El escepticismo de la Escuela Austriaca hacia el Estado: ¿moralidad o utilidad?

Eduardo Gómez 17 noviembre 2020 Noticias, Opinión
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‘’Los lugares más oscuros y fríos del infierno, están reservados para aquellos que mantienen su neutralidad en tiempos de crisis moral’’, reza uno de los tercetos de La Divina Comedia, del poeta italiano Dante Alighieri. No era il sommo poeta un libertario, pero si era consciente del alto valor que la libertad supone para el individuo.

Corren tiempos oscuros para la humanidad: las ideas revolucionarias pronto suplantarán los valores que nos han traído hasta aquí. El progresismo (que no el progreso) ha tomado un camino concreto: su objetivo es la destrucción final de Occidente, y todo lo que nuestra civilización representa. La revisión de la historia con enfoque político o la exigencia constante de derechos positivos por parte de ciertos colectivos son la manifestación innegable de la decadencia a la que caminamos con paso acelerado. Y la realidad es, que una vez más, el Estado es la causa de todos nuestros problemas.

Continuamente observamos críticas utilitaristas al Estado. Estas críticas suelen tratar con datos la eficiencia económica del Estado, argumentando que los impuestos podrían invertirse de una manera más correcta o que el peso del Estado debe reducirse (generalmente, reducirse poco). Por supuesto, estoy refiriéndome a la rama más liberal de la política: aquellos que no quieren acabar con el Estado, pero quieren ‘’controlarlo’’ a su medida.

Este argumento presenta dos errores que serán mi objetivo a tratar a lo largo de este artículo. El primero, que el Estado es incontrolable y tiende a crecer por definición. El segundo, que incluso en caso de que el Estado pudiera ser económicamente eficiente, seguiría siendo absolutamente inmoral.

Sobre el crecimiento incontrolado del Estado

Intentar limitar al Estado es el mayor acto de fe que un individuo puede realizar. Los Estados llevan décadas creciendo, aumentando el peso que cargan sobre sus ciudadanos, coaccionados a mantener y financiar cualquier iniciativa que el gobierno de turno decida acometer. En ‘’Crisis and Leviathan’’, libro del autor Robert Higgs, cualquier individuo puede consultar como los gobiernos norteamericanos tendieron a crecer de manera desorbitada en tiempos de crisis.

En la actual crisis que lamentablemente estamos viviendo, también hemos observado como el Estado ha crecido hasta coartar libertades que no había coartado en las últimas décadas. ‘’El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente’’ denunciaría Lord Acton.

Sólo desde el paradigma neoclásico, o desde el enfoque keynesiano, podría un individuo contemplar la posibilidad de que el Estado reasignara correctamente los recursos escasos disponibles en la naturaleza: sean bienes de consumo o bienes de capital, estos recursos están limitados y es la institución de la propiedad privada la que asegura la eficiencia de estos bienes. El gran economista Austriaco Jesús Huerta de Soto nos recuerda que la información que satisface las necesidades de todos los individuos de un Estado no sólo conforma un volumen de información desmesurado, sino que es un problema irresoluble, pues esta información aún no ha sido generada, y las circunstancias, condiciones y preferencias que influyen a un individuo en su decisión de consumo (elementos que son puramente subjetivos) son simplemente impredecibles. Este es el conocido como teorema de la imposibilidad económica del socialismo, que puede ser renombrado como teorema de la imposibilidad económica del estatismo si queremos incluir variantes suaves del socialismo como la socialdemocracia o el socioliberalismo, así como el liberalismo social.

El Estado nunca podrá regularse: parafraseando lo que Mario Conde comentaba en una entrevista, ‘’el sistema tiene varios mecanismos para atacar al hereje: si puede le quita la vida; si no puede, le quita la libertad. Para que pierda la libertad y no la recupere, le quita la hacienda. Y para que no la recupere definitivamente, humilla su dignidad. Para cada una de estas cosas, existen los instrumentos necesarios’’.

