De profundis, de Oscar Wilde

Javier Horno 4 diciembre 2018
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Termino de leer conmovido las que fueron las últimas obras de Oscar Wilde, escritas tras una experiencia fundamental en su vida, que fue la pena de dos años de cárcel en la prisión de Reading. Como prólogo a esta recomendación, empezaré diciendo que, una vez más, he descubierto la relevancia de la letra pequeña de la Historia. En contra de lo que mucha gente seguramente piensa (yo así lo pensaba), Oscar Wilde no fue llevado ante los tribunales por algo que de repente alguien descubriera. En la sociedad victoriana todo se sabía. Fue Lord Alfred Douglas (amante de Wilde), quien le convenció para que se querellara contra su padre (el de Douglas, el marqués de Queensberry), por difamación. La historia no habría tenido ese desenlace si Wilde hubiera hecho caso a las amistades que con sentido común le instaron a que no fuera a juicio. Wilde hizo caso a Douglas y los hechos se desencadenaron: el marqués de Queensberry se defendió y atacó, y Wilde fue juzgado y sentenciado a dos años de cárcel por lo que en la época victoriana se denominaba gross indecency. De profundis, una larga carta que dirige Wilde a Douglas, no entra en muchos detalles sobre la sucesión histórica de acontecimientos, pero deja claro que Wilde se arrepintió de haber hecho caso al joven aristócrata.

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Dicho esto, la realidad artística de la carta está por encima de las estribaciones históricas. Hace ya un tiempo, escribí una recomendación sobre los cuentos de Wilde El príncipe feliz y El gigante egoísta. Desde entonces me he acercado progresivamente a la obra literaria de este genio irlandés que a pesar de su fama no está, creo, suficientemente valorado. La agudeza, penetración y profundidad de Wilde son impresionantes. Wilde es un escritor peculiar en muchos sentidos. No fue un creador muy prolífico. Su famosa novela, El retrato de Dorian Grey, no es una narración de primera magnitud, que esté a la altura de las grandes novelas del XIX, aunque tenga una brillantez psicológica admirable y merezca hablarse de ella aparte. La importancia de llamarse Ernesto es una obra de teatro que ha envejecido, o, simplemente, que nunca estuvo a la altura de El abanico de Lady Windermere, una de las comedias más hilarantes que he leído jamás. Quiero decir: hay cierta desigualdad, chocante porque cuando Wilde escribe un relato como El príncipe feliz es sublime. Ocurre además que el escritor era un mago de la ironía y las sentencias; pero sacarlas de contexto desgastan al autor, son brillantes, sí, pero pierden ese efecto hondo que sólo se produce en un contexto. Se ha citado mucho a Wilde, pero no sé si se le conoce tanto.

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Una obra lleva a otra. Esta condición de obras póstumas de De profundis y la Balada de la cárcel de Reading, y los elogios que han recibido, me acercaron a la edición de Alianza Editorial, con la excelente traducción de Arturo Agüero Herranz que además hace una introducción elocuente y precisa, y anota el texto a la perfección. Lástima que las notas se agrupen todas al final del tomo, porque son dignas de leer, y andar pasando hojas continuamente es molesto.

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Empecemos por De profundis. Una de las impresiones que más me han llamado la atención es el puritanismo de Wilde, aunque esta calificación pueda parecer paradójica. En la sociedad Victoriana había cosas que no sólo no se mentaban en público: no existían en público. Naturalmente, a nosotros, esta manera de enfocar la moral nos parece caduca e hipócrita. Pero a través de la prosa de Wilde, admiro un pudor que obliga a replantearme la manera de abordar lo referente a la sexualidad y la manera de hablar de los personajes que ya fallecieron. Hay en nuestra época una especie de regodeo por perder públicamente el pudor. Cuando se lee a Wilde, con toda su crudeza de fondo, el pudor y la elegancia se perciben como una misma cosa.

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Otro aspecto que me subyuga es que Wilde no hace un análisis sincrónico de la realidad, es decir, aislada de las fuerzas y tensiones de su existencia específica:

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Ser enteramente libre y al mismo tiempo estar sujeto por entero a la ley es la eterna paradoja -que cumplimos en todo momento- de la vida humana; y tal es, pienso muchas veces, la única explicación de tu naturaleza [la de Douglas], si en verdad para los profundos y terribles misterios del alma humana hay explicación alguna, excepto aquella que convierte el misterio en más maravilloso aún. (pp. 53 y 54).

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He querido copiar esta cita porque su sentido recorre todo el libro. Wilde no quiere ser un moralista, pero su arrepentimiento no puede parecer más sincero; Wilde no se presenta como adscrito a ninguna religión, pero parece un recién enamorado de Jesucristo; Wilde defiende la autenticidad de su vida y a la vez se desnuda en toda su miseria. La carta de Wilde puede parecer impúdica, desde el momento en que no le era muy difícil saber que acabaría siendo publicada, y a la vez es un ejercicio tan noble que no se puede dejar de leer. Wilde puede parecer un impertinente, sobrado de orgullo y, a la vez, es un perfecto contrito. Wilde demuestra en su carta que no necesitaba de una compañía de un joven que, ciertamente, no parece una compañía que estuviera a su altura, pero Wilde no termina de olvidarle. Como bien apunta Agüero Herranz: “En última instancia, también es una carta de amor”.

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Como decía, la traducción de Herranz me parece soberbia. Las traducciones son un gran tesoro que tenemos en la cultura hispana que tampoco valoramos en toda su importancia. La Balada de la cárcel de Reading, un largo poema, se lee en el castellano del traductor Herranz sin respirar. El trasfondo histórico tiene hoy una vigencia tremenda: en la cárcel, Wilde conoció a un soldado que fue sentenciado a la horca por degollar a su esposa. El problema del mal y de la justicia equitativa se plantean desde la primera línea. Incluso uno puede pensar hasta qué punto Wilde no toma partido por el ajusticiado, a quien dedica el poema, pero este análisis se diluye ante algo más incontestable que hace Wilde, que es la expresión de la piedad por el Hombre en su realidad única, que es la inigualable e intransferible condición de cada hombre. Tal vez es ese el don de nuestro escritor, esa universalidad que lo hace clásico. Todos necesitamos ser escuchados en nuestra intimidad; pocos lo expresaron con tanta veracidad como Oscar Wilde.

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Javier Horno

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