Cheque escolar y gran éxito de la caravana de la libertad

Existen muchas formas de medir el éxito de una manifestación y la menos importante no es lo molesta que le resulta esa manifestación al poder contra el que se convoca. Tomando este criterio como elemento de medición de la manifestación de ayer contra la Ley Celaá, el éxito fue apabullante. El éxito también fue apabullante desde cualquier otro punto de vista, por ejemplo el de la multitud que acudió en sus vehículos a protestar ante este atentado sin precedentes contra la libertad educativa.

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Aunque la manifestación contra la nueva Ley de Educación tuvo lugar en casi todas las grandes ciudades españolas, el éxito de la convocatoria en Navarra resultó particularmente llamativo. Alguien podría preguntarse hasta qué punto este tipo de manifestaciones son eficaces. No obstante, la experiencia de los últimos años con la manifestación en defensa de la bandera de Navarra, o en contra de la imposición del euskera, ponen en evidencia que puede ser un error que se paga caro en las urnas ignorar estos avisos de esa parte del pueblo navarro que sólo excepcionalmente se moviliza. Para empezar, tras esas dos manifestaciones cayó el cuatripartito. Un cuatripartito que por supuesto ignoró, despreció y hasta vituperó aquellas convocatorias, a las que por cierto se sumó un PSN liderado por una María Chivite que ahora ha sido sustituida por un clon generado por Bildu.

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En la manifestación de ayer, además de la gran participación, se hace preciso señalar además la transversalidad de la participación. Entre los manifestantes los había de muy diversas ideologías y diferentes modelos educativos. Por supuesto el ahora pentapartito y el gobierno central pueden ignorar por completo las protestas. En política, ignorar el creciente descontento de la gente suele ser una estrategia de lo más perdedora. Imaginen que además los manifestantes tuvieran el apoyo de la mayoría de los medios.

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Ante la extensión del descontento el discurso dominante ha vuelto a activar a su filósofo orgánico, el peneuvista Daniel Innerarity, el cual volvió a demostrar su incapacidad para enfrentarse al guión establecido marcándose un Verstrynge. Es decir, se podrá pensar lo que sea de Verstrynge, no digamos de lo que piensa, pero no se puede negar la capacidad de Verstrynge de pensar por libre, por eso puede tener algún interés saber lo que piensa. Saber lo que piensa Inneararity no tiene interés porque una vez que sabemos lo que piensa el poder ya sabemos lo que a continuación repetirá don Daniel. En este caso, la tesis de Innerarity para defender la Ley Celaá de imposición es que los padres están muy equivocados si se creen que ellos escogen el colegio de sus hijos, porque son los colegios los que escogen que sus hijos estudien en ellos.

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O sea, que en realidad los alumnos que estudian en el Instituto Iturrama querían ir al Redín, y los del Redín a Biurdana, pero fueron elegidos por los centros para ser repartidos de esta otra manera. Hombre, en esto de que el modelo D te elija a ti y no a la inversa el filósofo de partido puede tener en algunos lugares alguna razón, sobre todo si no existe una oferta alternativa en español. Por esa regla de tres, no obstante, como se le espetó en las redes sociales tampoco habría que dejar a los alumnos escoger las carreras, ya que serían las facultades las que escogerían a los estudiantes y no los estudiantes los que escogerían las facultades. Desde luego a las primeras a las que habría que quitar el derecho a elegir la carrera que quieren estudiar es a las mujeres, ya que no saben escoger y se decantan siempre por carreras como derecho, magisterio o enfermería, despreciando en cambio la informática o la ingeniería. Otra derivada interesante de la ingeniosidad de Innerarity es si vamos hacia un modelo en que los ciudadanos eligen el tipo de gobierno que quieren o uno en que los gobiernos eligen al tipo de ciudadanos que quieren. La Ley Celaá que defiende Innerarity, ¿por cuál de los dos modelos dirían ustedes que apuesta? Por lo demás saltan a la vista la fobia a la libertad y el gubernamentalismo del pensamiento Innerarity. Incluso asumiendo que en alguna medida los colegios puedan escoger a los alumnos, la solución sería fortalecer la capacidad de elección de los padres en vez de recortarla, así como aumentar la cantidad, pluralidad y competencia de la oferta educativa para adecuarla a la demanda, no imponer una educación gubernamental uniforme.

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El maldito cheque escolar

Abundando en lo anterior, cualquier restricción a la libertad educativa de los padres debe encontrar una solución que signifique más libertad, no más imposición. Y en ese sentido una vez más viene a evidenciarse la necesidad urgente de implantar el cheque escolar. Es decir, aquí no es el estado el que paga los colegios a los padres sino los padres los que pagan los colegios al estado. Resulta preciso devolver a los padres el dinero de los impuestos en forma de cheques escolares, para que el gobierno no pueda quitar a los padres el dinero del colegio de sus hijos para después chantajearlos para imponerles la educación que quiera el gobierno. Hay que devolver los recursos a los padres para que las familias puedan elegir con libertad el tipo de educación que quieren.

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Todos los estatalistas parten además de un evidente fraude argumental. Quieren que el gobierno se haga cargo por completo de la Educación de los niños, pero sólo si ellos están en el gobierno. Cuando pierden el poder y salen del gobierno, esos mismos estatalistas ya no aceptan en absoluto que el estado decida e imponga la educación o el idioma en los colegios, o la programación de las televisiones públicas. Ni siquiera es que frente a la libertad apuesten por la imposición en general. Apuestan sólo por su imposición particular. Lo cual ni siquiera es inteligente porque al final la única opción que les protege permanentemente frente a la imposición por turnos, también a ellos, es la libertad educativa. Pero claro, a un filósofo que diga esto no le van a publicar artículos en los grandes medios, ni le van a conceder ningún premio, ni le van a ayudar a vender ningún libro.

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