Campeones (Guión de David Marqués y dirección de Javier Fesser)

Javier Horno 10 mayo 2018
Imagen de Campeones  (Guión de David Marqués y dirección de Javier Fesser)

En esta ocasión, voy a hablar de una película. En mi familia me dijeron que Campeones era muy bonita. Ni siquiera recordaba que había visto un anuncio en televisión, y que la película estaba protagonizada por un grupo de discapacitados. Evitemos hacer leña del tronco caído del cine español. En todo caso, a pesar de mis reservas, la recomendación que recibí transmitía muy buenos sentimientos. Y, efectivamente, Campeones deslumbra cualquier expectativa.

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Olvidamos a menudo que en toda buena película hay un guión de sólidos cimientos. La película ha de ser vista, previamente a que se ruede, en la mente del guionista, como el dramaturgo ve el texto teatral antes de tener siquiera los actores. La pluma de David Marqués ofrece aquí literatura de primera calidad. Los asuntos que trata son absolutamente verosímiles, son perfectamente humanos. Parten, como toda buena comedia, de la vida misma. Podríamos detallar algún paso facilón, pero son tan escasos y cortos en el conjunto, que sería injusto hacerlo. No hay cosa más complicada que hacer que alguien hable de verdad; en Campeones olemos que todo lo que se cuenta allí tiene coherencia.

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Esa visión coherente queda definida al poco de empezar, abordando un asunto lingüístico de primera magnitud: cómo llamar a las personas con discapacidad cognitiva. Cuestión esta que tiene mucha significación. Reconozco mi tendencia a sospechar de las modas, y no digamos de las modas lingüísticas. Es evidente que la sociedad tiene hoy más recursos que nunca para ofrecer lo que llamamos calidad de vida a los discapacitados y que los cambios nominales han ido parejos a esta evolución. Pero tampoco vamos a ser ingenuos. Hay en nuestra sociedad una tendencia a disfrazar la realidad, a amabilizarla, dicen algunos, a analizarla bajo el prisma de un ya conocido buenismo. En otras palabras: bajo la cambiante carátula de los nombres (tontos, mongólicos, subnormales, retrasados, deficientes o personas con discapacidad) se esconde esa permanente tensión que se produce por nuestro vehemente deseo de disfrazar la realidad. Nadie mejor que un tonto sabe que lo es y, en general, nadie mejor que ellos saben cuál es la diferencia. De un plumazo, la película resuelve esta cuestión. Sus protagonistas están tocados por la deficiencia mental, esa es su realidad y la comedia se desarrolla a partir de ahí.

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La ternura linda con la burla. Los retrasados nos hacen reír, y ellos son conscientes. Ellos retratan sin vergüenza la ridiculez de las pretensiones humanas en toda su indefensión y en toda su dignidad. Normalmente no pasamos de un estado de nerviosismo, a veces de temor, cuando entramos en contacto, si no estamos habituados, con una persona que tiene una apariencia física extraña a nuestros códigos. Pero si llegamos a tratarlos de cerca, nos damos cuenta de que nos están brindando, con toda su humildad, la oportunidad de reírnos de nosotros mismos. No hay mejor terapia: y qué difícil nos resulta a los inteligentes.

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El guión de Campeones alcanza la cima de la mejor poesía cómica: la novia de uno de los protagonistas, sin salir siquiera en la pantalla, se convierte en uno de los mejores personajes cinematográficos que he visto en los últimos años. La emotividad está tratada con naturalidad y sin almíbar añadido. Los problemas que esta “amable” comedia (desternillante en muchos momentos) plantea -acaso sin pretenderlo- no son moco de pavo: empezando por el aborto, ya que resulta obligado recordar que nuestras leyes favorecen que se aborte al albur de las predicciones. En realidad, los mensajes políticamente correctos de que los deficientes son personas como las demás quedan desbordados.

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Quedan desbordados, como yo me sentí en esas dos horas largas que se hacen cortas. Hacía tiempo que no me reía tanto. Y hacía tiempo que no lloraba tanto. Estos amigos de habla obstruida, mirada asombrada, pasos lentos y dimensiones desproporcionadas apuntan al corazón con una naturalidad que desarma. Por un momento, uno siente que nuestro afán cotidiano está cubierto de polvo, de capas de polvo que creíamos imprescindibles. Ante esos ojos recluidos tras las gruesas gafas, en cuyos cristales cayó la piedra de la idiotez y dibujó sus ondas tozudamente concéntricas y perennes, a uno se le acaban las palabras. Somos lo suficientemente pobrecillos como para no merecer sus abrazos cargados de risa ruidosa. Y no se puede decir más, porque -probablemente- descubrimos esa cosa que no se puede nombrar, tan familiar y tan desaparecida, tan manoseada y tan misteriosa que se llama amor, y que acaso sea un Amor con mayúscula. No dejen de verla.

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Javier Horno Gracia

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