Criminalizar la Navidad

El Gobierno de España, sus gobiernos autonómicos satélites y los altavoces mediáticos afines han encontrado un nuevo enemigo mortal al que destruir para acabar con el coronavirus. No, no hablamos de la libertad y de los derechos individuales y colectivos de los españoles, que ya han sido machacados con el estado de alarma, hablamos de la Navidad.

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Que la Navidad no le gusta al gobierno de progreso es un hecho difícilmente contestable como todo lo que tiene algo que ver con el cristianismo. El problema del cristianismo para la izquierda es la separación Iglesia-estado. La Iglesia es un organismo que está fuera del estado, que es ajeno al gobierno, que por tanto no se encuentra bajo el poder del gobierno. No es como el CGPJ. El gobierno no le puede decir a la Iglesia lo que tiene que predicar ni a los creyentes lo que tienen que pensar. Por este motivo la Iglesias es un sujeto inherentemente molesto para el gobierno, por no decir una amenaza. Es decir, es una entidad influyente e independiente. Lo último que le gusta a cualquier gobierno y menos aún a un gobierno plagado de elementos totalitarios.

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Ya hace tiempo que la izquierda viene tratando de socavar los cimientos navideños con la matraca del solsticio, los gastos en luces, las reinas magas republicanas o los belenes marcianos, además de la campaña permanente, por todo lo expuesto, para desprestigiar a la Iglesia Católica, que es seguramente la institución más importante a la hora de plantar cara de una forma muy molesta en cuestiones como el aborto, la eutanasia o la ideología de género. No es que al gobierno le gusten los ritos paganos y solsticiales, es que toda esa insulsa parafernalia no le supone ningún desafío ideológico.

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Dicho esto, la pandemia y el estado de alarma le ofrecen al actual gobierno ultraizquierdista una ocasión de oro no ya para atacar la Navidad, sino casi directamente para prohibirla. En este país hemos tenido no ya el 8M, sino un presidente que  en verano anunció la derrota del coronavirus y que lo disfrutáramos mucho, hemos tenido elecciones gallegas y vascas, hemos reabierto todas las universidades y colegios, por cierto sin que se produjera el apocalipsis epidémico, todos los días la gente va a comprar a los supermercados, pero el peligro mortal de este país es que llega la Navidad.

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A nadie se le escapa que la celebración de la Navidad en estas circunstancias representa un desafío y que habrá que extremar por un lado la imaginación y por otro las medidas de seguridad, nadie a estas alturas desconoce el peligro ni quiere infectar a sus seres queridos, pero el ataque a la Navidad al que estamos asistiendo va mucho más allá de lo razonable y de la salud.

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Por una lado el gobierno vuelve a aprovechar la ocasión de vendernos una realidad en la que los ciudadanos son unos descerebrados y unos irresponsables a los que hace falta un gobierno que los guíe y sujete con mano de hierro, aunque alguien podría pensar que la moraleja de esta crisis podría ser exactamente la contraria, que los descerebrados con sus descerebrados consejos son los que han estado al frente del país y que es a ellos y a sus abusos de poder, aprovechando al pandemia, a los que habría que controlar con mano de hierro. A fin de cuentas la democracia parte de la base de que la gente no es totalmente retardada. O sea, no se puede sostener que la gente es retardada y dejar que la gente elija el gobierno. En este sentido resulta curioso ver a políticos que por un lado presumen hasta la nausea de sus convicciones democráticas tratar constantemente como idiotas a los ciudadanos que les votan, y consiguientemente limitando sus libertades y derechos. ¿Creen que la gente no se está relacionando ya según lo estime su nivel de prudencia? Eso sí, el gobierno central deja a  las autonomías que asuman las limitaciones impopulares.

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Por otro lado, criminalizar la Navidad es algo que al gobierno le viene perfecto de cara a una próxima oleada de contagios. Es decir, claramente el gobierno no tiene bajo control la epidemia. El gobierno español, de hecho, es el peor del mundo en cuanto a la gestión de la pandemia. Al no tener controlada la pandemia, y en espera de la vacuna, no hacemos más que pasar de un ciclo de confinamiento radical a un ciclo descontrol de los contagios. Obviamente esto está pasando desde marzo con o sin Navidad, pero ahora el gobierno tiene una excusa perfecta para echarle la culpa de la próxima ola a la Navidad. Todo lo que estamos viendo es al gobierno buscando la manera de que la responsabilidad por la próxima ola recaiga sobre la Navidad y los ciudadanos, mientras calcula que con la vacuna y un poco de suerte a lo mejor ya no hay cuarta ola o es ya una ola mucho menos intensa. Protejan ustedes muy bien su salud del coronavirus y protejan ustedes mejor aún su libertad del gobierno.

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