¿Es el momento de las ciudades chárter?

Traducido del inglés, publicado en The Oxford University Politics Blog

En 2009, el ganador del Premio Nobel y antiguo Economista en Jefe del Banco Mundial, Paul Romer, propuso el concepto de ‘ciudades charter.’

A diferencia de las zonas económicas especiales, las ciudades charter están pensadas para ser unidades casi soberanas localizadas dentro de Estados ya existentes, que harían de garantes ante otras naciones extranjeras. Este arreglo no solo construiría un marco económico separado para el territorio designado, sino que también establecería un sistema de autonomía legal y política respecto al Estado anfitrión.

Esto, creía Romer, crearía epicentros urbanos para estimular la economía del Sur Global. Este artículo examina el proyecto de Romer analiza la aplicabilidad inmediata de un proyecto como este, en consideración de la rigidez que tienen las ideas de soberanía territorial para los Estados.

Desde 2009, la idea de ciudades charter han ido ganando tracción y fuerza. No solo sus propositores un think tank, el Charter Cities Institute, pero de manera notable, los jefes de Estado en Honduras y Madagascar procedieron a implementar la propuesta de Romer, sugiriendo que “el concepto ha pasado de discusiones teóricas y académicas a la realidad.”

Recientemente en este año, este mismo concepto reemergió como tema de especulación mediática, tras las conversaciones que se dieron entre el magnate de bienes raíces Ivan Ko y eo gobierno irlandés, en las que se propuso la construcción de un refugio para acoger miles de migrantes y refugiados de Hong Kong, que adoptaría la forma de una ciudad semi-autónoma dentro de Irlanda.

Desde luego, Mark Lutter, el Fundador y Director Ejecutivo del Charter Cities Institute, también declaró, por julio de 2020, que “¡el momento de las ciudades charter está aquí!”

Los detractores de esta propuesta ya han presentado argumentos legítimos contra el concepto de ciudad charter en base a aspectos normativos, ya sea criticándolas como un tipo de colonialismo reciclado o una forma de neoliberalismo con ‘viagra’, y otros han cuestionado su aplicabilidad práctica.

Pero incluso reconociendo las dificultades técnicas obvias, Romer insiste no hay, en esencia, “ningún impedimento, más allá de las fallas de imaginación”, para que puedan ejecutarse las ideas de ciudades charter.

Romer está en lo correcto al sugerir que la ‘imaginación’ puede ofrecer prospectos de alternativas influyentes al ordenamiento del espacio político. Sin embargo, la idea de Estado territorialmente soberanos—la forma esencial en la que el mundo moderno está conceptualizado y prácticamente organizado—genera un desafío sin duda fuerte, independentemente de cualquier impedimento técnico.

Hendrik Spruyt cree que la superioridad organizacional del Estado soberano permite que pueda sobreponerse a otras formas de organización política que puedan rivalizarla, como son las ciudades-Estado, que fueron declinando progresivamente entre los siglos XV y XVII.

La prominencia del Estado soberano solo ha aumentado y con ello su universalización se han vuelto gradual desde el final la Segunda Guerra Mundial y la era de la descolonización. Evidentemente, formas de soberanía híbrida nunca dejaron de existir, como lo fueron el Estado Libre del Congo a finales del siglo XIX, las jurísdicciones especiales que existen actualmente para territorios como Guam o Hong Kong.

Incluso así, en el sistema internacional contemporáneo, estos entes son exceptionales, y no son comúnmente aceptados como modos adecuados para ordenar unidades políticas.

Mientras las capacidades tributarias y bélicas de los Estados soberanos son integrales para su supervivencia, las ciudades chárter se van presentando más y más como una nueva frontera en la organización política mundial, que se ve plagada por los males del subdesarrollo.

Como lo plantea Lutter, las ciudades charter ofrecen “a promising solution to the challenges of poorly managed urbanization and poverty.” Ahora bien, que estos retos vayan a ser estimulos radicales para reestructurar al espacio politico en la forma de ciudades charter sigue estando indeterminado en el momento presente.

Naturalmente, sus proponentes parecen ser cuidadosos para evitar presentar a las ciudades charter como una ruptura radical con sistema de Estados soberanos, pero siguen construyendo este tipo de ciudades como “la siguiente generación de zonas económicas.”

Respondiendo a las acusaciones de que las charter cities reducen la soberanía de los países en desarrollo, Romer insiste que la naturaleza voluntaria de las ciudades charter, que sólo pueden fundarse bajo donación de la autoridad soberana legal que controla el territorio en cuestión.

Esto, según Romer, distingue a las ciudades charter de una posesión colonial adquirida mediante coerción. También las distingue de una idea potencialmente contenciosa de fideicomisos internacionales que son fundados por, y por tanto derivan su autoridad de, la comunidad internacional, ya que las ciudades charter existen únicamente con autorización del Estado soberano anfitrión.  

Sin embargo, un elemento clave subestimado por sus proponentes persiste en el vínculo inextricable entre las concepciones modernas de soberanía y territorialidad.

Concretamente, una enmienda del año 2012 que permitía la introducción de ciudades charter en Honduras fue vetada por la Corte Suprema Hondureña en base a una aparente violación de la soberanía national, que hacía que fuera “inconstitucional.”

Igualmente, el presidente de Madagascar, Marc Ravalomanana, que es partidario entusiasta del modelo de ciudades charter de Romer, fue depuesto antes de que ninguna acción tangible fuera realizada para construir una ciudad así.

E incluso si su deposición fue precipitada por un acuerdo en que otorgaba aproximamente la mitad del suelo arable del país of a la corporación surcoreana Daewoo, el caso de Madagascar demuestra la naturaleza profundamente controversial de temas relacionados con soberanía y territorio.

En un estudio reciente sobre el papel histórico de los ‘Estados corporativos’ (por ejemplo, las Compañias de las Indias Orientales Inglesa y Neerlandesa) que tuvieron en la formación de la sociedad internacional moderna, Jason Sharman y Andrew Phillips desarrollan el prospecto de entes híbridos entre corporativos y neo-medievales en el presente orden internacional.

Su conclusión apunta a que la “hostilidad” que las ciudades charter “han provocado consistentemente” demuestra la “rigidez del Estado, y la profunda resistencia a desviaciones de esta forma.”

Nada de esto sugiere que las ciudades charter sean imposibles. Los conceptos de soberanía obviamente no son estáticos, como ni siquiera las reflexiones sobre los ‘estándares de civilización’ decimonónicos o la norma de Responsibilidad para Proteger pueden hacer parecer. Simplemente el entendimiento contemporáneo de los Esstados como entes con soberanía territorial viene acompañado con cierto grado de apego que inhibe proyectos radicales, que por el contrario, no atentan sino que demuestran que esa concepción no es intrínsicamente inmutable.

Así, tal vez son más las dificultades de localizar garantes extranjeros adecuados, problemas de déficit democrático, y asuntos logísticos, entre otros, las que proveen retos perennes a los proyectos de ciudades charter.

Y aún así, sin tomar en cuenta la reconceptualización de la soberanía que demanda un proyecto como este, es ciertamente muy probable que las ciudades charter queden como fragmentos elusivos de la imaginación política, por ahora.

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