Los menas no existen (casi)

La noticia es que el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Aragón (IMLA) ha realizado desde el 15 de noviembre hasta la fecha 72 exploraciones a inmigrantes que afirmaban ser menores no acompañados. El resultado de las pruebas realizadas es que sólo 3 de ellos lo eran realmente. O sea, que el 95,8% de los supuestos menas no eran menas. Las pruebas científicas para la determinación de la edad real consisten en una exploración física por parte del médico forense, una exploración dental por parte de un odontólogo del Servicio Aragonés de Salud y la valoración conjunta de los resultados con el médico y un antropólogo forense.

La noticia resulta significativa por múltiples cuestiones, más allá del propio dato de ese 95,8% de metirosos y  falsos aspirantes a menas. Para empezar, salta a la vista que todo el mundo quiere ser mena, porque existe un abismo en el tratamiento entre ser o no ser mena. La pregunta es hasta qué punto se justifica y ejerce un efecto llamada este abismo asistencial y jurídico.

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Otra realidad preocupante que evidencian los escandalosos resultados del IMLA es que están constantemente entrando en nuestras fronteras personas de las que no sabemos nada de nada. Es decir, no sabemos su edad porque tampoco sabemos su identidad, su origen ni por supuesto sus antecedentes, o a dónde hay que devolverlas llegado el caso. ¿Qué clase de política de fronteras consiste en no tener ni idea de quién entra en el país y a dónde nos puede conducir?

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A todo lo anterior hay que añadir el hecho de que el establecimiento de la edad de una persona de la que no se conocen más datos no es una ciencia exacta. La técnica de Greulich-Pyle, que incluye radiografías que determinan el desarrollo óseo, no dejan de basarse en una tabla comparativa con un margen de error de hasta dos años. Puesto que el estado aplica el criterio más favorable al investigado, incluso entre quienes pasan las pruebas podemos tener tranquilamente una legión de menas de 20 años.

Por lo demás, salta a la vista que la inmigración ilegal cada vez es percibida como un problema para una parte mayor de la población y que los partidos políticos que ahora llaman fascismo y xenofobia al control de las fronteras abrazarán el control de fronteras tan pronto como empiecen a notar que electoralmente peligra su permanencia en el poder. El problema es que cuando la inmigración llegue a ser un asunto que sacuda como un terremoto las expectativas electorales para entonces tendremos en la calle una crisis de muy difícil solución. Tal vez ese sea el problema de fondo del electorado español. El voto español es un voto mayoritariamente reaccionador en vez de un voto previsor. Por eso no evitamos ningún charco hasta notar el agua a la altura del cuello, porque podríamos añadir que el votante español ni siquiera es una votante reaccionador temprano sino un votante reaccionador tardío. Seguramente esto ocurre, a su vez, por las gafas de cemento del equipo olímpico de opinión sincronizada de progreso y la consiguiente incomprensión general que provoca este equipo respecto a cómo suceden las cosas y su porqué.

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