La tiranía digital

En los últimos años pocas marcas han tenido tanto éxito como la denominación “nuevas tecnologías”, remoquete de cualquier proyecto que quiera presentarse dignamente ante el público y ser tomado en consideración. Partidos políticos, centros educativos, servicios… tienen en las nuevas tecnologías, vengan o no al caso, una especie de tarjeta de presentación sin la cual serían tachadas de obsoletas. Parece de perogrullo recordar que para muchas actividades no son necesarias las nuevas tecnologías, pero no es tan obvio advertir que pueden llegar a ser contraproducentes. Razón por la que los magnates digitales suelen evitar que sus hijos se eduquen con pantallas.

Ya hay abundante bibliografía sobre los pros y contras de las herramientas digitales, y el debate se va haciendo más frecuente en el mundo académico. En las sucesivas crisis entre la tradición y la novedad, el catastrofismo es, ciertamente, tentador; pero tengo la sensación de que los críticos con las nuevas tecnologías no son precisamente catastrofistas y, en cambio, los gurús de la ciencia digital sí caen en la exageración; en lo que Evgeny Morozov, en su ensayo La locura del solucionismo tecnológico, llama “internet-centrismo”: el mundo gira en torno a internet.

Asisto como profesor de educación secundaria perplejo a una creciente invasión de lo digital en la escuela. Y no debo ser yo el único, cuando publicaciones allende el mar nos revelan esa misma preocupación, como se desprende del ensayo de Nicholas Carr (1959) titulado Superficiales (ed. Taurus, primera edición en el 2011). El autor estadounidense reconoce que vivía buena parte del día en la red hasta que se dio cuenta de que le costaba concentrarse en la lectura de un libro o un artículo medianamente largo. Se sometió a una especie de cura, restringiendo el uso de ordenador y móvil a unos pocos minutos al día, hasta llegar a prescindir de ellos temporalmente, y recuperó el poder de concentración. Decidió investigar sobre lo experimentado y escribió este ensayo en que reflexiona con sagacidad y erudición sobre las tecnologías gráficas y sitúa, creo que muy acertadamente, la singularidad de la era digital en la carrera humana del saber, partiendo de la invención de la escritura.

Carr reflexiona sobre las pros y los contras de la tecnología en general. Los humanos vivimos en esa permanente y fascinante paradoja de la melancolía por la naturaleza: añoramos nuestra identidad salvaje, que perdimos al cultivar la tierra y el espíritu. Avanzando en la Historia, la escritura -está bien atestiguado- se presentaba como un peligro para el uso de la memoria. Pero la escritura permitió acumular una cantidad de información que la memoria no habría podido contener.

De acuerdo en todo con el autor, simplemente querría aquí recordar una segunda interpretación que se puede hacer del adagio latino “Scripta manent, verba volant” las palabras escritas permanecen, las dichas vuelan, sí; pero el adagio latino tiene también otra lectura: sólo las palabras que vuelan por gracia de nuestra dicción están vivas. Esa cierta melancolía por nuestra raíz salvaje no es insana: algo de razón tenían los “antigrafías”. De alguna manera hay que volver siempre a la vieja cultura oral: ha de leerse y releerse, hay que convertir el texto en discurso oral para que las palabras vivan en nosotros. En esto tal vez no se insiste hoy demasiado. Recuerdo aquí el ensayo El defensor de Pedro Salinas, en donde se hablaba de la importancia de lectura lenta, reposada. Un hombre culto no es un sólo un devorador de libros.

Pero sigamos con la obra de Carr. El autor aborda el campo neuronal con un lenguaje accesible al lector no especializado. Buen conocedor de las investigaciones psicológicas y neurológicas en curso, cimienta sus afirmaciones con abundantes estudios científicos. Y aquí debemos subrayar la singular aportación de este ensayo, que no se limita a recrearse en la retórica de un defensor de las humanidades que se alarma ante la tecnología moderna. Los estudios científicos no corroboran solamente que el uso indiscriminado del ordenador nos hace más torpes, algo que hasta el pubescente de 1º de la ESO intuye. Lo que muchos no sabíamos es que el ordenador moldea físicamente el cerebro y nos predispone a entrar en un bucle de adicción.

Los estudios corroboran lo que tantos padres afirman: sus hijos están bombardeados por continuos estímulos superficiales, desde los dibujos animados hiperactivos de televisión hasta el último juego del móvil que distrae a un niño cuando no nos viene bien que se aburra; y que cuanto más consumen, más ansían la droga digital. El problema de convivir con un teléfono móvil en la mano, como de hacer tareas y más tareas buscando en internet, es que la herramienta acaba desplazando el protagonismo de la realidad. El confinamiento (medida de dudosa bondad sanitaria) ha servido para entronizar más si cabe el “teleestudio”. Los niños y adolescentes (y adultos) entran en una espiral de consumo rápido y superficial de estímulos: se alimenta la memoria superficial, que se borra rápidamente (y que tiene muy poca capacidad), y si no se presentan más estímulos que sustituyan a los ya consumidos se genera ansiedad. Todo lo cual hace harto difícil el trabajo de la memoria a largo plazo, el pensamiento profundo y, por ende, la creatividad.

