Barrett y Trump: ¿Dónde está el dogma?

El arco progresista norteamericano dejó un vendaval de críticas a Amy Coney Barrett por sus creencias religiosas, incluso llegando a realizar ataques mediáticos antes de que el presidente Donald Trump la nominara para reemplazar a la jueza Ruth Bader Ginsburg en la Corte Suprema. Ciertamente aquí se exhibe una nueva vez la paradoja del progresismo.

Recuérdese que en 2017, “la senadora Dianne Feinstein (D-Calif.) habló sobre sus preocupaciones con la candidata a la corte de apelaciones Amy Barrett durante una audiencia de confirmación del Comité Judicial del Senado el 6 de septiembrei donde incluso la demócrata de turno dijo: “El dogma vive fuerte dentro de ti, y eso es una preocupación”. Curiosamente quienes han tomado las ideas del progresismo en forma dogmática son quienes ahora, en nombre del empoderamiento, atacan por su Fe y convicciones íntimas a una jurista que en reiteradas ocasiones se pronunció en favor de la objetividad al momento de juzgar.

En verdad Amy Coney Barrett, como también lo ha sido Antonin Scalia y Clarence Thomas, es una persona de profunda devoción católica. Esto, por ejemplo, representa un problema para la senadora Mazie Hirono, demócrata por Hawái, quien olvida que la prueba de la idoneidad de un candidato para un cargo público basada en su fe personal está prohibida por el Artículo VI de la Constitución: “No se requerirá nunca una prueba religiosa como calificación para ningún cargo o fideicomiso público de los Estados Unidosii, tal como anoticia Tony Perkins (presidente del Family Research Council). Katie Hill, congresista progresista, llega decir vía Twitter que “If her religion never made it into her court decisions, she can believe what she wants. But, yes, personally, I DO object to any religion that still insists women be subservientiii; tampoco ha de ignorarse a Susan Hennessey (Editor ejecutivo de Lawfare, investigador senior de Brookings, analista legal y de seguridad nacional de CNN, ex abogado de CI) quien por la misma red social premencionada dijo: “La fe personal de Amy Coney Barrett es completamente inobjetable y entre ella y su creador. Su clara intención de imponer sus creencias privadas, incluidas sus opiniones religiosas, en el público estadounidense al anular un precedente establecido desde hace mucho tiempo, debería descalificarla del tribunaliv. Queda al descubierto que, para el progresismo, es dogma oponerse a cualquier acto emanado de una persona que simplemente cree en Dios ya que las presunciones exhibidas por los demócratas públicamente dan muestra de ello.

Para sorpresa de nadie es que ninguna acusación pudo aun demostrar que Amy Coney Barrett haya utilizado una sola vez su conciencia personal para realizar su labor profesional. Tanto en “Nomination of Amy Coney Barrett to the U.S. Court of Appeals for the Seventh Circuit Questions for the Record – Submitted September 13, 2017v, “Reflections on Judging: A Conversation with Amy Coney Barrettvi, “Assorted Canards of Contemporary Analysis Reduxvii o “Hesburgh Lecture 2016: Professor Amy Barrett at the JU Public Policy Instituteviii se pone en manifiesto que resulta imposible demostrar que para la flamante integrante del alto cuerpo judicial, su convicción católica sea una interferencia en su cargo. GianCarlo Canaparoix (miembro jurídico del Centro Meese de Estudios Legales y Judiciales de la Fundación Heritage) expresa que existe una malicia real al implantar, sin sustento alguno, la idea en los medios de que la nominación de Donald Trump implicaría una suerte de imposición cristiana al sistema imperante.

En verdad y en base a lo que se ha manifestado en esta nueva noticia es que el progresismo es ese espacio ideológico que se mueve bajo una fe ciega e irracional. No es capaz ningún progresista de mostrar tan solo una prueba que sustente sus argumentos en contra de que un funcionario profese la Fe, pero aún se sigue llevando esa batalla en contra de la religión bajo los falaces conceptos del secularismo y el laicismo. No hay más que agregar que la simple esperanza de que el lector comprenda que los famosos eslóganes “Iglesia y Estado – asuntos separados” responden a nivel global a una única causa: la destrucción sistemática de todo aquello que resulte ser un escudo ante el poder del progresismo internacional.

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