En el pasado debate de investidura, uno de los momentos estelares de Pedro Sánchez fue aquel en el que definió el sanchismo como un “muro de progreso” frente a la extrema derecha. Puede parecer una declaración más entre todas las declaraciones disparatadas del personaje, pero esta resulta particularmente preocupante y peligrosa.

De entrada, es evidente que alguien que pretende levantar un muro en España es alguien que cree en las dos Españas, y si no existen las crea levantando el muro, dividiendo a los españoles entre los de un lado y otro del muro. Ya sólo esto debería descalificar a cualquiera para ser presidente de España.

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Esta concepción de España y del gobierno revela también que Sánchez no gobierna para todos, desde su propio recetario pero para todos. Por el contrario, Sánchez gobierna contra la España del otro lado del muro. La España enemiga. Los caminantes blancos. Aquellos a los que hay que aislar como un virus.

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Por supuesto el muro divide al gobierno y la oposición. Ponerle un muro al gobierno sugiere una mentalidad escasamente democrática. En una democracia el gobierno no puede estar amurallado. El gobierno en una democracia es una posición dinámica, de la que se entra y se sale. Si tapias la puerta cuando estás en el poder para que nadie más pueda entrar eso ya tiene otro nombre, pero no democracia.

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Pretender ponerle un muro a la oposición resulta no menos significativo. Entre ponerle un muro a la oposición y encarcelarla las diferencias resultan sutiles. Querer poner a la oposición entre rejas o entre cuatro paredes o entre muros indica la idea que tiene Pedro Sánchez de la gente que no le da la razón, o que amenaza su posición. Porque da la impresión de que Pedro Sánchez no defiende realmente ideas, sino una posición, un puesto, un fortín, su sillón. De hecho hoy puede decir una cosa y mañana la contraria, si eso le sirve para mantener el poder. El poder no es un medio, es un fin.

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La incoherencia discursiva llega al extremo de que quien pretende dividir España en dos y levantar un muro en medio al mismo tiempo se presenta como el defensor de la armonía, de la convivencia, del pluralismo, de los acuerdos entre diferentes y entre el diálogo. Lo que sucede es que Sánchez no distingue a los demás por sus ideas, sino que sólo distingue entre quien le puede dar el poder y quien se lo puede disputar. Entre él y quien le puede disputar el poder levanta un muro. Pero como la demoagogia de la izquierda es ilimitada le puede llamar el muro del amor o el muro de la unión.

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Puesto que la distinción no es entre las ideas, sino entre quien me puede dar el poder y quien me lo puede quitar, a este lado del muro cabe cualquier cosa, mientras sostenga el sillón: la derecha nacionalista, los CDR, el comunismo, la ETA o Hamás. Todos estos son incuestionablemente los demócratas, los progresistas y los defensores de la paz, y los del otro lado del muro la ultraderecha.

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Aunque no existe un muro físico, el muro político y social es igual de eficaz. Al otro lado del muro eres un fascista, un nazi, un machista, un homófobo, un explotador, un xenófobo, un antisocial. A este lado del muro, por el contrario, todo el mundo es progresista, todo el mundo es amable, todo el mundo es demócrata, luminoso y social. ¿Qué quieres ser tú? ¿Un hijo de puta o progresista de luz? ¿Piensas como yo o eres uno de esos hijosdeputa que piensan como los del otro lado del muro?

Obviamente el muro es necesario para justificar todos los errores, pero también todas las traiciones, todas las mentiras, todas las violencias, todas las corrupciones. Sánchez miente, pero es que es Sánchez o los nazis. Sánchez amnistía a los golpistas y malversadores, pero es que Sánchez o los nazis. Sánchez se carga la separación de poderes, pero es que es Sánchez o los nazis. Con Sánchez no llego a fin de mes, pero es que es Sánchez o los nazis. Sánchez necesita un muro y que se piensen que al otro lado sólo hay nazis porque si no nadie elegiría al sanchismo. Nazi es todo el que no sea sanchista. Si la elección fuera sanchismo u otra cosa, la gente elegiría la otra cosa. Si la elección es sanchismo o nazismo, puede que elija sanchismo.

