Cambiar al ministro de Sanidad en plena pandemia

Resulta difícil establecer qué resulta más increíble, si que el ministro de Sanidad haya abandonado su puesto en plena pandemia para hacer campaña electoral en Cataluña como candidato a la presidencia, o que el país lo haya aceptado -aparentemente- con toda naturalidad.

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Cuesta pensar que haya que poner el acento sobre algo como esto, pero estamos ante una tesitura sanitaria absolutamente histórica, en la que por un lado nos jugamos la ruina de la nación y por otro tenemos un acumulado de alrededor de 70.000 muertos. ¿Qué clase de insensatos tenemos al frente del gobierno que el máximo responsable de la administración sanitaria abandona su puesto en plena pandemia para hacer campaña electoral? ¿Hasta ese punto les importa poco la muerte de tantos españoles y la ruina de tantos otros?

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Si alguien no se puede mover en este momento de su puesto, no al menos por hacerlo supuestamente bien, es justo el ministro de Sanidad. ¿Qué significa mandarlo ahora a la campaña electoral catalana? ¿Significa que al frente del Ministerio de Sanidad había un incompetente figurón que no pintaba nada, cuya experiencia adquirida a lo largo de esta pandemia carece en absoluto de valor, y que por eso se le puede cambiar de puesto sin ningún perjuicio? Por increíble que parezca esa sería la hipótesis menos mala, porque pensar que se ha eliminado a un gestor competente y experimentado en plena pandemia es todavía peor. Si, siguiendo la lógica de Moncloa, Illa es un candidato estupendo porque está haciendo un trabajo fenomenal con la pandemia, ¿qué irresponsable lo quitaría como ministro justo en este momento? Juzgado Pedro Sánchez a la luz de su propia lógica, el juicio es devastador.

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No menos increíble es que Illa abandone su puesto en un momento crucial, quizá a las puertas de la tercera oleada de contagios, porque en Moncloa se piense que Illa gracias a la pandemia se ha convertido en un personaje apreciado por el electorado catalán. Por un lado asustan las prioridades de Moncloa, que parece poner por delante de la lucha contra la pandemia el resultado del PSC en las elecciones catalanas. Por otra parte, no cabe en cabeza humana que el ministro de Sanidad del país que peor ha gestionado la crisis sanitaria sea un tipo popular y un buen candidato electoral. Para que esto sea así, con las cifras de muertos y contagios que ostentamos, ¿cuál tiene que ser el nivel de desinformación y manipulación? ¿O va a descubrir sorpresivamente Moncloa el día de las elecciones que Illa era un candidato catastrófico?

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Por supuesto Illa negaba que fuera a ser candidato 24 horas antes de hacerse pública la decisión. Si la capacidad para mentir sin despeinarse es una cualidad imprescindible (tal vez de hecho la única cualidad imprescindible) en cualquier candidatura socialista, como vimos a lo largo de todo el año pasado, entonces sí puede que Illa sea un candidato formidable, no digamos para Cataluña donde el esfuerzo y la destreza para mentir seguramente exigen un talento superior. Sin ir más lejos, la primera declaración de Illa como candidato ha sido afirmar que no pactará con independentistas. Es todo absolutamente inmoral y demencial.

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Por si todo no resultara abrumadoramente inquietante, cuando Illa decidió en base a oscuros datos y comités el confinamiento de Madrid, comunidad con la que ha mantenido una permanente tirantez y hostilidad, esa hostilidad se interpretó como un indicio de que precisamente podía llegar a ser designado como candidato a presidir la Generalidad. Parecía indignante que alguien siquiera sugiriera que se podía estar castigando por motivos puramente políticos a Madrid sólo para popularizar a un futuro candidato a la Generalidad, pero hete aquí que ya tenemos al personaje convertido en candidato a la Generalidad.

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Como remate a todo este estrambote tenemos al candidato sustituido, el inefable Miquel Iceta, que sería compensando con el puesto de ministro de Política Territorial. Equilibrios políticos y juegos de cargos aparte, ¿hay aquí algún puesto dirigente al que se acceda por mérito y capacidad? No olvidemos que el propio Illa, sin saberse obviamente lo que le iba a caer encima, fue designado como ministro de Sanidad sin ningún tipo de cualificación, por otro cambalache y una cuestión de cuota gubernamental del PSC. ¿En qué momento este país se dejó de indignar por todo esto y lo empezó a contemplar con absoluta naturalidad? Con estos personajes al frente de la política y estas prioridades para su actuación, ¿en qué nos puede sorprender que nos encaminemos a un desastre sanitario, económico y político total?

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Comentarios (1)
  1. mac says:

    Qué esperar de unos gobiernos que tiene ministerios de ‘sanidad’ que promueven el aborto -un mínimo de 99149 muertos- y la eutanasia para los que superen ciertos estándares.

    Había que ver cómo aplaudía la aprobación de la eutanasia la exministra que impulsó el aborto a demanda.

    ¿De qué nos sorprendemos?

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