Recuerdo hoy una de las canciones más bellas del cantautor Silvio Rodríguez, que cantaba sobre ese misterio de la levedad y la grandeza de la existencia: “¿Adónde van las palabras que no se quedaron? (…) ¿Adónde va lo común, lo de todos los días?”. Esos esfuerzos, miles y miles de pequeños esfuerzos de cada día: ¿qué valor tienen? Si nos paramos ante ellos enmudecemos. Nos hacen temer esa levedad de la vida, pero ese temor es el peaje para contemplar la plenitud de la realidad. “Para tu sola vida cuántas vidas / hicieron falta… Piensa en las alcobas, las fiestas, / las guerras, las ciudades, / todo lo que es tu ayer secretamente, / la confabulación milenaria que hizo / que tú fueras”, escribe el poeta Miguel D’Ors.

La mayor parte de los actos humanos quedan en el anonimato. Pero sabemos, en el fondo de nuestro ser, cuando los percibimos como hijos nuestros, que su grandeza no depende de su publicidad. Dónde está la tornada que el abuelo hizo un día cualquiera para regar la huerta. Ay, en un rincón del sótano encontramos un pedazo de jabón casero que utilizaba la abuela. Qué humilde acción la de plantar una mata de tomate. Pero qué decisiva. Qué decisivos fueron cada una de aquellas páginas de caligrafía que hicimos en esas tardes pardas y frías de invierno, que Antonio Machado cantó. Por muy humilde que parezca cada acto, sabemos que nos jugamos el sentido de la vida si no distinguimos el hacer del no hacer. La intención sola no vale. La intención se muere sin el acto.

Estamos en un tiempo en que la relevancia de los actos se queda empañada tras un velo de escepticismo o de relativismo idiota. Pero lo cierto es que cuando los hechos tienen consecuencias sobre nuestras personas nuestra óptica cambia, y entonces todo es decisivo. A lo mejor, ese guasap con la imagen de Julio Iglesias recordándonos que “ya lo sabíamos” tiene más miga que la gracia que lo hizo correr.

Desgraciadamente derivo esta reflexión hacia la pandemia que nos ha tocado: pero esta es la realidad. Y si algo me ha provocado enorme desazón es esa idea (que muchos medios han defendido) de que cualquier país ha cometido los mismos errores que se han cometido en España, con lo que la responsabilidad de este Gobierno se queda en nada. Y eso es simple, llana y abrumadoramente mentira.

Vi una entrevista que se hizo en televisión al doctor Cavadas hace unos días. Es evidente que el Dr. Cavadas no ha optado por la imagen del médico tradicional de aspecto impecable y lenguaje académico. Pero no entiendo esa especie de peaje a la equidistancia cuando no la hay. Cuando Pedro Cavadas critica la gestión que se ha hecho en España, ¿por qué dice que otros lo hubieran hecho parecido? ¿Está diciendo que en España no hay remedio? Si, por ejemplo, se hubiera hecho caso a la oposición cuando en enero pedían control de las fronteras: ¿hubiera sido todo igual? Igualmente, cuando critica las mentiras de China, ¿por qué apuntillar que no se tiene “nada en contra de ese país”? ¿Nada, nada de nada, en contra de un régimen que silenció y sometió a represalias a los médicos que informaron sobre el peligro del virus?

Es demasiado evidente que si esta pandemia le hubiera tocado a un partido de centro derecha, cualquier cifra de fallecidos, por pequeña que fuera, habría sido la excusa para lanzar a todas las televisiones gubernamentales -la mayoría- en su contra, acusándolos de asesinos, que es poco menos lo que le tocó al PP cuando tuvieron que matar al perro Escalibur. Si el virus hubiera salido de EEUU en lugar de China, Donald Trump sería hoy en España el genocida del siglo XXI. Porque aquí somos así de imparciales.

No puedo dejar de alegrarme de que el Dr. Cavadas, como otros, hayan criticado la gestión gubernamental. Pero esa especie de equidistancia perpetua infunde una desagradable sensación de que la responsabilidad haya desaparecido ante una supuesta levedad del ser humano-político. La gestión española tiene nombres y apellidos. Se llama Pedro Sánchez, Salvador Illa, Fernando Simón, Pablo Iglesias; se llama PSOE, Podemos y sus apoyos nacionalistas; y aquí en Navarra se llama PSN, sus adláteres y se llama María Chivite. Y todo empezó a principio de 2020, cuando Pedro Sánchez trataba a Vox de xenófobos por pedir el control den las fronteras. Siguió cuando no evitó las manifestaciones del 8 de marzo y continúa ahora, cuando en vez de dirigir el país, volcando los recursos de control de la pandemia desde el gobierno central, deja un problema de envergadura nacional al albur de cada autonomía.

Pero hoy, aquí y bajo mi responsabilidad, quiero hacer convencido eco de lo que –tengo esa esperanza- muchos ciudadanos pensamos: que en España nos estamos hundiendo en una ciénaga anunciada para quien quiso escuchar. La carga de mentiras (la más alevosa, la de negar la cifra real de fallecidos) y de medidas improvisadas fruto de un fantasmal comité de expertos es tan abrumadora, que buena parte de la población se ha quedado, como vulgarmente se dice, idiotizada. Empezamos la pandemia aplaudiendo en los balcones y la seguimos agachando la cabeza ante un megalómano inverosímil que busca el control absoluto de la Justicia. Ahora en Navarra cierran los negocios de hostelería, que durante estos meses se han esforzado como nadie en procurar tomar todas las medidas a su alcance y más. Pero ellos van a pagar la ineptitud de estos gobernantes, la traición a la verdad de la mayor parte de medios de comunicación y el gregarismo de la población: todos vamos a pagar el precio de la irresponsabilidad.

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Javier Horno (Licenciado en Filología Hispánica y Profesor de Música)

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