Ser presidente con menos votos que tu rival

El peculiar sistema electoral de los EEUU puede dar lugar a situaciones que, desde este lado del océano, nos pueden resultar un tanto sorprendentes. Las anteriores elecciones, sin ir más lejos, Hillary Clinton en realidad obtuvo algunos votos más que Trump, pero Trump se hizo con la victoria al obtener más voto electoral. Se impone por tanto explicar la diferencia entre el voto popular y el llamado voto electoral.

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El voto popular es simplemente la cantidad de votos que los estadounidenses han depositado en las urnas. Pero se puede tener más votos que el rival y perder, porque además del voto popular está el voto electoral. O sea, la presidencia de los EEUU no se decide por el resultado del voto popular en todo el país, sino que los estadounidenses votan en cada estado, cada estado tiene cierto número de votos electorales y el presidente lo eligen los estados con sus votos electorales. Los votos electorales de cada estado son proporcionales a su población.

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En realidad esto tampoco es tan distinto de lo que sucede en España. Al presidente del gobierno tampoco lo elegimos por voto popular directo, sino que cada circunscripción elige a unos diputados para el Congreso que son los que eligen, indirectamente, al presidente. A su vez, para obtener un diputado en Teruel no hace falta el mismo número de votos que en Madrid. En ocasiones nuestro sistema da lugar a situaciones como tener que repetir elecciones tres veces para nombrar presidente. Puede que al otro lado del charco sea lo nuestro lo que les parezca peculiar a los estadounidenses.

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Una diferencia importante, no obstante, es que en los EEUU el que gana en un estado se lleva todos los votos electorales de ese estado. Es decir, si por ejemplo en Texas hay en juego 38 votos electorales y un candidato gana con el 53% de los votos populares, no se reparten los votos de modo que uno se lleve 20 y otro 18: el ganador se lleva los 38 votos electorales.

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De este modo, toda la gente que vota en un estado al candidato que pierde se queda sin representación. Esto beneficia a un candidato en un estado pero le perjudica en otro, obviamente el tablero de juego electoral resulta a veces complejo. La estrategia llega a tal punto que en ocasiones los candidatos ni hacen apenas campaña y gastan recursos en estados que dan por perdidos.

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Pudiera suceder también con este sistema que hubiera dos estados con, imaginemos, 10 votos electorales, ambos más o menos del mismo tamaño. Si en uno gana el candidato A con el 100% de los votos y en el otro pierde con el 49%, el resultado será que el candidato A tendrá 10 votos electorales con el 74%% del voto popular conjunto, mientras que el candidato B tendrá otros 10 votos electorales con sólo el 26%.

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Con eso y con todo el resultado electoral suele tener globalmente una correspondencia aceptable con el voto popular. Puede suceder que alguien sea derrotado con el 51% del voto popular y que alguien sea presidente con sólo el 49%, pero no que alguien sea derrotado con el 65% de los votos y alguien se convierta en presidente con el 35%. En España, en virtud de la Ley D´Hondt, también es habitual que se obtengan mayorías absolutas con menos del 50% de los votos. De hecho con más frecuencia que en los EEUU.

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En conjunto podría concluirse que cada sistema tiene sus pros y sus contras y que queda muy abierto el debate sobre cuál es mejor. Lo que no vale es aceptar el sistema cuando se gana y rechazarlo cuando se pierde, o esperar a rechazarlo al día después de las elecciones en vez de el día anterior.

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