Los negacionistas de la Navidad

Conforme se acerca la Navidad florecen, como es lógico, los negacionistas de la Navidad. Jesús no existió, su Nacimiento es un mito, no hay nada que celebrar. Y todo el que piense otra cosa es un ridículo que se sitúa fuera de la razón, de la ciencia y de la historia. Que entre la plebe haya algunos obtusos que aún celebren la Navidad todavía se puede entender, pero que un consejero del gobierno de una comunidad autónoma felicite la Navidad y hable del nacimiento de Jesús raya lo intolerable.

Por el contrario, si de algo podemos estar bastante seguros es de la existencia de Jesús. O sea, de los 170 millones de personas que vivieron en el siglo I, la existencia de Jesús es la más documentada. Es la de los otros 169.999.999 la existencia que resulta menos documentada. Si reducimos la población del siglo I a sólo las personas cuya existencia podamos documentar, no digamos si quieremos saber lo que hicieron y dijeron o el impacto que provocaron en la posteridad, nos quedarían Jesús y unos pocos más.

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A menudo se suele pretender que lo existente se reduzca los libros de historia. El que no aparece en un libro de historia, como el 99,99% de los humanos, no existió. Esto por un lado es reducir lo existente a un subconjunto muy pequeño de la realidad, y por otro atribuir a los libros de historia un determinismo que no merecen en realidad.

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Por ejemplo, ¿podemos dar por hecho todo lo que dice Ian Gibson sobre la Guerra Civil Española? ¿Y podemos dar por hecho también todo lo que dice sobre ella Stanley Payne? El problema es que si damos por cierto a la vez lo que dicen los dos, las conclusiones no son compatibles entre sí. La historia que cuentan uno y otro no tienen nada que ver. Lo que sabemos de Catilina por Salustio o Cicerón, ¿es más cierto que lo que sabemos del franquismo por Santos Juliá o por Ricardo de la Cierva? De lo que más sabemos es de lo que menos datos tenemos, más que nada porque no sabemos lo que no sabemos y por tanto hay menos que discutir. Pero si de alguien sabemos mucho es de Jesús.

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Si algo sabemos de Jesús, por ejemplo, es precisamente que no fue un mito. Es decir, la creación de un mito es un proceso histórico. Por el contrario, la aparición de Jesús es un hecho puntual en el tiempo. Además Jesús no es la encarnación de una serie de ideas y arquetipos. Por el contrario, Jesús es la fuente de un torrente de palabras y discursos inusitados.

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Las palabras de Jesús merecen especial atención porque fueron revolucionarias. Lo que Jesús dijo dividió la historia en dos. Nadie habló antes como él ni tampoco después. Otras Navidades, reflexionando sobre este mismo asunto, ya hemos reseñado lo increíble que es poder decir de unas palabras que provienen de Dios. A ver quién puede, sin provocar el pitorreo generalizado, escribir un texto de 1.000 palabras y decir que viene de Dios. ¿Cómo hablaría Dios si viniera a decirnos algo? Pues nos contaría cómo fue asaltado y malherido por los ladrones un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó, y cómo el que acabó ayudándolo, después de que otros muchos pasaran a su lado sin socorrerle, fue un indeseable samaritano. O cómo una viuda pobre que daba una pequeña limosna en el Templo eran en realidad la más generosa. O cómo reacciona un padre al volver arruinado a su casa un hijo ingrato que le había exigido en vida su parte de la herencia, para gastarla en mujeres, vino y apuestas. Nadie ha sabido decir en nombre de Dios cosas más maravillosas y que suenen más creíbles para venir en nombre de Dios que este Jesús que decía que era Hijo de Dios. Un Hijo de Dios, por otro lado, que a diferencia de los dioses pensados por los humanos se hizo pequeño, frágil y vulnerable para venir al mundo en un portal de una aldea perdida de Israel, o que se fue de este mundo clavado en una cruz. Pero seguimos recordando asombrados sin embargo lo que dijo porque nadie habló antes ni después de Dios como El.

