El que va sin mascarilla es un sinvergüenza que debería estar en la cárcel. Sálvame edition

Seguramente el Sálvame tiene algún grado de parentesco con una de las nuevas PCR que se realizan por vía rectal. Es decir, sólo se pueden extraer algunos datos interesantes a través de un procedimiento extremadamente desagradable, pero querámoslo o no el Sálvame crea opinión. Si Jorge Javier Vázquez de repente dice en un programa que no le gusta el Toro de la Vega, Pedro Sánchez llama y entra en directo para comprometerse en la lucha contra el maltrato animal. Cosas como esta podrían hacer que nos preguntáramos quién tiene el poder real en España, si los políticos o los presentadores de televisión, y si por tanto dedicamos demasiado tiempo a analizar lo que hacen o dicen los políticos y demasiado poco a lo que hacen o dicen los presentadores de televisión. Por pintoresco que resulte, puede ser que para tomar la temperatura del país en algunos asuntos haya que dedicar algún tiempo a programas como el Sálvame.

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Así las cosas, ayer en el Sálvame se produjo una extraña situación. Una ex-colaboradora del programa comparecía ante el alto tribunal de opinadores-inquisidores para ser juzgada tras haber sido difundidas unas fotos de una fiesta de cumpleaños en su casa sin cumplir las normas de aforo, distancia, ni mascarillas. Pese a su arrepentimiento y propósito de enmienda, los magistrados-lapidadores no tuvieron piedad de la infractora a la que llamaron escoria y le desearon la cárcel. Poco importa que alguno de estos magistrados-inquisidores hubiera publicado pocas semanas antes fotos celebrando su cumpleaños o el año nuevo en lugares cerrados, sin mascarilla y con no convivientes. Si para tirar cascotes se tuviera que estar libre de pecado, en vez del Sálvame habría en Telecinco 24 horas de documentales sobre los delfines.

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Lo noticiable, sin embargo, no es que los personajes que pululan por el Sálvame sean tan implacables como incoherentes, cosa que es su pan cotidiano se hable de lo que se hable, sino la lapidación pública de cualquier víctima propicia a cuenta del uso de la mascarilla. En el momento actual, cuestionar la ideología de género o no usar la mascarilla es el equivalente de pronunciar el nombre de Yahveh en vano o negar a Mahoma en otros lugares y otras épocas. La Inquisición, con sus correspondientes inquisidores, y los tabús, con sus correspondientes prohibiciones, van cambiando con los tiempos, pero sólo para ser sustituidos por otros tabús y existiendo siempre un nutrido grupo de vecinos con vocación de altos inquisidores. Ayer en Sálvame vimos cómo debía ser el juicio contra una mujer acusada de brujería, sólo que la acusación actual es haberse quitado en una fiesta en su casa la mascarilla. No hay ninguna razón para pensar que el tipo de personas que se suman entusiásticamente a estos linchamientos mediáticos no se sumarían en otras épocas y circunstancias, con el mismo entusiasmo y la misma falta de pensamiento propio frente a la masa, a cualquier quema de brujas.

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Dicho esto de lo que se trata no es de debatir el uso de la mascarilla, ni siquiera si la excolaboradora sometida al escarnio de la masa efectivamente hizo mal y merece ser reprendida, de lo que se trata una vez más es de cuestionarse el propio escenario.

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Si la excolaboradora es una asesina, una sinvergüenza y una escoria por haberse quitado la mascarilla en un cumpleaños en su piso, y ese es el nivel de exigencia que marca Mediaset a los ciudadanos, ¿por qué en la silla de los acusados se sienta una excolaboradora y no Pedro Sánchez? Es decir, si merece cárcel y ser expulsada de la sociedad una persona que se quita en su casa la mascarilla en una reunión familiar, ¿cuál debería ser la pena para todos aquellos políticos con responsabilidades que no suspendieron el 8M, que por no suspender el 8M mantuvieron todo el resto de actos masivos, o que estuvieron desaconsejando el uso de la mascarilla hasta el mes de mayo? Si la humilde excolaboradora es nada menos que una asesina en potencia que merece ir a la cárcel por una fiesta en un pisito, ¿qué merecen los que ya en marzo todavía aconsejaban a millones no preocuparse por el coronavirus o hasta mucho después no usar mascarilla?

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Obviamente hay algo que no encaja en toda esta historia. Los gobernantes se las han apañado para darnos el gran cambiazo. En vez de estar ellos sentados en el banquillo mediático, nos colocan a una pobre mujer cuyo reproche en todo caso sería infinitesimal frente al que merecería el gobierno. Pero ese cambiazo no es casual. No es una mera falta de lógica o de coherencia. Es un cambio total en el relato y en la atribución de responsabilidades por la situación. ¿Cuál sería por otro lado la responsabilidad de los medios que, mientras las bolsas mundiales se desplomaban por el pánico y los contagios se multiplicaban, se reían de los que advertían de la que se nos venía encima?

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Al final todo esto desemboca en la conclusión de que para ver el Sálvame antes hay que leer la Biblia. Todos aquellos que eligieron una educación laica y no saben por qué hablamos de que alguien es más viejo que Matusalén, o de que ha caído un diluvio cuando llueve mucho, tampoco sabrán por qué hablamos a menudo de la existencia de un chivo expiatorio. Según se explica en el Levítico y celebran los judíos en el Yom Kipur, el pueblo de Israel purgaba con el año nuevo los pecados del año anterior mediante el sacrificio de un chivo que cargaba con las culpas de todos los judíos. O sea, no era cosa de inmolarse el pueblo por sus pecados pudiendo cargar la culpa sobre un pobre chivo e inmolarlo a él. Tanto da si pensamos que se trataba de un acto de piedad de Yahveh o de que los judíos tenían un poco de jeta, el caso es que la excolaboradora que fue mediáticamente inmolada ayer en el Sálvame era exactamente un chivo expiatorio. Alguien al que se le trasvasan las culpas propias para inmolarlo. Resulta bastante evidente que quieren eliminar la religión de los colegios para que las nuevas generaciones no puedan entender lo que pasa en el Sálvame. Pero lo que pasa en el Sálvame no es importante por pasar en el Sálvame, sino por ser un buen termómetro del relato que nos están imponiendo.

 

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