comparar géneros, más aún teniendo en cuenta que, de hacer una competición, la zarzuela lucharía con un género gigantesco: un género europeo. Pero en este caso, L’elisir d’amore no supera, como decíamos arriba, a algunas zarzuelas de segunda fila que tienen tal o cual pasaje feliz. Lo que parece evidente es que en España, y por ende, en Navarra también, la ópera continúa teniendo una pátina especial por el mero hecho de ser un producto “extranjero”. Eso sí, ha de buscarse la calidad en cualquier género que se quiera promocionar. Hace años se puso en escena El asombro de Damasco, una zarzuela que no vale tres cuartos, por el único hecho de que contiene la marcha que se toca en la procesión de la Octava de San Fermín.

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Y si quieren que concretemos más, alguna vez, creo, he escrito que seguimos sin ver Doña Francisquita, de Amadeo Vives, en Pamplona, la que es a mi entender, la mejor zarzuela de la historia, a pesar de tener un título desastroso para la publicidad moderna. Por cierto, con libreto excelente, basado en una comedia de Lope de Vega. Esta es otra metáfora de los tiempos, me temo.

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Javier Horno Gracia

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