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Resulta esencial considerar el mensaje de Cristo a la hora de pensar en su historicidad porque Jesús no es sólo un personaje histórico, es también un mensaje histórico. Es decir, el personaje viene con un mensaje. Eliminar el personaje implica dejar el mensaje sin autoría. ¿Quién es entonces el que en el plazo de unos pocos años compuso todas aquellas parábolas? Si Beethoven no existió, ¿quién compuso entonces la Novena Sinfonía? El problema de falsificar a Beethoven es que hay que ser tan bueno como Beethoven. ¿De dónde salen entonces todas las maravillosas palabras de los cuatro evangelios? ¿Cómo es que ni antes ni después de Jesús nadie ha podido hablar en nombre de Dios de manera similar? ¿Por qué ni antes ni después de Jesús han existido falsificadores o creadores de mitos capaces de hacer hablar a alguien como hablaba Jesús?

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Jesús parte la historia de la humanidad en dos y genera un impacto nunca visto precisamente porque las cosas que dice no son la encarnación del pensamiento general de la época, ni en Israel ni fuera de Israel. Por eso genera una conmoción, por eso lo matan, por eso perdura 2.000 años después. Si fuera un mito que cristalizara el pensamiento judaico de la época ni habría sacudido la historia, ni se habría convertido en piedra de discordia para todos sus contemporáneos, ni nos importaría a los no judíos lo que dijo. Habría formado parte del paisaje. Habría pasado desapercibido. El tipo de cosas que decía sería el tipo de cosas que podemos encontrar en cualquier otro personaje de la época anterior o posterior. El problema es que no hay nada como las cosas que él decía ni anteriores ni posteriores. Jesús no es el producto de la forma de pensar el mundo en su época sino que la llegada de Jesús al mundo cambió para siempre el pensamiento del mundo. El mensaje de Jesús no se explica sin Jesús. Negar la existencia histórica de Jesús es como negar la existencia de las cosas que no vemos pero cuyos efectos sí percibimos. Es ver el cráter y negar el meteorito.

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Jesús no existió pero todo lo que dijo es mentira, es el siguiente paso de quienes se niegan a admitir que Cristo es la explicación más lógica a la existencia del cristianismo. Por lo visto que no existió y que sí existió pero que sólo fue un fraude con patas son afirmaciones perfectamente compatibles y sucesivas en cualquier discusión.  Que Jesús es por una cosa u otra una mentira se convierte así no en la conclusión de un proceso de búsqueda y reflexión sino en la premisa de ese proceso. No se puede admitir ninguna conclusión que no termine por determinar la falsedad de Jesús. No existió. Y si existió fue un mentiroso. Y si no fue un mentiroso lo fueron sus seguidores. Y fueron unos mentirosos tan raros que estuvieron dispuestos a renunciar a todo e incluso morir por cosas que supuestamente sabían que eran mentira. Y el mensaje supuestamente pervertido de Jesús uno lo lee y resulta que es maravilloso. ¿Cómo era entonces el original? Para negar a Jesús cualquier hipótesis por complicada, contradictoria o absurda que sea se antepone a la hipótesis más lógica, más simple, más coherente, más histórica, más científica. Para creer en Jesús, sin embargo, basta o nada o leer las cosas que decía. Al final todo es tan simple como eso. Tan simple y directo como un humilde feliz Navidad.

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Comentarios (1)
  1. anacleto says:

    pero por supuesto que hay fuentes historicas en tiempos del los romanos que hablan de un tal jesus, que fue un predicador judio, que tuvo muchos seguidores, ¿esos historiadores romanos tambien mentian?
    la historicidad de jesus es mucho mas creible, que la llegada de los americanos a la luna, o que la tierra es redonda.
    El que no es nada creible es perro Sanchez, que primero dice una cosa y si luego le viene mal, dice que ha cambiado de opinion y punto, pero como hay socialdemocratas convencidos de toda la vida que votan a piñon sigue teniendo votos.

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