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Por eso Sánchez necesita llamar nazis a todos los que no piensan como él. No puedes gobernar de la mano de Otegui, o de gente que admira a Castro y a Chávez, o que no considera terrorista a Hamás, si no conviertes en nazis a los que pueden ser tu alternativa. Para eso construyes un muro: para visualizar que la gente al otro lado del muro es aún más terrorífica que la que te apoya.

Llegar al poder y levantar un muro puede no ser muy democrático, pero no carece de lógica. Una vez que tienes una mayoría, construida como sea, con los pedazos que sea, a cambio de lo que sea, la blindas para intentar no perderla. La izquierda es como la secta de una famosa película que vive en un poblado rodeado de un bosque al estilo amish. Para que la gente no salga del poblado ni abandone su estilo de vida primero hay que limitar su acceso a la información, y después asegurar que fuera del pueblo en el bosque no hay más que monstruos. Por mal que estés en el pueblo, tienes que pensar que fuera se está mucho peor.

El discurso del sanchismo se radicaliza, y por tanto el muro se hace más alto, conforme aumenta el descontento con el sanchismo. Hay dos factores por los que el muro cada vez va a ser más alto y más grueso. Primero porque las cosas no van bien. Suben los salarios y las pensiones pero no el poder adquisitivo y la riqueza real. Porque no se crea riqueza. Porque la economía española lleva mucho tiempo gripada y está gripada, además, a pesar de todo el dinero a deber que se ha gastado y a pesar de todo el dinero de los fondos europeos. El segundo factor es porque gobiernas con gente como Otegui. Para que sea presentable tu romance con Otegui, lo que hay al otro lado del muro tiene que ser peor aún que Otegui. Por eso es ridículo que Feijóo trate desesperadamente de mendigar la validación de la izquierda y sus medios para que no le llamen ultraderechista. No le pueden dar esa validación. Le tienen que etiquetar como ultra o vendido a los ultras haga lo que haga, porque sólo así se sostiene el falso dilema que sostiene el sanchismo, el dilema entre sanchismo o supuesto nazismo, para que la gente pase lo que pase siga eligiendo sanchismo.

Sólo por citarlo, aparte de los muros políticos y sociales el PSOE pretende construir un muro de Berlín empresarial para que las empresas no sigan el camino de Ferrovial. El problema es que los muros no sólo  actúan como barreras de salida, sino de también de entrada. La pregunta sería por qué las empresas se quieren marchar de España.

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Un político no puede nombrar al juez que le tiene que juzgar. Un partido no puede designar a los magistrados que después tienen que juzgar las cosas que hace ese partido. Frente a todos los muros que se esfuerza por levantar el sanchismo, el sanchismo intenta sin embargo, al mismo tiempo, derribar el único muro que sí tiene que existir: el muro entre el poder judicial y el político.

Aparte de sus tachas morales y democráticas, el muro sanchista tiene sin embargo un tacha geográfica y seguramente también estratégica. En realidad no hay dos Españas en toda España. España no está dividida en dos en todas partes. Y desde luego no está partida en dos partes iguales. Sánchez ha sido investido con 179 votos. Feijóo obtuvo 172. Pero en Cataluña el sanchismo tiene 40 diputados de 48 y en el País Vasco 16 de 18. O sea, de los 66 escaños que se juegan en Euskadi y Cataluña, el sanchismo se lleva 56. Sin Cataluña y la CAV el sanchismo no sólo no tendría el poder, sino que quedaría a años luz del poder. Pero no es que el PSOE tenga muy buenos resultados en la CAV y Cataluña: el PSOE tiene 24 diputados de 66. Es decir, el PSOE gobierna gracias a los resultados de Cataluña y la CAV pero no por sus resultados en Cataluña y la CAV. Fuera de Cataluña y la CAV hay una mayoría antisanchista en casi todas las comunidades, y una mayoría creciente además. Fuera de Cataluña y la CAV, el muro de las dos Españas a Sánchez le va a perjudicar cada vez más.

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La paradoja se cuenta sola. Para poder gobernar, el sanchismo les tiene que prometer a los separatistas un muro entre Cataluña y el resto de España, o un muro entre el País Vasco y el resto de España, pero si algún día se levanta ese muro, el PSOE está muerto. Dicho todo esto toda muralla cae. El esplendor máximo de Roma no se produjo en el momento en que la ciudad tuvo la muralla más alta sino todo lo contrario. Cuando nadie podía oponerse a sus legiones, en Roma ni siquiera hacían falta murallas.

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