A Chivite se le caen los ingresos un 9,5%

La Hacienda Foral de Navarra prevé finalizar 2020 con una recaudación líquida de en torno a 3.560 millones de euros, lo que supone un descenso del 9’5% frente a la cifra recaudada el pasado año.

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Los catastróficos datos, aun en forma de avance de cierre, mejoran sin embargo la previsión del mes de mayo, a comienzos de la pandemia, cuando se temía una caída de la recaudación del 20% frente a lo previsto en los Presupuestos Generales de Navarra 2020.

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Estos datos fueron presentados por la consejera de Economía y Hacienda, Elma Saiz, la cual también detalló que, en cuanto al capítulo de impuestos directos, la caída recaudatoria respecto a 2019 sería sólo de un 2’7%, observándose incluso un ascenso en Sucesiones y Donaciones, así como en Patrimonio. Respecto a los ingresos por impuestos indirectos, sin embargo, la caída es del 16% frente al año anterior. La caída del IVA respecto a 2019 representa un descenso del 19% mientras que el apartado de impuestos especiales desciende en un 10%. Estas serían las magnitudes preliminares del agujero en la recaudación.

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Puede existir sin embargo un cierto truco porque al mismo tiempo se nos habla de una ejecución presupuestaria del 88%. Es decir, podríamos estar asistiendo a los primeros recortes en la práctica aunque el gran aparato mediático de la izquierda guarde un estruendoso silencio.

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Paralelamente la ministra de Hacienda, María José Montero, despidió el año anunciando una previsión de déficit público del 11,3% para 2020, lo que ayuda a poner en perspectiva el desbarajuste presupuestario nacional y autonómico al que nos estamos enfrentando.

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Aunque en un momento dado pudiera haberse pensado que las cifras iban a ser todavía peores, lo cierto es que estamos hablando de unos número cataclísmicos. Un déficit del 11,3% es una cifra tan apabullante como insostenible, que iguala el 11,3% que dejó Zapatero en el año 2009, en plena crisis financiera. A nadie se le escapa, por otro lado, que este déficit sólo lo puede mantener España sin quebrar gracias al apoyo del Banco Central Europeo, que compra deuda española en cantidades siderales. Al menos de momento. Y también al menos de momento sin contrapartidas o al menos contrapartidas públicamente confesadas por el gobierno.

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El problema sin embargo puede llegar de cara al año que viene. La persistencia de la pandemia y la lentitud de la llegada de la vacuna anticipan de momento un mantenimiento de la anormalidad y la tensión económica. Seguramente los datos de 2021 no serán peores que los de 2020, pero no van a ser buenos. Es decir, si la crisis y la caída de la recaudación deja un agujero del 11,2% en 2020, en 2021 el agujero podría ser menor, pero seguiremos teniendo un enorme agujero, sobre todo si sigue sin practicarse ningún tipo de contención en el gasto.

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Para ilustrar todo lo anterior interesa recordar que el estado español cerró el año 2019 con un déficit del 2,8%. Es decir, antes de la pandemia ya teníamos las cuentas descuadradas. Es más, el estado español lleva más de una década con las cuentas descuadradas y encadenado cierre anual tras cierre anual deficitario. Si incluso yendo las cosas bien teníamos un déficit del 2,8% y ahora con la pandemia se nos dispara al 11,2%, ¿en qué va a consistir la política presupuestaria española? ¿En que el déficit sea del 3% los años buenos y del 11% los años malos? ¿Cómo va a sostenerse eso?

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El que más y peor gasta no es quien más defiende lo público

Como decíamos anteriormente, de hecho el estado español ya es insostenible. O sea, no es capaz de sostenerse él sólo con la riqueza real que se genera en España. Si la administración pública española no se asfixia es tan sólo porque se encuentra conectada al ventilador mecánico del Banco Central Europeo. No ahora, sino hace años, sólo que ahora el ventilador mecánico está echando humo. El problema de no ser capaces de pagar  el estado que tenemos con lo que nosotros generamos es que dependemos por completo de la financiación europea. Estamos por completo a sus expensas. El día en que además se cansen de esa política o resulte demasiado gravosa para la UE, los ajustes serán mucho mayores que los que hubieran sido precisos con una política austera. Por alguna extraña razón el ciudadano común español no termina de entender que cuadrar las cuentas no es una cuestión optativa, sino de supervivencia, y que si no hubiera que cuadrar las cuentas no habría ni quiebras, ni países pobres, ni malos gestores. Por esto mismo tampoco parece que termine de entenderse que quien más dispara el déficit público no es quién más defiende el estado sino quien más lo socava y lo pone en riesgo de quiebra. Si no somos capaces de aprender de una vez en las economías ajenas esa lección, lo acabaremos aprendiendo con nuestro propio dolor.

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