Cinco horas con Mario,dos con Lola Herrera

Javier Horno 23 abril 2019
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Últimamente me ronda el dicho de que lo mejor es enemigo de lo bueno. Si en algún escritor pensé cuando comencé a escribir recomendaciones literarias, ése era Miguel Delibes. Ocurre a menudo que precisamente cuando queremos poner más empeño y entusiasmo en hacer algo, ningún momento es bueno para arrancarse por parecernos que esa hora anónima de taller caligráfico será demasiado trivial para tan magna obra. Y la obra nunca llega. A veces, pues, es bueno recetarse una dosis de trivialidad o de anonimato. Empecemos de cualquier forma.

La obra que nos ocupa, como bien sabrá el lector, está basada en la novela homónima del vallisoletano. También es conocido que Delibes comenzó a escribirla en tercera persona, hasta que se dio cuenta de que algo fallaba: ese fue su primer paso hacia la obra de teatro, pues transformó la narración omnisciente en un monólogo frente al cadáver de Mario.

Yo recuerdo la lectura como en general casi todas las obras de Delibes: se me hacían tan vivas que, curiosamente, mi mente volvía de la vida a las palabras asombrado de que todo aquello fuera truco y gracia de la lengua. Que el seiscientos, la cuñada, el servicio, la bicicleta… pasen a formar entidades de un mundo literario de primer orden es, desde luego, un mérito que debemos a Delibes, renovador sin par de la narrativa de su época.. Delibes era un gran admirador de Nada, de Carmen Laforet. No dudo de que esa novela marcó a los de su generación, pero a mí me parece un relato gris un tanto forzado, mientras que los relatos de Delibes son fluidos, verosímiles y naturales, con resultas de grises, sí, pero no sólo de grises. De hecho, la que es su peor novela, Aún es de día –en opinión pública y reiterada del escritor-, es su peor texto porque se advierte en él un ejercicio forzado de escritura gris. Un ejercicio que marcó al autor el camino que no debía seguir.

La representación teatral que pudimos degustar en el Teatro Gayarre el pasado día 14 de abril fue un acontecimiento singular. Ya no es que el público conociera la novela, como ha ocurrido tantas veces en la historia de los estrenos o reposiciones, sino que algunos habíamos visto a la misma Lola Herrera representar este papel hace unos treinta años y, luego, hace unos quince, en números redondos que ahora no me tomo la molestia de cotejar. Yo tenía creo que dieciocho y recuerdo que me enfadó que el público tomara a risa lo que a mi entender era una cuestión dramática: la mujer que vive en el mundo de las apariencias, del qué dirán, del discurso hipócrita al fin y al cabo. Años después era yo el que me reía. Es bueno quitar gravedad a las cosas cuando ésta no añade nada, sobre todo porque la obra, a pesar del humor, tiene un elemento dramático innegable. Dicho de otra manera: el drama no se diluye por el hecho de que haya sentido del humor. Y ahí sí que creo interviene la perspectiva de la edad. A los dieciocho años somos idealistas y un poco tontos,en nuestro pedestal de la pureza. Carmen tiene razón en algunas cosas, en más de un reproche, en más de un sueño, y Mario (gran acierto de Delibes) no es esa especie de héroe frustrado de una España monocolor de la postguerra que se puso tan de moda. Por eso, aunque la obra nos suene a un tiempo pasado en sus usos y costumbres, sigue teniendo actualidad plena.

Me dice mi hermano Manuel que tuvo la oportunidad de hablar con la actriz hace unos años y que le confirmó, efectivamente, que había resaltado más los aspectos cómicos. No obstante, esos elementos, como decía arriba, ya aparecieron en las actuaciones de los años ochenta. En esta última versión no habían desaparecido. Lógicamente, cruzado el umbral de los ochenta la energía no es la misma (en esta gira se utiliza una amplificación de voz), pero da igual: da igual que Lola Herrera no sea una mujer de cuarenta años. No es la primera vez que me ocurre, que ves a un gran artista a cuya edad sus colegas están jubilados o afrontan papeles más ligeros, y que el temor te asalte en los primeros segundos. Sin saber cómo ese temor se diluye y ya estás en la obra. En el arte no hace falta que todo sea como de verdad, sino que lo esencial sea de verdad.

Digo esto y digo también que Lola Herrera no estaba entre mis actrices favoritas, aunque sí me haya parecido siempre una gran actriz, de las que están por encima de la media. Hace treinta años abusaba de un toniquete que con la edad ha prácticamente desaparecido. Por contra, la fuerza de su dramatismo no se puede explicar bien. El público se puso en pie en pocos segundos, en una ovación como hacía tiempo no oía. Qué grande, Lola Herrera. Era de esas veces en que parece escucharse un asentimiento general: esto sí es teatro, esto sí es arte, esto sí es vida. Y ahí, como cuando uno piensa que una obra tan genial como el Quijote es mérito de un Cervantes que queda en segundo plano, redescubrimos la fuerza del narrador: las historias de Delibes tienen un final que eclosiona con la misma naturalidad y con el mismo realismo que el fruto que, parece milagroso, viene de una tierra aparentemente yerma.

Me alegro por la actriz, que añadió, por cierto, unas hermosas palabras en hoja aparte al programa de texto. Bellísimo prólogo de alguien que tiene una rara autoridad sobre una obra; más aún, sobre un personaje:

El personaje abrió puertas de mi vida que yo, sin ser consciente de ello, tenía completamente cerradas.

Menchu, como una buena amiga, me acompañó y me ayudó a traspasarlas.

Pero me alegro también por Miguel Delibes. A mi fervor, contagiado en toda mi familia, por el vallisoletano, del que espero hablar más despacio, le siguieron unos años en que me preguntaba si la sociedad no lo olvidaría en poco tiempo: todo está cambiando muy deprisa; Delibes era amanuense y, según dijo, nunca utilizó un ordenador. No es producto del azar que en estos tiempos vuelva Menchu y, ahora en mayo, aparezca el trasunto del escritor en una versión teatral de Señora de rojo sobre fondo gris, con José Sacristán. Con ese claro y limpio castellano de Castilla vuelve Delibes, inconfundible.

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Javier Horno

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