El mérito, una ilusión liberal

Ninguna sociedad puede funcionar si no mantiene una creencia firme en grandes narrativas, una de ellas es la idea del mérito, sin esta, se rasgaría el tejido social y habría una revolución instantáneamente. Según la idea del mérito, en una sociedad, los individuos ganadores o perdedores deberían de estar determinados por su valía personal, inteligencia, talento o esfuerzo, pero esto se encuentra muy lejos de la realidad.

Normalmente, cuando se habla del mérito, solo se señala el final de la escalera sin tener en cuenta el punto de partida. Veamos, si planteamos la posibilidad de entrar a la universidad mediante un examen, el examen es el mismo para todos, todos pueden inscribirse, y los puntajes más altos serán admitidos. Si respetáramos el mérito, “los mejores” deberían ingresar. Por el contrario, el mérito se rompe cuando alguien es admitido en razón a su riqueza, amistades e incluso por su condición racial o sexual, esto último recibe el nombre de discriminación inversa o acción afirmativa.

Lo anterior es solo muestra de que vemos el mérito en el final y no en el inicio, ya que esos “mejores” en su gran mayoría, son personas cuyos padres pudieron pagar docentes privados, preparadores del examen de admisión, así como educación en una escuela privada de élite, por el otro lado, puede encontrarse a una gigantesca cantidad de jóvenes que asisten a pésimas escuelas, van a clases con el estómago vacío e incluso faltan a ellas para trabajar en el campo con sus padres. Conversando con un docente de la zona rural de mi país, explicándole la “panacea” de los cheques escolares y demás del mantra economicista liberal, él me contaba que su escuela era la única del pueblo, los niños no tienen acceso ni a un celular y desde los seis años les dicen a sus profesores: “Hay cosecha, nos vemos en veinte días” y efectivamente regresan a los veinte días con algún obsequio de frutas o verduras para sus profesores, esto es solo la punta del iceberg de incontables circunstancias complejas en las que memorizar que hay que subsidiar la demanda en la educación cuando no, privatizarla, es mera habladuría que ignora el estado de cosas. Con todo, ¿de cuál mérito o talento me hablas?

En la sociedad del rendimiento bajo la creencia firme en el mérito, los individuos se hacen responsables de sus victorias y sus fracasos, por ello, cuando fracasan no culpan al sistema, sino a ellos mismos, dando como resultado en algunos casos, la depresión y el suicidio. Normalmente las pocas personas que descubren que el sistema es corrupto y está amañado, a saber, porque no obtienen un empleo o una plaza universitaria debido a su falta de riqueza o conexiones, no cuestionan la idea misma del mérito, de hecho, la solución a esos males sería el respeto al mérito, pero el mérito en sí mismo, como veremos, es cuestionable.

El sistema nos dice que no importa el punto de partida, basta con esforzarnos y cumplir las reglas para llegar a la cima del éxito, pero la realidad es que ese mero deseo no es suficiente, incluso si consideramos un sistema respetuoso del mérito, todavía persisten las desigualdades en salud, educación y en todo lo necesario en un momento dado para triunfar que debilitarían la idea del mérito, como también, el azar genético y la suerte de nacer con orejas grandes en una sociedad que valora y premia a aquellos que tienen orejas grandes, en suma, solo un coach o un muy burdo liberal -por lo general son el mismo- intentaría convencerte con esta palabrería vacía del mérito.

Posiblemente, la verdad es que nunca llegarás a la cima, no te lo pueden decir, pero es la verdad, te pondrán algunos casos debatibles cuando no falsos de “magnates que comenzaron desde ‘cero’ en un garaje” para mantener viva la narrativa, recuerda, es importante que creas en el sistema, el sistema se sostiene a través de la ideología, de la creencia en narrativas. Y no solo es el sistema, escribe Sandel (2021):

En una sociedad desigual, quienes aterrizan en la cima quieren creer que su éxito tiene una justificación moral. En una sociedad meritocrática, eso significa que los ganadores deben creer que se han «ganado» el éxito gracias a su propio talento y esfuerzo. (p. 23).

¿Cuál es nuestro mérito si nuestros dotes naturales e inclinaciones con las que nacimos casualmente coinciden con los valores de éxito del sistema en que vivimos? Ninguno. Esto es una mera cuestión del azar y la suerte, una cuestión ontológica que no podemos juzgar como justa o injusta, que se nazca en un hogar rico o pobre no tiene que ver con la justicia, ya que es una cuestión de la naturaleza, pero el sistema que hemos creado sí puede ser juzgado de justo o injusto y claramente no hay justicia en tratar de la misma manera a dos seres en circunstancias antagónicas. ¿Cuál es nuestro mérito si gozamos de privilegios que nos hacen más sencillo el camino y la competencia? Seguramente no tanto como pensamos. Con todo, se cae ese mantra individualista y de liberales simplistas que promulga la idea de que las personas se hacen a sí mismas, producto exclusivamente de su esfuerzo personal, ignorando una compleja red de circunstancias de la vida familiar y social que nos permite llegar hasta donde llegamos. En suma, no podemos ignorar las condiciones materiales, el éxito y el fracaso no se merecen tanto.