Estas conclusiones a las que llega Carr y que muchos suscribiremos no son afirmaciones rimbombantes. Son constataciones de muchas experiencias de psicólogos, psiquiatras, biólogos, neurólogos… y profesores de escuela. Asistimos a una generación cada vez más extraña al libro. Con todo lo que ello implica: concentración, ausencia de estímulos ajenos al texto, el reto intelectual que supone un texto si es medianamente complejo; pero también su valor simbólico como objeto con el que establecemos un compromiso emocional y económico. Vaya por delante que comparto plenamente con Carr que internet es imparable, es decir, que debemos aprender a convivir con él. Pero creo igualmente que está teniendo perniciosas consecuencias el dominio del mundo digital. Mas no podemos ser ilusos y pensar que esto se vence con buenas palabras: es muy difícil no caer en la tentación de mirar el guasap si leemos con el teléfono encima de nuestro escritorio. Internet es un arma muy poderosa y trabaja en silencio, mucho más de lo que pensamos. Sólo si cambiamos los veinte minutos de lectura antes de dormir por una navegación azarosa por internet, nos quitamos 121 horas de lectura al año. Ese libro que antaño leíamos en dos o tres meses antes de ir a acostarnos, a cambio de un merodeo superficial por la red que, además, se alarga más de la cuenta porque no trae el sueño sino la excitación.

En los años noventa se saludó la entrada de las computadoras en el mundo académico con una ingenuidad rayana en la simpleza. Unidas al fervor por la idea de innovación a toda costa, regalada en la pedagogía oficial, aquello de renovarse o morir llegó a unos límites insospechados. Se entronizaron los procedimientos, ahora competencias: el aprender a aprender, donde los ordenadores nos ofrecían un Nuevo Mundo. Llegábamos a escuchar que aprender de memoria ya no era tan importante, pues la información ya estaba en la red.

Les contaré algo que observo de primera mano. Ahora, un alumno de 16 años apenas sabe sintaxis, y estoy hablando de varios centros públicos por los que he pasado. No sé exactamente por qué se ha sustituido (no desde luego por la lectura de clásicos), pero el caso es que no la sabe. La sintaxis es la comprobación de que el hablante es capaz de analizar toda la lógica de su propio lenguaje; permite un pensamiento introspectivo profundo: el hablante se mira en un espejo para descubrir detrás de su voz la voz de la Lengua. La lectura compleja alimenta la capacidad de análisis, como el análisis sintáctico mejora la comprensión lectora. En la época de la EGB se estudiaba la oración compuesta a los trece años. Hoy, a los 16 años, apenas se sabe con seguridad las funciones sintácticas de una oración simple.

Siguiendo por esta senda, tampoco sobra decir aquí que nuestros jóvenes están hambrientos de cultura. Es una majadería que tuvo gran éxito con la LOGSE eso de que el profesor ha de buscar los intereses de sus alumnos. Los alumnos desprecian lo que ignoran por un mecanismo simple de miedo ante lo desconocido. Nada más. La apuesta por la cultura clásica como la apuesta por la disciplina se ha identificado con una especie de Antiguo Régimen. Las lecturas obligatorias han caído alarmantemente. Hace treinta años salíamos del bachillerato habiendo leído la Flor nueva de romances viejos, La Celestina, el Libro de buen amor, La vida es sueño… y así hasta Tiempo de Silencio. Y no diré que cualquiera tiempo fue mejor, porque, en lo que a Humanidades respecta, en aquella EGB la cultura grecolatina, tristemente, apenas se abordaba. Pero se leía una literatura española de la que ahora los alumnos leen un resumen del rincón del vago. Nuestros alumnos necesitan hoy más que nunca volver a la lectura sosegada, como necesitan el contacto físico del libro de texto (no de mil imágenes) entre las manos, como deben sentir que su compromiso debería corresponder al menos a los 20 euros que les ha costado. Hacer uno su propia biblioteca: qué bella actividad que el sistema educativo dejó de promover.

Somos los adultos los que tenemos que llevar al alumno a la cultura. Los clásicos tienen la enorme ventaja de que su calidad fue puesta a prueba por el implacable juez que es el tiempo. Si preguntamos al alumno, éste no va a querer leer a Tirso de Molina, ni el romancero, ni las Metamorfosis de Ovidio. Va a preferir hacer un corta y pega en su ordenador con el que cumplir el expediente. Los ordenadores tienen todas las de ganar, o mejor dicho, casi todas: nuestra función de educadores aquí es vital, pues solo nosotros podemos asegurar un muro de contención que en el hogar tal vez no exista.

Es evidente que el control del móvil de los niños lo tienen los padres. Pero la escuela debe promover el trabajo verdaderamente intelectual: acostumbrar a los alumnos a enfrentarse a la soledad y al silencio interior en el estudio. Si algún beneficio ha traído esta época de restricciones no ha sido precisamente el teletrabajo, que dio luz verde el curso pasado a un buen número de alumnos que ahora están sufriendo las consecuencias de la deficiente preparación con que pasaron al curso siguiente. El beneficio de que este curso escolar no estemos continuamente interrumpidos por charlas, celebraciones del “día de” y actividades extras ha permitido una continuidad de horas lectivas que han redundado en beneficio del trabajo intelectual.

Memoria a largo plazo: conciencia de la propia cultura, de la Historia, del ser humano en la Historia, de la finura estética, de la adquisición de lenguaje que es al fin y al cabo pensamiento. Las verdaderas herramientas para defenderse de las multinacionales que quieren meternos un ordenador hasta en el baño, para contribuir, sin duda, a contrarrestar el efecto invernadero. Entiéndase la ironía. Les recomiendo vivamente el ensayo de Nicholas Carr.

Por Javier Horno Gracia

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