Todos estos argumentos que he mencionado, sumados a que la sociedad tiende a una alta preferencia temporal y prefiere vivir de subvenciones del Estado que trabajar para conseguir su beneficio económico, son sin duda argumentos que podrían utilizarse para atacar a aquellos que constantemente defienden al Estado.

Pero estos argumentos contienen un vacío, un error: para alguien convencido de la necesidad del Estado, siempre existirá la posibilidad de justificar a este ente abstracto. ‘’ ¿Y si los impuestos realmente se organizaran de manera correcta? ¿Y si el Estado limitara las subvenciones? ¿Y si los impuestos tuvieran un límite?’’. Siempre existirá una posibilidad, por remota que parezca, de que el Estado pueda llegar a un mínimo de eficiencia.

Sobre la inmoralidad del Estado

La crítica correcta al Estado debe partir de la moral, que es inherente a la naturaleza humana. Sólo así la crítica perdurará independientemente de la eficiencia o no del Estado, de la buena o mala intención de nuestros gobernantes o del supuesto bienestar de una parte de la población.

El Estado es un ente inmoral, puesto que impone su moralidad temporal, dependiente del gobierno momentáneo. La degeneración moral que observamos a nuestro alrededor no tiene precedente histórico. Por un ejemplo, la serie Cuties causó reciente revuelo en Twitter por su póster publicitario en el que aparecían menores. Son parte de la alta preferencia temporal a la que el Estado nos induce, a través de mecanismos como la reserva fraccionaria y las subvenciones, desmontando la cultura del trabajo.

El Estado es un ente inmoral, puesto que nos coacciona económicamente. Ningún impuesto es moral, ni siquiera el impuesto mínimo. Les invito a hacer la siguiente reflexión, parafraseando a Bastos: ‘’ ¿conocen ustedes a alguien que quiera pagar más impuestos? No, todos intentamos reducir el porcentaje de dinero que tenemos que entregar al Estado. Si pagar impuestos fuera algo moral, todos querríamos entregar más dinero al Estado, incluso donaríamos el 100% de nuestros ingresos. La realidad es que esto no ocurre’’. Los impuestos, de ahí viene su nombre, son una imposición de una clase política a los trabajadores para mantener sus privilegios. Esta es la verdadera lucha de clases: parásitos contra trabajadores.

El Estado es un ente inmoral, puesto que limita nuestras libertades como la libertad de movimiento, duramente coaccionada en estos últimos tiempos. A los anarcocapitalistas se nos suele preguntar si no pensamos que el coronavirus es la demostración de que el Estado es necesario: al contrario, la mala gestión gubernamental es la clave de todo. El problema del coronavirus en España fueron los intereses políticos que nuestro gobierno mantuvo hasta después del 8M. En una sociedad anarcocapitalista voluntaria, todos los posibles habitantes de una comunidad que hubiera tomado estas medidas, habrían abandonado la comunidad y llevado a dicha comunidad a la ruina.

El Estado es un ente inmoral, puesto que nos envía a guerras que se inician para satisfacer las necesidades del gobernante en cuestión. Muchos libertarios estadounidenses como Llewellyn Rockwell han criticado duramente las decisiones de los respectivos gobiernos de esta gran potencia, que constantemente han iniciado guerras contra países de medio oriente, para luego recibir el premio Nobel de la Paz.

Ni una sola de las acciones que el Estado pueda realizar, sea la aprobación de leyes, sea el aumento de los impuestos o sea el aumento de la cantidad de subvenciones puede ser moral: y es que sólo en un sistema de anarquía el hombre tiene una carga moral absoluta, sólo al disfrutar de una libertad negativa máxima puedo elegir que acciones realizo, en base a mi razón y a mi voluntad. El hombre volverá a valorar la importancia de obrar de manera correcta, y se acercará al camino de la virtud. Defendamos el ataque al Estado por ser absolutamente inmoral.

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