Conciencia del mito

¿Por qué es importante desmitificar el mérito? Por una lección de humildad, que contribuye a que valoremos el trabajo y la ayuda de los demás por más “insignificante” que parezca, permitiéndonos construir sociedades más solidarias y empáticas. No eres rico y exitoso por tu exclusivo esfuerzo personal, ni el pobre es pobre porque quiere y solo debe cambiar su actitud para llegar a la cima. Comprender varias de estas circunstancias a lo largo de esa escalera en la que unos suben a pie y otros en teleférico o ascensor genera humildad y con ella, el sentimiento de solidaridad para ayudar y valorar a nuestra familia, amigos y prójimo.

No necesariamente esto es un llamado al socialismo más duro o a la redistribución de la riqueza y la renta, ni a la lucha de clases, que sin duda no solucionarán el asunto, meramente es una muestra del gran mito del mérito, un mito que promueven liberales y gurús baratos del emprendimiento, el “tú puedes” con el que justificamos una profunda inequidad.

¿Qué dice el liberalismo?

Aunque muchos liberales repiten la alaraca del mérito, el esfuerzo personal y el éxito sin tener en cuenta el estado de cosas, las relaciones económicas y de poder, e incluso pensadores liberales descuidadamente llegan a sostener que el capitalismo recompensa el esfuerzo1, a todas luces esto es muy discutible, si el capitalismo recompensara el esfuerzo muy probablemente las personas más preparadas y estudiosas deberían alzarse por encima del resto de la sociedad, pero el mérito no es la máxima de justicia del sistema capitalista. Por el contrario, Hayek y Nozick sí darán en el punto, escribe Nozick (2012):

Hayek concluye que en una sociedad libre habrá distribución de acuerdo con el valor más que conforme con el mérito moral; esto es, de acuerdo con el valor percibido de las acciones y servicios de una persona hacia los otros. (p. 161).

El capitalismo recompensa la capacidad de ofrecer valor al resto de la sociedad, donde lo que tiene “valor” no es algo necesariamente valioso o virtuoso objetivamente, sino lo que otros individuos consideran que es valioso, por ello, en una sociedad capitalista, un cantante de reggaetón o un vendedor de drogas, alcohol o narconovelas puede enriquecerse mientras que un profesor no. Esto sentenciado en una máxima sería “De cada quien como escoja, a cada quien como es escogido” (Nozick, 2012, p. 163) es decir, de acuerdo a la actividad que realizas y cómo la sociedad valora esa actividad que realizas.

Conclusión

En primer lugar, como crítica al merecimiento, ha sido posible aclarar que se trata de un gran mito, que el éxito no puede desvincularse de las condiciones materiales como lo son: la familia, la fortuna y la suerte de dones innatos, aun cuando, una persona saque provecho a esas condiciones, se esfuerce y logre llegar a Harvard. En segundo lugar, desmitificar el mérito nos da una importante lección de humildad que nos permite comprender que tenemos una deuda moral con nuestro prójimo y deberíamos procurar a nivel individual y desde la sociedad civil, alguna manera de mejorar las condiciones iniciales de los menos favorecidos y, finalmente, en tercer lugar, que el liberalismo realiza una distinción entre mérito y valor, aclarando que el liberalismo no defiende el principio de justicia del mérito sino el de contribución al resto de la sociedad, donde esa “contribución” puede ser tanto en bienes como en males, dependiendo de lo que valora o desea esa sociedad.

Bibliografía

Gómez, N. (2008) El reaccionario autentico. Número 240 de la Revista Universidad de Antioquia. Recuperado de:

https://revistas.udea.edu.co/index.php/revistaudea/article/view/18437/15845

Hayek, F. (2018) Los fundamentos de la libertad. Unión Editorial.

Mises, L. (2011) La mentalidad anticapitalista. Unión Editorial.

Nozick, R. (2012) Anarquía, Estado y utopía. Fondo de Cultura Económica.

Rand, A. (2008) Filosofía: ¿Quién la necesita? Editorial Grito Sagrado.

Rand, A (2009) La virtud del egoísmo. Editorial Grito Sagrado.

Sandel, M. (2020) La Tiranía del Mérito ¿Qué ha Sido del Bien Común? Editorial Debate.

1 Rand, A. (2009) escribirá: El gran mérito del capitalismo es el de ser el sistema adecuado por excelencia a esos requerimientos y a la necesidad de crecimiento del hombre. Si se deja a éste en libertad para pensar, actuar, producir, intentar lo aún no probado y lo nuevo, sus principios operan de manera tal que recompensan el esfuerzo y los logros, castigando la pasividad. Ésta es una de las principales razones por las cuales se lo condena. (p. 176). La virtud del egoísmo. Editorial Grito Sagrado.

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