Es a la Iglesia a la que le quieren robar los bienes inmatriculados

Como quien no quiere la cosa y sin que se le mucha publicidad (imagínense que la noticia hubiera sido al revés), la Justicia ha vuelto a fallar a favor de la Iglesia en una nueva reclamación por la inmatriculación de una ermita, o de cuatro en el caso que nos ocupa.

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Para un importante segmento de la población lego en derecho, estimulados por los medios anticatólicos del sistema, eso de las inmatriculaciones de la Iglesia es que los curas han inscrito como suyas miles de propiedades que son del pueblo. O sea que la Iglesia nos roba, como los españoles a Cataluña.

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Por el contrario, lo que una sentencia tras otra van determinando es que es a la Iglesia a la que si se descuida le roban sus bienes y la dejan sin iglesias, sin catedrales, sin conventos, sin ermitas, sin monasterios, sin colegios y sin locales.

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Para muchas personas, inmatricular un bien es algo así como tomar algo que no es tuyo y ponerlo a tu nombre. Por el contrario, sólo se puede inmatricular algo que no es propiedad de otro. Si cuando la Iglesia inmatricula algo alguien pudiera alegar que es propiedad suya, no se podría llevar a cabo la inmatriculación. Por eso la Iglesia no podría inmatricular el chalet de María Chivite, por ejemplo. Los registros y las inmatriculaciones, por otro lado, son posteriores a la propiedad. Antes de los registros ya había propietarios, lo que sucedía es que a menudo resultaba conflictivo probar la propiedad, por lo que se crearon los registros, el registro de la propiedad en España, concretamente, en 1863. La Iglesia, no obstante, en general no registraba sus propiedades hasta época muy reciente, más que nada porque hasta época muy reciente a nadie se le ocurría tampoco decir que todas las iglesias, los conventos y las ermitas eran suyas. La Iglesia comenzó a inmatricular masivamente sus bienes temiendo que o los registraba o podían robárselos, ya vemos que con acertado criterio.

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Cuando decimos que la noticia es que la Justicia confirma la propiedad de tal o cual bien frente a quienes pretendían quitárselo, el hecho es que no sólo se trataba de robarle un bien a la Iglesia, sino de robar a todas aquellas personas de tiempos pasados, las cuales casi universalmente eran creyentes, las cuales colaboraron en la construcción de las iglesias, rezaron en ellas, se casaron en ellas, bautizaron a sus hijos en ellas o recibieron sus funerales en ellas. Se trataba de robar a todas las personas e instituciones que realizaron donaciones a la Iglesia, hicieron limosnas o dejaron herencias a la Iglesias, y que desde luego no aportaron sus bienes para que las iglesias acabaran convertidas en gaztexes o herriko tabernas. Lo que viene a confirmar la Justicia una y otra vez es que son la Iglesia y los creyentes del presente y del pasado quienes, tras ser sometidos a una intensa campaña mediática de descalificaciones, han estado cerca de ser víctimas de un saqueo. Por lo demás una vez más se comprueba la intensividad del mecanismo en virtud del cual no te odian porque has robado, sino que te llaman ladrón porque te odian. Lamentablemente una sentencia sirve para desmontar una acusación, pero no para desarticular el odio que la sustenta. O a lo mejor sí. Nadie más cualificado que la Iglesia para cultivar el terreno de los milagros.

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